La luna que él no quería Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Desde aquella noche, dormía todas las noches entre los brazos del alfa Thomas.

No intentó volver a tocarme ni a reclamarme.

Siempre se mostraba amable conmigo y, por fin, me permitió salir de la habitación.

Ahora que era su compañera, podía ir adonde quisiera.

Nunca estaba sola, pero al menos podía pasear por el palacio.

Todos daban por hecho que me convertiría en luna y ya estaban preparando la ceremonia. Yo estaba nerviosa. Algo me hacía dudar. Tal vez fuera la idea de casarme con él. Sabía que ya era demasiado tarde para tener dudas, pero una chica tenía derecho a tenerlas.

Paseaba por el jardín cuando vi que los petirrojos lunares estaban por fin listos para emprender el vuelo. Eran preciosos. Los observé desde lejos. El día que los descubrí, mi vida cambió para siempre. Quizá habían sido una señal de la Diosa de la Luna. O una advertencia. Nunca lo sabría.

Solo sabía que mi vida estaba allí: en aquel palacio, en aquel jardín y, tal vez, en el mundo exterior cuando mi compañero decidiera llevarme con él. Aún no me acostumbraba a llamarlo de otra manera. Para mí, seguía siendo el alfa Thomas.

Casi choqué con Aylla, que parecía inmensamente feliz. Le brillaban los ojos de emoción.

—Mañana te convertirás en luna —dijo entusiasmada.

Le sonreí. Al parecer, ella estaba más contenta que yo, y eso que hablábamos de mi boda. Mi futuro esposo se había ausentado por asuntos de la manada. Probablemente era la primera noche que pasábamos separados desde «el incidente». Así había empezado a llamarlo.

—¿No te hace ilusión? —preguntó Aylla.

No. En absoluto. No sabía por qué, pero no me hacía ilusión.

Tenía la sensación de que otra vez estaba pasando algo sin que yo me enterara.

El alfa Thomas había estado terriblemente callado en los últimos días y Gilda no dejaba de mirarme con tristeza.

Sin duda ocultaba algo. Me daba miedo incluso preguntar.

Quizá prefería no saberlo y ahorrarme el dolor durante un tiempo.

—Tengo la impresión de que va a pasar algo, pero no sé qué —le confesé a Aylla.

No quería cargarla con mis preocupaciones, pero era mi amiga y necesitaba hablar con alguien antes de perder la cabeza. Tal vez no pasaba nada. Tal vez solo estaba nerviosa por la boda. O quizá temía que aquella celebración acabara siendo otra decepción.

Su alegría dejó paso a la preocupación. Se quedó pensativa, como si intentara recordar algo.

—Mi padre dijo una cosa, pero no recuerdo qué era —murmuró.

Como si lo hubiéramos llamado, su padre apareció en ese momento. Llevaba ropa de gala. Nunca lo había visto tan elegante.

—¿Pasa algo malo? —le pregunté, casi esperando que trajera malas noticias.

Sonrió como si quisiera tranquilizarme. El beta Alden siempre se mostraba sereno, aunque yo lo había visto pelear y sabía lo feroz que podía llegar a ser pese a su bondad.

—El alfa ha regresado y tenemos invitados —respondió con una sonrisa amable.

Bajé la vista hacia mi ropa y comprendí que no estaba presentable. Un rato antes me había arrastrado por la hierba para jugar con un conejito peludo y tenía el vestido lleno de tierra. Desde luego, no era el aspecto adecuado para recibir visitas.

—Voy a cambiarme —dije en voz baja.

—Tal vez sea mejor que no asistas a la cena de esta noche —sugirió con suavidad.

Lo miré sorprendida. Entonces vi algo en sus ojos que me dolió. Otra vez aquella expresión compasiva, la misma que había visto en el rostro de Gilda.

—Está bien —respondí, obligándome a sonreír pese al dolor que crecía en mi pecho.

Me despedí de Aylla con un abrazo y me marché antes de que llegaran los invitados. Caminé tan rápido como pude hacia mi habitación para que nadie me viera así. El beta Alden fue a reunirse con el alfa Thomas, o al menos supuse que tenía algo importante que hacer.

