La luna que él no quería Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

A la mañana siguiente me desperté todavía abrazada al conejito. Era suave y adorable, y dormía plácidamente entre mis manos. Lo acerqué a mi mejilla y lo acaricié con cuidado. Entonces noté que alguien me rodeaba con los brazos y salté de la cama.

El alfa Thomas dormía a mi lado. Verlo allí me enfureció al instante. ¿Qué hacía en mi habitación? ¿No debería estar con su futura luna? Quería gritarle, pero ¿de qué serviría? Y, para colmo, ¿tenía que ser tan guapo?

Respira. Respira, me repetí. Intenté tranquilizarme y contener las ganas de arrojarle algo a la cara. Dejé al conejito en una cesta vacía y empecé a prepararme para… algo. Ni siquiera sabía para qué.

Entré en el baño y cerré la puerta con llave. Me lavé para quitarme toda la tierra del cuerpo, me vestí y salí dispuesta a hacer el equipaje. Recordaba que tenía una maleta en alguna parte.

El alfa Thomas ya estaba despierto. Me observaba sin decir nada. Yo ni siquiera lo miré. Empecé a guardar mis cosas, solo lo indispensable. No tenía ni idea de adónde iría; tampoco es que tuviera otro lugar al que ir. Mi plan era hacer la maleta primero y pensar después.

Él siguió mirándome en silencio. No sabía si se preguntaba qué estaba haciendo y tampoco me importaba. Estaba furiosa. Cuando terminé, cogí la maleta y la cesta con el conejito y me dirigí a la puerta.

El alfa Thomas se interpuso en mi camino.

—¿Vas a alguna parte? —preguntó. Hasta parecía que le hacía gracia.

Lo miré con rabia. ¿Acaso se estaba burlando de mí? No le importaba lo que me pasara. Ya tenía una nueva luna, hermosa, perfecta y elegante.

—¿A ti qué te importa? —respondí, incapaz de ocultar mi enfado.

Sonrió.

—Veo que estás disgustada —dijo con suavidad.

—¿No la oíste anoche? Dijo que no me permitirá vivir en su casa cuando se convierta en tu luna.

Las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas. Dejé con cuidado la cesta sobre la mesa; temía hacerle daño al conejito sin querer. Tenía la impresión de que el alfa Thomas no iba a dejarme marchar tan fácilmente. Aun así, aquel palacio era mi hogar. No tenía otro sitio adonde ir.

—Así que la oíste. Esperaba que no —dijo mientras se acercaba.

Cerré los ojos e intenté serenarme para no derrumbarme delante de él. Tenía la sensación de que el alfa Thomas se tomaba todo aquello a broma. No me tomaba en serio ni se preocupaba por mí tanto como fingía.

—¿Qué soy para ti? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Eres mi compañera. Ya te lo dije —respondió con calma.

¿Era una broma? Porque no tenía ninguna gracia. Abrí los ojos y lo miré furiosa. Por alguna razón, él parecía triste.

—Si yo soy tu compañera y ella va a ser tu luna, hay algo que no encaja —dije. Mi voz sonó serena pese al dolor que sentía en el pecho.

—Mi matrimonio con ella es político. No tiene nada que ver contigo —explicó con suavidad.

Aquello casi me hizo reír. ¿No tenía nada que ver conmigo? Entonces, ¿con quién se suponía que iba a casarme yo? ¿Qué lugar ocupaba en su vida? ¿Se escuchaba cuando hablaba?

—Tengo que irme. No puedo quedarme aquí mientras te casas con ella —dije en voz baja.

Ya había tomado la decisión. No importaba adónde fuera. Sabía que no podía seguir allí. En cuanto aquella mujer descubriera que yo era su compañera, me haría la vida imposible. Ninguna luna aceptaría a otra compañera en su casa.

—No tienes adónde ir. Permanecerás en mi palacio como mi compañera. Ella tendrá que aceptarte; no le quedará otra opción —dijo.

Su voz sonó más a orden que a petición.

Parecía creer que lo había resuelto todo. Si no me hubiera dolido tanto, me habría reído de lo absurdas que eran sus palabras. ¿Qué sabía él de las mujeres?

—¿Te estás oyendo? En cuanto salgas del palacio para atender cualquiera de tus asuntos, me matará. Si me quedo, hará de mi vida un infierno. Encontraré a otro con quien casarme, alguien más adecuado para mí —respondí, tragándome las lágrimas y el orgullo.

Vi cómo crecía la ira en sus ojos. Sabía que no quería dejarme marchar. Yo era su juguete favorito. El apuesto desconocido había tenido razón: era el juguete del alfa Thomas, nada más. Había sido tan tonta como para creer que me amaba, o que alguna vez podría amarme. Ahora lo veía con claridad.

—Si te hace daño, morirá —gruñó.

Sí, claro, alfa todopoderoso, pensé. Puede que incluso resoplara. Ya no soportaba escucharlo. Cada palabra suya me hacía sentir peor, como si lo único que hubiera hecho fuera utilizarme. Si aquello era amor, yo no lo quería.

—Me voy —dije, volviéndome hacia la puerta.

Me sujetó antes de que pudiera abrirla. Olí su ira.

Estaba enfadado, igual que aquella noche.

No quería compartirme con nadie, pero tampoco quería casarse conmigo.

Yo no era lo bastante buena para convertirme en su luna.

Entonces comprendí que hay personas que no quieren estar contigo, pero tampoco te dejan marchar.

—No irás a ninguna parte —gruñó, obligándome a mirarlo a los ojos.

Le tenía miedo, pero no pensaba mostrarle cuánto.

Estaba agotada de todo aquello. Ya sabía cómo sería mi vida cuando esa mujer se convirtiera en luna.

Pasaría los días fregando el suelo que ella pisara y, cada vez que el alfa Thomas se ausentara, me castigaría de las peores maneras.

Lo había visto con mis propios ojos. Había visto lo que mi madre había tenido que soportar.

Él no entendía lo que significaba estar con un hombre sin ser su esposa.

Ser la otra, aquella de la que todos murmuraban.

Por eso mi madre y yo habíamos huido de nuestra antigua manada antes de unirnos a la suya, antes de que nos acogiera.

Mi madre creyó que allí estaríamos mejor.

Había aprendido la lección y procuraba no llamar la atención.

Ahora me tocaba a mí. Yo estaba en su lugar. Yo era la otra.

—Mátame de una vez y ahórrame el sufrimiento —dije, manteniendo la cabeza erguida pese a las lágrimas.

El alfa Thomas no respondió. Solo me atrajo hacia su pecho y me acarició el pelo con suavidad. Me eché a llorar entre sus brazos.

—Te prometo que no te hará daño. Yo te protegeré —susurró sobre mi cabello.

En aquel momento, sus promesas no valían nada.

Ya me había hecho daño demasiadas veces.

Sabía que tenía que encontrar la forma de escapar antes de acabar como mi madre: atrapada, con un hijo y sin ningún lugar adonde ir.

Tal vez yo pudiera soportar aquella vida, pero no podía condenar también a mi hijo.

¿Qué luna aceptaría al hijo de otra mujer?

Amarlo era como caminar sobre cristales rotos y sangrar por todas partes.