La luna que él no quería Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

La sanadora regresó con la chamana. Traían varias pociones. Yo sabía que ninguna funcionaría, pero ya no tenía fuerzas para pedirles que no se molestaran. Estaba demasiado débil para seguir luchando.

La chamana intentó darme algo de beber. No podía tragar; sentía la garganta en carne viva.

Cuando me vertió la poción en la boca, dejé escapar un grito parecido al de un animal herido.

Ni siquiera tenía fuerzas para resistirme.

Ella comenzó a entonar unas palabras y, al cabo de un rato, el dolor empezó a disminuir.

Yo me sentía un poco mejor, pero el bebé que llevaba dentro seguía inmóvil.

Entonces recordé cuándo había empezado a encontrarme mal.

La noche anterior, la luna me había arrojado agua a la cara en lugar de dármela para beber.

Más tarde, una de sus damas me llevó un vaso.

En cuanto bebí, sentí que me ardía la garganta.

El agua tenía un olor dulce que me había resultado familiar.

Pero tenía tanta sed que había dado un trago enorme.

Ahora sabía qué había sido: acónito.

Para alguien sin loba, aquel veneno no debería haber resultado tan letal.

Pero mi bebé no era un niño sin lobo. Todavía era muy pequeño, aunque ya llevaba en la sangre el poder de su padre, el alfa Thomas.

La chamana le había dicho que sería un varón.

El alfa Thomas no había dejado de sonreír al enterarse: creía que por fin tendría un heredero.

La sanadora y la chamana hicieron cuanto pudieron por salvarnos. Probaron pociones y toda clase de magia, pero nada funcionó. El bebé ya había muerto. Podía sentirlo. No se movía. De mi garganta salió un sonido extraño porque no sabía cómo expresar aquel dolor.

Vi que la sanadora empezaba a sangrar. De algún modo logré levantar una mano para detenerla. Estaba dejando que su magia la consumiera y, aun así, no conseguía ayudarme. Para mí era demasiado tarde, pero ella aún podía vivir. No tenía por qué morir también.

—Basta —susurré. Me oyó a pesar de lo débil que sonaba mi voz—. No puedes salvarnos. El bebé… ya no está.

Una lágrima me rodó por la mejilla.

—Fue acónito —murmuré.

La sanadora también tenía lágrimas en los ojos. Ya sabía que no podía hacer nada. Yo era demasiado débil para combatir el veneno y tampoco quería seguir luchando. No me quedaba nada por lo que hacerlo. Mi vida se había vuelto insoportable y ya no veía qué podía salvar de ella.

Tosí y la sangre cayó al suelo. Sabía a traición y a algo aún más horrible: a muerte.

Solté una risa débil. ¿Dónde estaba el poderoso alfa que había prometido protegernos?

Yo nunca había confiado del todo en que me protegiera a mí, pero sí había creído que protegería a su hijo.

Había visto lo feliz que lo hacía el bebé y cómo me cuidaba cada noche.

Ahora deseaba verle la cara cuando descubriera lo que había ocurrido.

En aquel momento lo culpé de todo. Por no dejarme marchar. Por abandonarme allí aun sabiendo que yo no tenía poder para defenderme. Esta vez hasta se había llevado consigo al beta Alden, que tantas veces me había ayudado y podría haberme protegido.

—Dile al alfa… que se lo advertí —conseguí decir antes de perder la voz.

Ya no podía hablar. Sentía que la vida se me escapaba lentamente. Solo me quedaba un deseo: ver la cara del alfa Thomas cuando descubriera lo que su querida luna nos había hecho a mí y al hijo que había prometido proteger.

Entonces oí un gruñido y supe que había llegado. Podía oler su dolor y casi me hizo sonreír. Esperaba que hubiera conseguido el final que tanto parecía desear. Le había advertido lo que sucedería, pero no había querido escucharme.

—¿Qué le ha pasado? —le oí gruñir.

—Lo siento. No podemos salvarla —respondió la sanadora. Parecía estar llorando.

El alfa Thomas me tomó en brazos y me acarició el rostro. Apenas sentía sus dedos sobre la piel. Tosí por reflejo y me salió más sangre de la boca.

—¿Quién le ha hecho esto? —gritó.

La mujer con la que decidiste casarte en vez de conmigo. La misma que, según tú, nunca me haría daño porque tenías un acuerdo con ella.

—La luna la envenenó —dijo Ash.

Había tanta tristeza en su voz que me dolió el corazón incluso en medio de todo lo que estaba sufriendo.

—¡Por favor, sálvenla! —les suplicó el alfa Thomas a la chamana y a la sanadora.

—No podemos hacer nada. Fue acónito y está muy débil. La hemos curado más veces de las que podemos contar. El bebé ha muerto. El veneno lo mató —explicó la chamana.

El dolor que oí en su voz me hizo pensar que quizá yo no le desagradaba tanto como había creído.

Al enterarse de que nuestro hijo había muerto, el alfa Thomas soltó un gruñido que casi me hizo sentir pena por él. Percibí su dolor y supe que por fin comprendía lo que había hecho. Lo miré. Parecía otra persona: destrozado, incapaz de soportar el peso de lo ocurrido.

Me besó suavemente en los labios, pero yo ya estaba fría. Él también podía sentir que me moría.

—Tenías que protegerla. Tenías que cuidar de ella. ¡Eres un monstruo! —le gritó Ash.

Mi compañero, el alfa Thomas, guardó silencio. No había nada que pudiera decir para cambiar lo sucedido.

Alguien entró en la habitación y el aire cambió al instante. Reconocí el olor a podredumbre antes de mirar. Era ella. Seguramente había venido a admirar su obra. Al verme, soltó un grito ahogado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, fingiendo preocupación.

Pero yo podía oler su miedo. Sabía que había ido demasiado lejos. Aun así, vi un destello de triunfo en sus ojos. Parecía creer que había ganado. Aquella expresión le duró poco.

El alfa Thomas se levantó sin decir una palabra. Antes de que ella pudiera reaccionar, le desgarró la garganta. La sangre salpicó por todas partes.

La sanadora corrió a atenderla. Mientras siguiera con vida, todavía podían curarla. La escena me revolvió el estómago. Aquella mujer era malvada, pero en ese momento el alfa Thomas me pareció aún peor. Ash tenía razón: era un monstruo. Yo no había sido capaz de verlo hasta entonces.

La sanadora y la chamana consiguieron salvarla. Estaba cubierta de sangre, pero seguía viva y temblaba. Ahora sí le tenía miedo al alfa Thomas; podía percibirlo. Él resultaba aterrador. Parecía un hombre que lo había perdido todo y ya no tenía nada más que perder.

—Corre —gruñó.

Ella obedeció. Huyó tan deprisa como pudo, aunque no creo que llegara muy lejos antes de que él la alcanzara. Oí gritos a lo lejos. No quería escucharlos. Me desgarraban por dentro.

Lo último que vi fue a Ash y Aylla sujetándome las manos. Las lágrimas les corrían por el rostro. Me obligué a sonreír. No sé si lo conseguí, pero lo intenté… por ellos.

Después llegó la oscuridad y el dolor desapareció.