Antes de llegar a mi cuarto, casi me topé con el alfa Thomas. Se me iluminó el rostro y empecé a sonreír, hasta que advertí que no estaba solo. Lo acompañaban varias personas a las que no conocía.

Maldita sea. Los invitados ya habían llegado y yo tenía el aspecto de haber pasado la tarde jugando con un conejo. Que era exactamente lo que había ocurrido.

—Alfa Thomas —oí decir a una mujer con voz seductora. Estaba demasiado cerca de mi compañero—. ¿Quién es esta chica asilvestrada?

¿Asilvestrada? ¿En serio? Entonces recordé que aún llevaba hierba en el pelo. Me la quité con torpeza mientras calculaba cuánto tardaría en llegar corriendo a mi habitación.

No estaba celosa, pero podía oler el deseo de aquella mujer y veía que no se separaba de él.

Su aroma también había quedado impregnado en el alfa Thomas.

Además, había algo en los ojos de él que me hizo retroceder un paso.

¿Quién era ella? ¿Quiénes eran todas aquellas personas tan bien vestidas?

¿Y por qué nadie me había hablado de su visita?

—Aylene, ¿qué te ha pasado? —preguntó el alfa Thomas sin dejar de mirarme.

Sonreí, incómoda, y saqué al conejito del bolsillo de mi vestido. Era ridículamente adorable: tenía el pelaje blanco y unos ojos dorados que me recordaron al lobo blanco.

—Encontré un conejito en el jardín —dije con dulzura.

Alguien se rio detrás del alfa Thomas. Alcé la mirada y allí estaba él: el apuesto hombre al que había besado en el salón de baile del palacio real. Me sonrojé al instante. ¿Qué hacía allí? Sus ojos conservaban el mismo brillo travieso del día en que lo conocí.

Llevaba ropa elegante, distinta de la que le había visto antes. Su cabello oscuro hacía que sus ojos parecieran aún más intensos. Todos estaban impecables, salvo yo, cubierta de hierba y tierra.

—Supongo que esta es tu protegida —le dijo al alfa Thomas.

Sin embargo, no dejaba de mirarme a mí. Luego me guiñó un ojo y me sonrojé todavía más.

La mujer elegante me lanzó una mirada llena de desprecio.

Al parecer, no me consideraba digna de estar en su presencia.

Era alta y hermosa, perfecta de pies a cabeza.

Sin duda tenía loba; podía olerla. Pero había algo más en ella.

Olía a podredumbre. No sabía por qué, pero estaba segura de que no era una buena persona.

—Me iré a mi habitación —dije con torpeza. Me di la vuelta, dispuesta a llegar allí lo antes posible.

Volví a oír la risa del desconocido y su sonido despertó algo en mi interior. Me ruboricé. El alfa Thomas no dijo nada. Todos siguieron hacia el comedor. Aún podía escuchar aquella risa cuando la mujer dijo algo que hizo que se me parara el corazón.

—Espero que no pienses quedártela aquí después de que nos casemos —dijo con una voz que me revolvió el estómago—. Como tu luna, no la quiero en mi casa.

Como tu luna.

No. No, no, no. El alfa Thomas no iba a casarse con ella. Me había dicho que yo era su compañera. Él era mi compañero. Mi compañero. Por lo visto, eso no significaba nada para él.

No sé cómo llegué a mi habitación. No me lavé ni me cambié. Me dejé caer sobre la cama y lloré sin consuelo. Había elegido a otra. Iba a casarse con otra mujer. Eso era lo que todos me habían ocultado. Por eso el beta Alden había dicho que era mejor que no asistiera a la cena.

Qué estúpida había sido al creer que me convertiría en su luna. ¿A quién pretendía engañar? No servía para nada. Solo había servido para una noche.

Algo suave me rozó la cara. Miré y vi al conejito del jardín. Lo abracé y me quedé dormida llorando.

No había mucho que pudiera hacer. No podía impedir que se casara con aquella mujer. Ella sí parecía hecha para ser luna: elegante y de modales impecables. Yo, en cambio, era una salvaje. Así me había llamado.