Capítulo doce
Durante los días siguientes, el alfa Thomas no vino a verme.
Tenía la impresión de que me evitaba. ¿Qué había hecho?
Me aterraba haber perdido su protección para siempre y que decidiera venderme a otra persona.
Necesitaba recuperar su atención, pero sabía que, cuanto más insistiera, más lo alejaría.
Así que se me ocurrió otra idea: darle celos.
Encontrar a alguien con quien hacerlo no era fácil. Apenas me dejaban ir a ninguna parte y casi nadie de la manada se atrevía a acercarse a mí. Todos sabían quién era: la protegida del alfa. Aquello no jugaba precisamente a mi favor.
El alfa Thomas por fin me había permitido salir de la habitación. Una sirvienta me acompañó a ver a Aylla. Con ella sí podía reunirme, porque era la hija del beta.
La encontré en el jardín con su hermano, Ash.
Por un instante, me sorprendió lo guapo que era.
Se me pasó una idea por la cabeza, pero la descarté enseguida.
No podía utilizarlo. Era el hermano de Aylla y, además, me arriesgaba a que saliera herido.
Sus ojos se iluminaron al verme y reparé en lo mucho que se parecía a su hermana.
—Ya estás bien —dijo antes de abrazarme.
Prácticamente habíamos crecido juntos. Quería a Ash como amigo tanto como a Aylla. Eran gemelos, aunque el lobo de él era más fuerte que la loba de ella. Ash tenía la fuerza que todos esperaban del hijo de un beta.
—No te vimos en el Festival de Primavera —dijo Aylla, abrazándome también.
La tristeza debió de notárseme en la cara. No podía contarle lo que había ocurrido. No podía contárselo a nadie. Tendría que llevarme aquel secreto a la tumba, una tumba que quizá yo misma había empezado a cavar. La vergüenza me encogió el pecho. Quería esconderme y no salir nunca más.
—No me encontraba bien. Tuve que perdérmelo —respondí, sonrojándome.
Los recuerdos de aquella noche regresaron de golpe y sentí que me ardía la sangre. Di un respingo cuando Ash me apoyó una mano en el hombro.
—No quería asustarte —dijo con suavidad—. ¿Estás bien?
La preocupación le ensombreció el rostro.
—No he dormido bien. Sigo teniendo pesadillas —respondí, intentando sacudirme las sensaciones que me provocaba el recuerdo de aquella noche.
En cierto modo, era verdad. Llevaba varias noches durmiendo mal. No dejaba de soñar con el alfa Thomas y con lo que había ocurrido durante el festival.
—Estás un poco pálida —dijo Aylla, poniéndome una mano en la frente para comprobar si tenía fiebre.
—Estoy bien. Solo necesito un poco de sol —respondí con una sonrisa.
Me alegraba estar al aire libre y sentir el calor del sol sobre la piel. La brisa de principios de verano me acariciaba la cara. Me encantaba salir. Encerrada en aquella habitación, sentía que me apagaba poco a poco.
—Tengo algo que hacer. Nos vemos luego —dijo Ash, levantándose para marcharse.
Su hermana lo detuvo.
—Espera a que vuelva, por favor. Padre nos dio órdenes estrictas de no dejarla sola.
Ash la miró, desconcertado. Yo también.
Un momento… ¿Ya no podían dejarme sola? ¿Por qué?
—Estoy bien. Puedo quedarme un minuto en el jardín sin compañía. No soy una niña —protesté, haciendo un mohín.
Ash no discutió y se quedó conmigo. Suspiré. Por lo visto, ahora todos me veían como a una niña. Fantástico. Yo intentando convencer al alfa Thomas de lo contrario y los demás empezaban a darle la razón.
—Ven, quiero enseñarte algo —dijo Ash con un entusiasmo sospechoso.
Le tomé la mano y lo seguí. No sabía qué quería mostrarme, pero confiaba en él. Se había ganado mi confianza a lo largo de los años. Siempre me había tratado con respeto, mientras su hermana se convertía en mi amiga más cercana.
