Capítulo veintidós
Cuando volví a abrir los ojos, la luz de la luna me acariciaba el rostro. Casi parecía estar viva. Aún tenía el sabor de la sangre en la boca. Entonces comprendí que estaba tumbada sobre el altar del bosque.
Me incorporé y tosí sangre. Gilda corrió hacia mí, seguida de la chamana, que se apresuró a examinarme. Mi vestido plateado estaba salpicado de rojo.
¿Qué estaba pasando?
De pronto, todo volvió a mi memoria. El ritual. La visión que se suponía que debía tener.
—¿Qué acaba de ocurrir? —oí preguntar a alguien.
Me aferré a Gilda y rompí a llorar. Sollozaba sin poder parar. Ya no sabía qué era real, pero me alegraba de no estar muriendo.
—Parece encontrarse bien —dijo la chamana después de examinarme con atención—. Sea lo que sea lo que ha vivido, lo ha sentido con mucha intensidad. Pero no tiene ninguna herida.
—¿Qué viste, hija mía? —me preguntó Gilda.
Miré a mi alrededor. Primero a la chamana y después al beta Alden, que seguía allí.
—Mi muerte —susurré.
Gilda abrió mucho los ojos. La chamana también parecía sorprendida.
Lo que había visto me obligó a reconocer que mi vida no era tan perfecta como había creído.
Y, sobre todo, que el hombre al que había amado durante tantos años no era quien yo pensaba.
Tal vez yo sacaba lo peor de él. Ni siquiera estaba segura de que toda la culpa fuera suya. No podía responsabilizarlo de todo.
Entonces vi algo escrito en mi brazo izquierdo. No conocía aquel idioma, pero reconocí las letras al instante. Se desvanecían bajo la luz de la luna y, juntas, parecían formar un nombre.
¿Era el nombre de mi compañero?
—¿Qué es esto? —le pregunté a la chamana, pensando que quizá ella reconocería el idioma.
—Es el nombre de tu compañero —respondió.
Antes de que pudiera leerlo entero, las letras desaparecieron ante nuestros ojos. ¿Qué clase de magia era aquella? Sentía que había vivido una vida entera y que, de algún modo, había vuelto a nacer. Sin embargo, los recuerdos de esa vida ya empezaban a desvanecerse.
—Solo alcancé a leer el principio. Empieza por «TH» —dijo la chamana, pasando una mano sobre el lugar donde había estado el nombre.
No necesitaba que me dijera el resto. Sabía perfectamente de quién se trataba: el alfa Thomas. Ya había visto lo que me aguardaba a su lado. Él sería mi perdición, no el amor que yo había imaginado. Tenía que mantenerme lejos de él y encontrar la manera de abandonar su palacio cuanto antes.
—Su nombre encierra un poder que nunca había visto —añadió la chamana.
Entonces comprendí qué había estado haciendo: había intentado leer las letras incluso después de que desaparecieran.
Otra mujer habría recibido aquellas palabras con alegría.
A mí se me borró la sonrisa. No quería tener nada que ver con el alfa Thomas.
Nunca me elegiría como su luna. Yo era débil, una mujer sin loba.
Él quería a alguien poderoso y elegante, una mujer capaz de reír en las fiestas, no a una chica que trepaba a los árboles y jugaba en el barro.
A pesar de la tristeza que llevaba dentro, conseguí sonreír. Gilda me miró preocupada. Me conocía lo bastante bien para notar que algo iba mal, pero no podía contarle lo que había visto y sentido delante del beta Alden.
Me ayudaron a bajar del altar. Gilda me envolvió en una manta cálida y me acompañó en silencio de regreso al palacio.
El alfa Thomas estaba fuera y ella había aprovechado su ausencia para llevarme al ritual sin que se enterara.
Seguramente no lo habría permitido. A sus ojos, yo seguía siendo demasiado joven para participar en ceremonias relacionadas con compañeros y uniones.
Además, no creía en profecías ni maldiciones.
Para ser sincera, yo tampoco había creído en ellas.
Pero lo que había visto lo había cambiado todo.
No podía explicarlo; en lo más hondo de mí sabía que aquella visión era real, que podía convertirse en mi vida.
Y yo no quería vivirla. ¿Quién querría morir de aquella manera? ¿Quién soportaría tanto sufrimiento?
Dentro de los muros del palacio, todo parecía diferente. Algo había cambiado. O quizá la que había cambiado era yo. No estaba segura. Solo sabía que me negaba a vivir la vida que había visto. No desperdiciaría mi amor en un hombre como el alfa Thomas ni me dejaría arrastrar hacia tanto dolor.
Tal vez existiera en algún lugar el hombre con el que soñaba. Sería amable. Me haría reír en lugar de llorar.
Me permití imaginarlo mientras un aroma floral flotaba en el aire. Olía de maravilla y me recordó al apuesto desconocido del salón de baile.
No sabía por qué mis pensamientos volvían una y otra vez a él. Me había besado con una ternura que nunca había conocido. Mi cuerpo reaccionó al recuerdo y me sonrojé. ¿Quién era? Probablemente no volvería a verlo, y solo pensarlo me dolía.
Una vez más, por favor. Solo una vez más, le rogué a la Diosa de la Luna. Quería volver a encontrarlo para comprender qué había sentido aquel día. Aunque solo sirviera para despedirme de aquella posibilidad. Aunque solo fuera para demostrarme que no lo había imaginado.
Me quedé dormida pensando en él y rezando para que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Esta vez no intenté idear un plan para conseguirlo. Confiaba en que la Diosa de la Luna lo pondría en mi camino si así debía ser.
Le di las gracias por mostrarme adónde conducía el camino que había elegido. Ahora confiaba en que me revelaría otro, uno que no terminara en dolor, sufrimiento y muerte.