La luna que él no quería Capítulo dieciocho
34%

Capítulo dieciocho

Hoy se celebraba la ceremonia para nombrar a la nueva luna. Se suponía que aquella ceremonia sería para mí, pero ya no.

El alfa Thomas no me había permitido marcharme. Sí había aceptado que pasara unos días en casa de Aylla, hasta que la nueva luna se instalara y pasara la noche de bodas. Por supuesto, no quería tenerme en el palacio mientras estuviera con ella. Entonces, ¿por qué se empeñaba en retenerme?

Aylla me había propuesto que me casara con su hermano, pero le dije que no quería arrastrar a nadie más a aquel desastre.

Era un problema que debía resolver yo. Sabía que el alfa Thomas jamás lo aceptaría y temía que le hiciera daño a Ash.

¿Quién sabía de qué era capaz? Sentía que ya no conocía al alfa Thomas. Tal vez nunca lo había conocido.

—¿Estás bien? —me susurró Aylla.

Estábamos frente al altar preparado para la boda de mi compañero. Todo me parecía triste, y yo también lo estaba, pero intenté que no se notara. Tenía que guardar las apariencias y mantener la compostura.

Al menos el alfa Thomas me había permitido salir del palacio. Eso ya era un primer paso. Podría escapar mientras él estuviera ocupado con su noche de bodas. Aquella sería mi oportunidad de ser libre.

—Estoy bien. Tengo ganas de ir a la fiesta de después. Nunca he asistido a una —dije, procurando sonar entusiasmada.

Aylla me puso una mano cálida en la mejilla y dejé que su caricia me consolara. Pronto estaría lejos de aquel lugar que había sido mi hogar durante más de una década. Había llegado el momento de marcharme, de construir una vida propia, de convertirme en alguien diferente.

Quería irme a territorio humano. Nada de lobos ni de compañeros. Solo deseaba una vida sencilla y días tranquilos bajo el sol.

Esa idea me dio fuerzas para soportar la tarde y la boda. Pensar en la libertad me llenaba de ilusión. Algún día encontraría a alguien que me quisiera por quien era, sin importarle que no tuviera loba. Alguien bondadoso.

Miré a Ash y vi la tristeza en sus ojos. Entonces comprendí que ya conocía a alguien así. Él me quería pese a que no tenía loba. Pero nunca podríamos estar juntos. Sabía que el alfa Thomas sería capaz de destrozarlo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y Aylla me apretó la mano para darme fuerzas.

—Tú también le gustas —me susurró.

Casi di un salto. Era como si me hubiera leído la mente.

—No quiero hablar de eso —le dije.

Aylla volvió a apretarme la mano. Ya tenía el corazón bastante roto; no quería perder también a mis amigos.

A ella le entusiasmaba la idea de que Ash y yo estuviéramos juntos, pero seguramente no comprendía que el alfa Thomas podía hacerles daño.

Nunca le había contado lo que había ocurrido aquella noche.

No sabía lo cruel que podía llegar a ser.

De pronto, todos se pusieron de pie. Algo estaba sucediendo. Vi al alfa Thomas acercarse al altar con sus ropas ceremoniales. Estaba vestido para su boda, la boda que yo había imaginado que sería la nuestra.

Había pasado tanto tiempo soñando con que me esperara allí, mientras yo avanzaba hacia él con mi vestido ceremonial y él me miraba como si no existiera nadie más en el mundo.

Eso jamás ocurriría. Ahora me parecía una tontería haberlo imaginado, haberme permitido soñar tantas veces con un futuro que nunca llegaría.

El alfa Thomas se detuvo ante el altar y me miró. Había algo en sus ojos que no entendía y que tampoco quería entender. Después de aquella noche, no deseaba volver a verlo.

Las lágrimas amenazaban con brotar y apreté la mano de Aylla. Ella metió la otra en el bolsillo y sacó su remedio de emergencia para consolarme: mi conejito blanco. En cuanto lo vi, me sentí un poco mejor. Su presencia alivió parte del dolor.

Poco después llegó la novia. Llevaba un vestido precioso, por supuesto. Estaba elegante y sonreía feliz. Yo les deseé lo mejor en silencio, porque se merecían el uno al otro. Ella estaba podrida y él era un mentiroso. Hacían una pareja encantadora. Casi sonreí al pensarlo.

Entonces sentí que alguien me miraba con odio. Alcé la vista y descubrí que era la novia. El alfa Thomas, en cambio, me observaba con tristeza. Quizá por fin comprendía que no podría retenerme. ¿De verdad había creído que aceptaría aquella situación?

La ceremonia comenzó. Concentré toda mi atención en el conejito, que sí merecía mi cariño. El pequeño parecía disfrutar de las caricias y de toda la atención que le dedicaba.

Volví a sentir que alguien me observaba.

Busqué el origen de aquella mirada y me encontré con el apuesto desconocido.

Me miraba de una manera extraña. Ya no parecía estar divirtiéndose.

Su expresión me asustó: parecía decepcionado y yo no entendía por qué.

¿Qué había hecho para decepcionarlo? ¿Existir, quizá?

Decidí no prestarle más atención y seguí acariciando a mi conejito. Pronto dejaría atrás aquel mundo, el palacio y todo lo que había vivido allí. Sonreí al imaginar la cara del alfa Thomas cuando descubriera que me había ido. Estaba segura de que creía que nunca me atrevería a abandonarlo.

La ceremonia se hizo larga y aburrida. Empecé a encontrarme mal. No sabía qué me pasaba, pero ya no quería seguir allí. Quizá había olvidado comer… quizá. Sentía náuseas.

Aylla me miró preocupada. Le entregué el conejito y ella lo guardó con cuidado en su bolsillo. Ash se acercó y extendió los brazos justo cuando perdí el equilibrio.

—No me encuentro muy bien —alcancé a decirles antes de desplomarme sobre él.

Ash me sostuvo, como había hecho tantas veces desde que éramos niños. Todo daba vueltas a mi alrededor. O quizá solo me daba vueltas la cabeza. Ya no estaba segura, aunque lo segundo tenía más sentido.

Me pareció oír un gruñido y después las exclamaciones ahogadas de sorpresa de quienes nos rodeaban. Lo último que recuerdo es la voz del beta Alden:

—Llevémosla con la sanadora.

Todo se oscureció. Sentí frío, demasiado frío.