Capítulo quince
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en una habitación que no reconocía, aunque parecía seguir en el palacio del alfa Thomas. Pronto comprendí que era su dormitorio. Él dormía a mi lado.
Bajé la vista hacia mi cuerpo. Ya no me dolía nada. Tal vez lo había soñado todo.
Salí de la cama y pude caminar sin dolor. Entonces me miré al espejo. Se me escapó un grito al ver la marca que el alfa Thomas me había dejado al reclamarme.
Seguía allí.
Las piernas estuvieron a punto de fallarme, pero él me sostuvo antes de que cayera. Parecía triste. Ya no estaba enfadado conmigo. Me estrechó entre sus brazos y me acarició el pelo con suavidad.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó en voz baja.
—No lo sé —respondí, confundida.
Me estudió el rostro durante un momento. Después me atrajo hacia él y me besó. Sus labios estaban tibios, pero el beso no despertó nada en mí.
—Creí que te perdía —susurró, todavía cerca de mis labios.
Podía sentir su arrepentimiento y lo preocupado que había estado por mí. Por un instante, casi olvidé lo ocurrido aquella noche. Los recuerdos eran borrosos, como si todo le hubiera sucedido a otra persona.
—Llevas dos semanas inconsciente. Siento haberte hecho daño —dijo, abrazándome con fuerza—. Te prometo que nunca volveré a lastimarte. No volveré a hacerte eso. Perdí el control. Debí mantenerme alejado de ti.
Respiraba de forma entrecortada, como si cada palabra le doliera. ¿De verdad habían pasado dos semanas? Con razón estaba completamente curada. Debía de haber llamado a todas las sanadoras del palacio para que me atendieran. Me sentía casi como nueva.
Me aparté para mirarlo. Decía la verdad; podía sentirlo. Pero ¿comprendía lo que me había hecho? ¿Lo recordaba todo?
—Me marcaste —dije, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo sé —respondió en voz baja—. Ahora eres mi compañera.
Volvió a acariciarme el rostro y el pelo. No sabía qué significaba aquello. ¿Iba a casarse conmigo? ¿Me convertiría en su luna?
—¿Qué significa eso? —pregunté—. Por favor, no me digas que volverás a hacerme lo mismo.
Me tapé la boca, horrorizada por haberlo dicho. Las lágrimas me corrieron por las mejillas. No soportaba la idea de volver a pasar por aquello. No quería que se acercara a mí.
—Nunca volverá a ocurrir. Te lo prometo —dijo mientras me secaba las lágrimas con cuidado.
Le creí. Quería creerle. Tampoco sentía que tuviera muchas opciones. Ahora estaba unida a él de por vida y ningún otro lobo se atrevería a tocarme sin afrontar las consecuencias.
—Contuve toda mi ira hasta que acabé perdiendo el control. Me costaba aceptar que ya no eres una niña. Eres una mujer y tienes edad para tener un compañero. Sabes que te quiero como nunca he querido a nadie —dijo.
Podía sentir ese amor. También podía olerlo en él.
Así que, después de todo, iba a ser su luna.
Era lo que había deseado. Sin embargo, ahora que parecía posible, algo no encajaba.
Ya no estaba segura de quererlo. Deseaba volver atrás y cambiarlo todo, pero sabía que era demasiado tarde.
Al menos ahora estaba protegida. El alfa Thomas no permitiría que nadie me hiciera daño.
Le sonreí y él volvió a estrecharme entre sus brazos. Me besó con delicadeza, como si temiera lastimarme otra vez. También parecía conmocionado. Quizá incluso más que yo al comprender lo que había hecho. No quise pensar en ello. Aparté los recuerdos y dejé que me besara y me acariciara.
Estaba siendo tierno, pero yo ya no podía confiar en él. No quería que aquello continuara. Las imágenes de esa noche irrumpieron en mi mente. Rompí a llorar y lo aparté. El dolor de los recuerdos apenas me dejaba respirar.
Su mirada me rompió un poco el corazón. Intentó tocarme y me encogí. Después se acercó despacio y dejé que me abrazara. No volvió a besarme. Solo me acarició la cara.
—Lo siento —susurró.
Me besó la mano y se levantó para marcharse. No quería que se fuera, pero tampoco quería que se quedara. Sabía que era contradictorio. Ni yo misma sabía ya qué deseaba.
Lo que más me aterraba era que cambiara de opinión y decidiera no casarse conmigo.
Solo pensarlo me llenaba de miedo. Mi vida estaría acabada.
Me gustara o no, ahora era su compañera.
Le pertenecía y nadie más me querría. Él seguía teniendo valor como alfa.
Yo, en cambio, ya no valdría nada. Así funcionaba nuestro mundo.
Sin pensarlo, lo tomé de la mano. Me miró sorprendido. Sabía lo desesperada que debía de parecer, pero sentía que no me quedaba más remedio que dejarlo quedarse a mi lado.
—¿Quieres que me quede? —preguntó.
Asentí. El alfa Thomas se acostó junto a mí, dejando algo de espacio entre nosotros, aunque sin alejarse demasiado. Yo ya no sabía qué hacer ni qué creer.
—Si en algún momento quieres que me vaya, dímelo —murmuró.
Me acurruqué a su lado y apoyé la cabeza en su pecho, esperando poder dormirme. La mente no dejaba de darme vueltas. Aquella era mi vida ahora. Era lo que había querido. Entonces, ¿por qué me sentía tan mal?
Porque no era como lo había imaginado.
El alfa Thomas me arropó con cuidado y me acarició el pelo hasta que me quedé dormida entre sus brazos. De algún modo, volvía a sentirme a salvo.