Me guio hasta un rincón del jardín donde crecía un árbol precioso al que le tenía mucho cariño. Era viejo y alto. De niña, imaginaba que, si trepaba lo suficiente por sus ramas, podría tocar el cielo y ser libre por fin. Sabía que era una fantasía infantil, pero así veía aquel árbol.
Entonces Ash señaló algo escondido entre las ramas, no muy arriba: un nido. Dentro había unos pajaritos de plumas plateadas.
Me quedé con la boca abierta. Eran petirrojos lunares. ¡Con lo difíciles que eran de encontrar! De pequeños los buscábamos todo el tiempo, pero nunca habíamos conseguido ver uno.
—¿Cómo? —exclamé.
Ash se encogió de hombros y soltó una risita.
—Ni idea. Los encontramos a principios de primavera y queríamos contártelo, pero ya te habías marchado al palacio real. Después no nos dejaron verte porque dijeron que estabas enferma.
La tristeza se reflejó en su rostro. Me sostuvo la mirada y pude percibirla, mezclada con algo más. Conocía demasiado bien aquel olor: miedo. No sabía qué lo asustaba.
—¿Quieres verlos de cerca? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Abrí los ojos de par en par y sonreí. Asentí sin dudarlo. Por supuesto que quería verlos de cerca. También quería tocarlos, aunque sabía que no debía hacerlo. Mirarlos un poco mejor no le haría daño a nadie.
No llevaba ropa apropiada para trepar, pero Ash ya me había visto en situaciones bastante peores. Había perdido la cuenta de las veces que me había ayudado a subir a los árboles y había visto por accidente lo que había bajo mi vestido.
Me ayudó a trepar como cuando éramos niños.
Por un momento volví a sentirme pequeña, subida a sus hombros.
Conseguí alcanzar la rama más cercana al nido.
Los pajaritos eran tan adorables que tuve que contener las ganas de acariciarlos.
Los tres me miraron con sus ojitos diminutos. Creí que iba a morirme de ternura.
—¡Son preciosos! —exclamé, casi gritando.
Ash se rio desde abajo. Sabía que me encantarían. Me conocía bien. Además, llevábamos tanto tiempo buscando aquellos pájaros que ya ni recordaba cuándo habíamos empezado. Habíamos pasado días enteros recorriendo el bosque sin encontrar ni uno.
Me incliné un poco más para verlos mejor y perdí el equilibrio. No intenté agarrarme a la rama que tenía delante por miedo a destrozar el nido. Me dejé caer. Por suerte, Ash me atrapó antes de que tocara el suelo. No pude evitar reírme.
Los dos nos reímos durante un momento. Después nuestras miradas se encontraron.
Me di cuenta de lo fuerte que se había vuelto: me había atrapado sin esfuerzo.
Sus ojos brillaban y, de cerca, pude ver que eran de un azul más profundo que el del cielo.
Tenía el rostro muy cerca del mío. Sentía su aliento sobre la piel y no me desagradaba.
—¿Qué te ha pasado? —le oí susurrar.
Había tristeza en su voz.
Demasiados pensamientos cruzaron mi mente.
El apuesto desconocido. Lo ocurrido con el alfa Thomas.
Pero, sobre todo, el recuerdo de lo que había pasado con aquel desconocido en el salón del palacio real.
Las imágenes me invadieron y me sonrojé hasta las orejas.
Puede que incluso se me escapara una risita.
No sabía muy bien qué me pasaba. Antes de que pudiera responder, oí un gruñido y se me detuvo el corazón.
Los dos miramos hacia donde había venido el sonido. Yo seguía en brazos de Ash, con los míos alrededor de su cuello. Estábamos demasiado cerca el uno del otro.
A poca distancia, los ojos del alfa Thomas ardían de rojo. Podía sentir su ira. Su olor llenaba el aire que nos rodeaba.