Capítulo once
Cuando abrí los ojos, estaba en mi habitación. Por lo visto, me había echado una buena siesta sin tener ninguna visión. ¿Por qué me sorprendía? Ya sabía que el ritual no funcionaría. Nada funcionaba conmigo. Había sido una pérdida de tiempo.
Aun así, no pude evitar cierta decepción. Esperaba ver al menos una imagen de mi futuro compañero. Quizá no tuviera ninguno. Quizá estuviera destinada a quedarme sola. No voy a mentir: la idea me dolió. Pensar que tal vez no exista nadie para ti provoca una desesperanza que yo nunca había sentido.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Entró una sirvienta con un vestido precioso entre los brazos. Enseguida comprendí que era el vestido. Aylla lo había conseguido. Era el más hermoso que había visto en mi vida.
—El beta Alden ha dejado esto para ti. Su hija vendrá más tarde para acompañarte al Festival de Primavera —dijo Gilda, entrando detrás de la muchacha.
¿Ya era el día del festival? Había dormido más de lo que creía. No estaba segura de sentirme preparada. Una inquietud me oprimía el pecho y pensé que quizá sería mejor olvidarme del plan y quedarme en mi habitación. Pero no podía echarme atrás ahora. Tenía que seguir adelante.
Por más que lo intenté, no conseguí salir. Estaba cansada. Muy cansada. Por alguna razón, el ritual me había dejado sin fuerzas y pasé casi todo el día durmiendo.
Al caer la tarde, Gilda regresó para ayudarme a prepararme. Me puso el hermoso vestido que Aylla había hecho para mí. Cuando terminó de arreglarme el pelo y colocó la última flor de luna, me miré al espejo. Mi reflejo me sorprendió.
Estaba bonita.
—Estás preciosa —dijo Gilda.
Sus ojos reflejaban sentimientos que no llegó a expresar en voz alta. La abracé y ella me acarició el pelo. Después me separé y fui hacia la puerta, dispuesta a salir al Festival de Primavera.
Aylla me esperaba en el festival. Había preferido hacer el camino sola porque quería que el alfa Thomas me viera llegar sin nadie a mi lado, con aquel vestido rojo carmesí que se ceñía a cada curva de mi cuerpo. Lo justo para volver un poco locos a los hombres que estuvieran presentes.
Sonreí para mis adentros y seguí caminando hasta que mi mirada se cruzó con la del alfa Thomas. Dejó de hablar en cuanto me vio y vino hacia mí. Mi sonrisa se ensanchó. Por fin había conseguido llamar su atención.
Antes de que acabara de pensarlo, ya lo tenía a mi lado. Me tomó de la mano, me apartó de la multitud y me llevó de vuelta al palacio.
—Tienes que cambiarte. Ahora mismo —dijo en voz baja y tensa.
Me condujo hasta mi habitación y cerró la puerta tras nosotros. Pero no se marchó. Se quedó mirándome. Había algo en sus ojos que me resultaba familiar: lo había percibido antes en su olor, aunque no había sabido interpretarlo. Quizá fuera deseo.
—No sé de dónde has sacado ese vestido ni a quién pretendes impresionar —dijo sin apartar los ojos de mí.
Su mirada me abrasaba la piel.
Se me aceleró el pulso. Sabía que me deseaba. Por fin había comprendido que ya no era una niña. Me acerqué con decisión mientras él permanecía inmóvil junto a la puerta.
Alcé la vista hacia su rostro.
—A ti —susurré.
Aquello pareció acabar con su dominio de sí mismo. Antes de que pudiera reaccionar, me apretó contra la puerta y me besó. Por instinto, le rodeé la cintura con las piernas. Sentía su deseo, lo mucho que me deseaba. Sus manos recorrieron mi cuerpo y encendieron cada lugar que tocaron.
Se apartó un instante y, con un movimiento rápido, me giró hasta dejarme de cara a la puerta.
Volví la cabeza hacia un lado. Él se apretó contra mí y sentí de nuevo cuánto me deseaba.
El deseo también me recorrió a mí. Lo quería, aunque no sabía si sería capaz de resistirme a él.
Era fuerte y parecía haber perdido por completo el control.
Cuando deslizó las manos bajo mi vestido y rasgó mi ropa interior, me invadió el pánico. No había pensado bien las cosas.
Me preparé para lo que viniera. No sabía exactamente qué esperar, aunque había oído a otras mujeres hablar en susurros de la primera noche con sus compañeros. El alfa Thomas solo se apretó más contra mí. Era un poco incómodo, pero no dolía. Aun así, me ardía todo el cuerpo. El deseo me consumía.
—No puedo hacer esto… No debería hacerlo —le oí susurrar.
Entonces soltó un gruñido que pareció sacudir el palacio entero. Estaba casi segura de que todos los asistentes al festival lo habían oído.
Me soltó y me volví hacia él. Volvió a estrecharme entre sus brazos.
Notaba la tensión de su cuerpo contra el mío y no podía dejar de temblar.
El deseo seguía latiendo en mi interior.
Sus ojos ardían de rojo. Sabía que todavía me deseaba, pero no hizo nada más.
Me llevó hasta la cama y me arropó, como si intentara poner distancia entre nosotros.
—No salgas de esta habitación esta noche bajo ninguna circunstancia —gruñó.
No me atreví a responder. Habíamos cruzado un límite y sentía que ya no había vuelta atrás. Tragué saliva.
Se marchó sin decir nada más. No pude evitar entristecerme.
No entendía del todo lo que acababa de ocurrir ni qué lugar ocupaba ahora en su vida.
Era como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies.
No había imaginado que la noche terminaría así.
En mi cabeza, todo había sido mucho más romántico.
Quizá había esperado demasiado. Estaba claro que tenía que mejorar mis dotes de seducción.