La luna que él no quería Capítulo diez
19%

Capítulo diez

Con la operación «Encontrar un vestido» en marcha y el Festival de Primavera cada vez más cerca, empecé a prepararme para mi gran aparición.

El alfa Thomas seguía fuera, pero regresaría en unos días.

Mientras tanto, tenía que reunir el valor necesario para ponerme el vestido que Aylla estaba preparando.

Aún no sabía cómo sería. Solo esperaba que fuera hermoso y bastara para demostrarle al alfa Thomas que había crecido, sin enseñar demasiado.

Gilda, por su parte, había preparado un ritual mágico que las lobas solían realizar en primavera para vislumbrar su futuro.

Eso sí: nunca funcionaba. Solo las brujas podían ver el porvenir, y ni siquiera todas tenían ese don.

Los lobos, desde luego, no. Aun así, acepté participar.

Algunas mujeres contaban que, durante el ritual, la Diosa de la Luna les había concedido su deseo y les había mostrado imágenes de su futuro y de sus compañeros.

Yo era escéptica, pero lo hice sobre todo para complacer a Gilda.

Nunca me habían interesado mucho aquellas ceremonias.

Sin embargo, como no tenía loba, supuse que valía la pena intentarlo.

No tenía nada que perder. Quizá solo la dignidad.

Aunque no todos creían en esos rituales, eran bastante comunes en la manada.

A menudo había oído a las chicas hablar de ellos.

La mayoría acababan decepcionadas porque no habían visto nada. Sospechaba que pronto me tocaría a mí.

Gilda me preparó aquella noche, antes de que saliera la luna llena.

Había cuidado cada detalle, incluido el vestido plateado que llevaba puesto, cubierto de símbolos mágicos bordados a mano.

No sabía de dónde había sacado tiempo para hacerlo todo, pero se notaba el esfuerzo que había puesto.

Por respeto a ella, participaría en el ritual me apeteciera o no.

Tampoco parecía difícil: solo tenía que ir al altar de la Diosa de la Luna y esperar un poco, por si me concedía alguna visión.

El beta Alden por fin me permitió salir de la habitación.

Aylla nos acompañó, y Gilda y las sirvientas que había traído nos guiaron hasta el bosque junto al palacio.

Estaba oscuro, pero la luna llena empezaba a elevarse e iluminaba suavemente el sendero que conducía al altar.

Debo admitir que parecía el comienzo de algo mágico.

Aylla estaba más emocionada que yo, aunque contuvo su entusiasmo y no dijo nada.

Caminó en silencio a mi lado hasta el pequeño claro donde se encontraba el altar, apenas visible en la oscuridad.

Sabía que esperaba con ilusión el día en que le tocara realizar aquel ritual. Le encantaba todo lo místico.

En el centro del claro había un altar mucho más grande de lo que había imaginado.

Una persona podía tumbarse sobre él sin dificultad.

Había símbolos por toda la superficie y flores de luna esparcidas sobre lo que parecían unas sábanas suaves.

No me esperaba aquello. Por un instante, pensé que me habían llevado allí para ofrecerme en un sacrificio de sangre.

Sacudí la cabeza y sonreí ante lo absurdo de la idea. Por supuesto que no iban a sacrificarme. Sería una ofensa para los dioses.

Gilda no dijo nada. Me ayudó a subir al altar y me acomodó con cuidado entre los símbolos. Después se apartó para reunirse con las sirvientas y el beta Alden, que seguía allí, seguramente por órdenes del alfa Thomas.

Aylla me dedicó una última mirada y una sonrisa traviesa antes de unirse a los demás. Parecía aún más ilusionada. Solo esperaba que no se decepcionara cuando tuviera que contarle que no había ocurrido nada.

Tumbada sobre la piedra del altar, agradecí en silencio que hubieran puesto aquellas flores. Al menos me permitían estar algo más cómoda. La piedra no estaba fría, pero sabía que la temperatura bajaría durante la noche. Ojalá no tuviera que quedarme allí mucho tiempo.

Cerré los ojos por si así ocurría algo. Por mucho que me concentré, no vi más que oscuridad.

Genial. Funciona de maravilla, pensé. Puede que incluso lo murmurara en voz alta.

Entonces oí a una chamana entonar un cántico. Ni siquiera había advertido su llegada. Tal vez me lo estaba imaginando. Tal vez por fin ocurría algo y yo no me daba cuenta. Me obligué a abrir los ojos. Quería ver qué estaba pasando. Quizá me había transportado a otro lugar.

No. Seguía en el bosque, tumbada sobre el altar.

Casi me eché a reír. ¿Qué esperaba que sucediera?

Miré alrededor y distinguí a la joven chamana.

Era una de las sanadoras que conocía. Debía de tener mi edad o quizá fuera más joven.

Se había unido a la manada hacía pocos años y apenas habíamos intercambiado unas palabras.

Ahora estaba allí, participando en un ritual que yo ni siquiera sabía que requería una chamana.

Alguien debía de saber más del asunto que yo. Seguramente Gilda.

A medida que la luna ascendía, algo empezó a cambiar. El viento cesó de pronto. La voz de la chamana se apagó y todo a mi alrededor comenzó a girar cada vez más deprisa. Incluso el altar daba vueltas.

Cerré los ojos. Y, de repente, todo se detuvo.