Capítulo trece
Podía imaginar qué aspecto tenía la escena desde donde estaba el alfa Thomas: yo en brazos de Ash, mirándolo a los ojos, sonrojada y riéndome.
Sin proponérmelo, quizá había conseguido darle celos.
O quizá solo lo había enfurecido. No sabía cuál de las dos cosas era, pero estaba segura de que pronto lo descubriría.
Apenas había reparado en el beta Alden, que estaba junto al alfa Thomas y parecía algo divertido. A él no le incomodaba vernos así. Me había visto en brazos de su hijo muchas veces a lo largo de los años, aunque nunca habíamos estado tan cerca.
—¿Qué hace Aylene con tu hijo? —preguntó el alfa Thomas con un gruñido.
Estaba furioso. De eso no cabía duda. Cerró los ojos, quizá para recuperar el control o para evitar hacerle daño a alguien. Temí por Ash. No merecía salir herido por mi culpa.
Cuando el alfa Thomas volvió a abrir los ojos, me miró. Sentí que su mirada me quemaba la piel. Era distinta de la de aquella noche. Su ira tenía un olor completamente diferente.
—Petirrojos lunares —dije con una sonrisa incómoda, señalando el pequeño nido escondido entre las ramas.
El alfa Thomas parecía a punto de abalanzarse sobre nosotros. El beta Alden se apresuró a ponerle una mano en el hombro.
—Llevan buscando esos pájaros desde que eran niños. No están haciendo nada que no hayan hecho antes —explicó, divertido.
Aquello no tranquilizó al alfa Thomas. Al contrario, pareció enfurecerlo aún más.
—¿Lo habían hecho antes y tú se lo permitiste? —gruñó.
Ash me dejó en el suelo con cuidado y me ayudó a acomodarme la ropa. El alfa Thomas volvió a gruñir. Me quedé inmóvil y lo miré. Había una tormenta en sus ojos, pero decidí ignorarla. Ya podría matarme después.
—Gracias por enseñarme los petirrojos —le dije a Ash antes de abrazarlo con cariño.
Él me devolvió el abrazo y me alisó el pelo, como tantas otras veces. Era verdad que esta vez me quedé un poco más cerca de lo habitual. Ash no dejaba de sonreír y acabó contagiándome.
El alfa Thomas miró al beta Alden, que seguía tan sereno como siempre, y después a mí. Le tembló un párpado. Nunca lo había visto tan furioso. A su espalda, Aylla hacía esfuerzos por no echarse a reír. Llevaba algo en las manos.
Por favor, que no sea otro vestido, pensé.
—¿Te parece normal que se comporten así? —le preguntó el alfa Thomas al beta Alden.
Se le notaba en el rostro que luchaba por dominarse.
—Crecieron juntos. Siempre han tenido mucha confianza —respondió el beta Alden con calma.
Por alguna razón, aquello solo consiguió irritar más al alfa Thomas.
Se apartaron un poco para hablar, pero yo seguía oyéndolos. El alfa Thomas hablaba casi a gritos.
—¿Sabías que se comportaban así y lo permitías? —preguntó, incrédulo.
—Ella es muy amiga de mi hija, la hermana gemela de Ash —explicó el beta Alden—. Además, en secreto, esperaba que algún día mi hijo y ella acabaran juntos.
Sus palabras parecieron una bofetada para el alfa Thomas.
Esta vez perdió por completo el control. Sentí cómo su rabia se extendía por el aire. Estaba a punto de estallar.
Ash me atrajo hacia él por instinto y se colocó a mi lado, dispuesto a protegerme.
Parecía preparado para interponerse entre el alfa Thomas y yo, igual que cuando éramos pequeños y unos lobos errantes entraron en el bosque.
Ash había luchado contra ellos hasta que llegaron su padre y otros miembros de la manada.
Aylla corrió hacia mí, pasando junto al alfa Thomas y al beta Alden.
Cuando llegó a mi lado, temblaba. Solo entonces me di cuenta de que yo también lo hacía.
Me abrazó y quedé entre ella y su hermano.
Ninguno sabía qué iba a ocurrir, pero, a juzgar por la expresión del alfa Thomas, no sería nada bueno.
Y todo era culpa mía. Había jugado con fuego. Había intentado seducir al alfa Thomas y ahora tenía que afrontar las consecuencias.
Las lágrimas me resbalaron por las mejillas.
No quería que mis amigos salieran heridos.
Sabía lo fuerte que era el alfa Thomas. Podía matarnos a todos con las manos desnudas, sin siquiera pestañear.
Era un alfa y, por definición, el más fuerte.
Nunca lo había visto pelear, pero había oído historias.
Algunas me aterraban. Otras me hacían admirarlo.
—¡Tu hijo jamás se casará con mi Aylene! —le gritó al beta Alden.
Estaba bastante segura de que lo había oído el mundo entero.
El beta Alden no se alteró.
—Entiendo que tienes a otro en mente —respondió con calma.
—Aylene es mía —dijo el alfa Thomas.
Esta vez bajó la voz, pero lo oí. Deseé que Ash y Aylla no lo hubieran escuchado, aunque sabía que sí. Lo vi en el rostro de Ash. En la tristeza de sus ojos.
—Si tu hijo vuelve a acercarse a mi Aylene, lo mataré. ¿Ha quedado claro? —le advirtió el alfa Thomas al beta Alden.
Intentaba hablar en voz baja, pero su determinación era inconfundible.
No podía respirar. ¿Hablaba en serio? ¿Qué estaba pasando? Entre Ash y yo no había nada, pero ahora ni siquiera podría volver a verlo. Lo miré a través de las lágrimas. No distinguía bien su expresión, aunque podía sentir su tristeza.
—Entendido —oí responder al beta Alden en voz baja.
Con el corazón roto y sin dejar de llorar, abracé a Ash una última vez.
Me estrechó con calidez y me besó suavemente en la frente.
Antes de que pudiera soltarlo, alguien me arrancó de sus brazos.
No tuve tiempo de comprender qué ocurría.
Unos brazos fuertes me rodearon y me apretaron tanto que apenas podía respirar.
—No —le oí decir al beta Alden.
Volví la cabeza y lo vi sujetar a Ash para impedir que se acercara. Mi amigo estaba furioso.
Me dolía el pecho de tristeza y me dolía el cuerpo por el abrazo del alfa Thomas. Poco a poco, parecía estar aplastándome los huesos. Me sujetaba con tanta fuerza que empezaba a hacerme daño.
Así iba a morir. Había llegado mi fin.