Capítulo catorce
El alfa Thomas caminó un buen rato conmigo en brazos. No sabía si intentaba calmarse o buscaba dónde enterrarme. Estaba convencida de que era lo segundo. Cuando por fin me dejó en el suelo, descubrí que estábamos en mi habitación. Seguramente iba a encerrarme otra vez. Y esta vez tiraría la llave.
Ahora que había dejado de apretarme hasta hacerme crujir los huesos, pude respirar. También pude llorar sin contenerme. Me tomó del rostro y me obligó a mirarlo. Me encogí. Me secó las lágrimas con cuidado y entonces vi su expresión, la rabia que llevaba dentro. Sus ojos ardían de rojo.
—¿Cuántos chicos más hay? —preguntó con furia.
Su voz me hizo dar un respingo. Le tenía miedo, aunque no sabía exactamente por qué. Quizá porque jamás lo había visto tan enfadado. No parecía el hombre que había cuidado de mí durante todos aquellos años. Era una faceta suya que no conocía.
—¿Cuántos hombres te han tocado? —preguntó con un gruñido.
Negué con la cabeza. No entendía de qué hablaba. ¿Qué quería de mí? No lo reconocía. Nunca se había enfadado así conmigo.
De pronto me levantó el vestido. Antes de que comprendiera qué hacía, hundió el rostro contra mi cuerpo e inspiró profundamente. Me quedé paralizada. Intenté cubrirme, pero apartó mis manos sin esfuerzo. No podía hacer nada contra su fuerza. Cuando volvió a mirarme, sus ojos brillaban de rojo.
—Nadie te ha tocado todavía —dijo con voz áspera, respirando con dificultad.
Si se refería a que no me había unido a nadie, era verdad.
Después de todo el tiempo que me había mantenido encerrada, ¿cómo iba a encontrar a alguien?
Sí había besado a un desconocido en el palacio real y, por accidente, casi habíamos llegado más lejos.
El recuerdo volvió de golpe y me llenó de un calor extraño.
El alfa Thomas me miró con deseo. Volvió a tocarme y mi cuerpo reaccionó enseguida. Me arqueé hacia él por instinto.
Con un movimiento rápido, me rasgó la ropa interior. Por lo visto, quitármela de otra forma le parecía demasiado complicado.
Quedé tendida, expuesta a su mirada. Sentía sus ojos sobre la piel y podía oler su deseo. Mi cuerpo tembló. Sus dedos ásperos empezaron a tocarme con suavidad, pero, cuando reaccioné y comencé a moverme, sus gestos se volvieron más rápidos y desesperados.
Al principio, aquel contacto me resultó extraño, casi desagradable. Poco a poco, mi cuerpo empezó a responder. Aun así, él no tenía la delicadeza del hombre que había conocido en el palacio real. Recordar aquel encuentro me provocó un estremecimiento.
Se me escapó un gemido cuando introdujo un dedo en mí.
Al principio dolió. Después, el placer empezó a mezclarse con el dolor.
Cuanto más me tocaba, más respondía mi cuerpo.
El calor se extendió desde mi centro hasta consumirme por completo.
Volvía a arder. Cuando hundió el dedo más profundamente, grité.
Lo oí gemir al mismo tiempo. Solo entonces comprendí que también se estaba tocando.
Continuó hasta que el placer alcanzó su punto más intenso.
Luego, sin decir nada, me separó las piernas y me penetró.
Grité de sorpresa y dolor. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
No había esperado que ocurriera así. Él siguió moviéndose, cada vez más profundamente y con más fuerza, hasta que el dolor empezó a desvanecerse entre nuevas oleadas de placer.
Aulló varias veces. Sus gemidos fueron tan graves y fuertes que me pareció que el palacio entero temblaba. Cuando por fin se detuvo, vi la luz de la luna entrando por la ventana.
¿Qué acababa de pasar? ¿Nos habíamos unido? ¿Era ahora el alfa Thomas mi compañero?
Pensé que se apartaría y me dejaría recuperar el aliento, pero no lo hizo. Volvió a moverse, despacio al principio y después cada vez más rápido. Grité varias veces, incapaz de distinguir del todo el dolor del placer.
Había oído a la gente hablar de aquellas cosas en voz baja, pero hasta esa noche nunca había entendido a qué se referían. También había oído que los alfas tenían una resistencia increíble. No imaginaba que fuera tanta.
Me mantuvo despierta toda la noche. Me estrechaba contra él y, cada vez que volvía a empezar, sus movimientos eran más intensos.
Llegó un momento en que ya ni siquiera sabía qué estaba sintiendo.
Mis gritos rompían el silencio. Estaba segura de que no sobreviviría hasta la mañana.
Desde luego, no era así como había imaginado mi muerte.
Cuando al fin se detuvo y se apartó, se me escapó un grito que me asustó hasta a mí.
Nunca había sentido un dolor semejante. Creí que había terminado, pero me equivocaba.
Me puso boca abajo, me atrajo hacia él y volvió a penetrarme.
Hundí la cara en la almohada para ahogar los gritos.
Ya no soportaba el dolor. Había oído que unirse a un alfa podía ser brutal, pero jamás había imaginado algo así.
Le rogué a la Diosa de la Luna que me ayudara a sobrevivir a aquella noche.
Intenté suplicarle que parara, pero ni siquiera parecía oírme.
Solo parecía quedarle el instinto animal.
Empecé a temer que perdiera el control por completo y me hiciera aún más daño.
Siguió una y otra vez, hasta que el dolor, el agotamiento y el placer se confundieron y creí que iba a desmayarme.
Cuando por fin llegó la mañana, se detuvo. Ya ni siquiera me quedaban fuerzas para llorar. Las lágrimas caían en silencio sobre la almohada. No podía moverme ni hablar. Estaba segura de tener el cuerpo cubierto de hematomas. Me sangraba el cuello donde él me había marcado.
También había sangre por toda la cama. Ni siquiera sabía si era toda mía. Puede que en algún momento lo hubiera mordido o arañado al intentar que se detuviera, pero nada había funcionado.
—¿Qué he hecho? —le oí decir.
Había algo en su voz que yo estaba demasiado agotada para comprender.
Me atrajo hacia él, pero ya no sentía nada salvo dolor. Solté un suspiro tembloroso y cerré los ojos.