Capítulo nueve
Cuando se abrió la puerta y vi a Aylla junto a su padre, se me llenaron los ojos de lágrimas. Llevaba semanas sin verla. Corrió hacia mí y me abrazó. Me alegró tanto tenerla allí que, por fin, dejé de sentirme tan sola.
—No puedo dejarte salir de esta habitación. Son órdenes del alfa Thomas —dijo el beta Alden—. Pero pensé que no habría ningún inconveniente en que Aylla te hiciera compañía. Esta noche se quedará a dormir.
Habló con suavidad, aunque había tristeza en su voz.
Podía olerla y me parecía que era por mí.
También se la veía en los ojos. Tenía la misma expresión que había visto en Gilda durante los últimos días.
Algo estaba pasando. Algo que yo ignoraba y que, sinceramente, no quería saber.
En el fondo estaba segura de que descubrirlo me rompería el corazón.
Cuando su padre se marchó, Aylla volvió a abrazarme.
Estaba tan contenta de verme como yo de verla a ella.
Era un poco más joven que yo y aún no tenía compañero.
Sabía que algún día lo encontraría y también se marcharía, pero no quería pasar el tiempo contando los días que nos quedaban juntas. Prefería disfrutar de su compañía.
Era mi mejor amiga y deseaba que encontrara a alguien que la amara como merecía. Era hermosa y tenía un corazón enorme.
—¿Cómo fue el viaje al palacio del rey alfa? He oído que el Baile de Apareamiento fue increíble. ¡Tengo tantas ganas de ir al próximo! Mi padre dice que pronto estaré preparada. Incluso me dejó decidir si quiero asistir —contó con los ojos brillantes de emoción.
Sabía cuánto soñaba con aquel baile. Había imaginado mil veces cómo conocería a su futuro compañero, cómo vivirían felices y tendrían hijos.
Deseaba de todo corazón que su cuento de hadas se hiciera realidad.
Si alguien lo merecía, era ella. Y no lo decía solo porque fuera mi mejor amiga y la quisiera.
Aylla era hermosa, amable y siempre estaba dispuesta a ayudar sin esperar nada a cambio.
Bastaba con que entrara en una habitación para llenarla de luz y alegría. Tenerla como amiga era una suerte.
Yo, en cambio, solo intentaba sobrevivir.
Mi padre no era como el suyo. Ni siquiera lo había conocido.
No sabía quién era. Lo único que mi madre me había contado era que había sido un lobo y que había muerto antes de que yo naciera.
A ella no le gustaba hablar de él. Siempre tuve la impresión de que le había hecho mucho daño.
Aun así, me habría gustado conocerlo, aunque solo fuera para odiarlo.
Me habría bastado con saber de dónde venía.
Aylla tenía una familia maravillosa. A veces, cuando estaba con ellos, me hacían sentir que yo también formaba parte de ella, aunque solo fuera por un rato. Siempre se lo agradecía. Para mí significaba mucho.
—El salón de baile era precioso. Estoy segura de que te encantará —le dije con entusiasmo.
Aylla suspiró, soñadora.
—Deberías venir conmigo. Mi padre podría hablar con el alfa Thomas —propuso, ilusionada.
No era mala idea. Quizá el alfa Thomas me dejaría asistir. Quizá podría disfrutar del baile como era debido. Quizá volvería a ver al apuesto desconocido. Se me encendieron las mejillas al pensarlo.
Aparté la idea enseguida. El alfa Thomas aún me veía como a una niña. No dejaba de repetir que era demasiado joven para encontrar compañero, así que jamás aceptaría que fuera al baile.
No advertí que había dicho todo aquello en voz alta hasta que vi la tristeza en el rostro de Aylla. Un instante después, su expresión cambió, como si acabara de ocurrírsele algo.
—¿Y si le demostramos que ya no eres una niña, sino una mujer? —preguntó, animándose.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? Llevo semanas sin salir de esta habitación, por si no te habías dado cuenta —respondí mientras se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Claro que me he dado cuenta. No ha dejado que nadie venga a verte. Dijo que estabas enferma. Sí que te veo un poco pálida —añadió, acariciándome la mejilla.
Había estado enferma de algo que no comprendía.
Algo que me mantenía despierta por las noches y me quemaba por dentro.
Al menos empezaba a encontrarme mejor. Gilda me había cuidado durante todas aquellas noches.
Desde que el alfa Thomas me trajo de vuelta, no había vuelto a entrar en mi habitación.
A veces oía sus pasos al otro lado de la puerta, yendo de un lado a otro, pero nunca entraba.
Gilda seguía untándome aquellos aceites nauseabundos. No me habría extrañado que todo el palacio me evitara: desde luego, no olía precisamente bien. Aylla, sin embargo, no parecía molesta. Ya no llevaba tanto aceite encima, aunque el olor persistía en el pelo y en la ropa.
Aquella noche me explicó su plan. Para mi sorpresa, había tenido la misma idea que yo: necesitábamos un vestido que le hiciera ver al alfa Thomas que ya era una mujer.
Se acercaba el Festival de Primavera y Aylla estaba convencida de que para entonces me permitiría salir de la habitación.
Aprovecharía la ocasión para traerme un vestido que le demostrara que estaba lista para buscar compañero.
—Ya sé cómo será —dijo, entusiasmada—. Verá cuánto has crecido y entenderá que ya no eres una niña. Le pediré ayuda a mi madre. Ella sabrá cómo hacerlo.
Así, la operación «Encontrar un vestido» volvió a ponerse en marcha. Esta vez tenía ayuda. Ya no estaba sola, y con Aylla a mi lado la habitación parecía menos vacía.
Entonces descubrí que esperaba con ilusión el Festival de Primavera. Siempre me había gustado, pero aquel año era distinto. Parecía tener algo de magia, como si estuviera lleno de posibilidades.
Tal vez, por fin, encontraría a mi compañero.