La luna que él no quería Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Cuando llegamos al palacio del alfa Thomas, aún era de mañana. Debíamos de haber salido mucho antes del amanecer. No podía quitarme de la cabeza que habíamos adelantado la partida por mi culpa. Seguramente tenía que ver con lo mal que me encontraba.

Nos recibió el silencio familiar del palacio.

Conocía aquel lugar casi de memoria; llevaba más de una década viviendo allí.

El alfa Thomas me acompañó hasta mi habitación, como si no confiara en que nadie más pudiera hacerlo bien.

Revisó el cuarto y, tras comprobar que todo estaba en orden, me dejó encerrada con llave.

Estupendo. Otra vez prisionera. Por mi propio bien, claro.

Algo había cambiado. Podía olerlo. No sabía qué era, pero estaba pasando algo y nadie pensaba contármelo.

Habría jurado que el alfa Thomas se quedó un rato al otro lado de la puerta.

Oí su respiración antes de que se alejara por fin.

Sus pasos eran pesados, como si le costara marcharse.

¿Tan enferma estaba? ¿Me estaba muriendo?

¿Qué me pasaba y por qué se comportaba así?

En el fondo, yo tampoco quería que se fuera. No quería quedarme sola. Quizá fuera por el miedo o porque me encontraba mal; ya no estaba segura. No me molestaba tenerlo cerca ni que me abrazara como en el carruaje.

El alfa Thomas me había criado durante buena parte de mi vida, pero nunca había conseguido verlo como a un padre.

Seguía siendo un alfa joven y apuesto, y aparentaba menos edad que otros alfas de sus años.

Más de una vez había sorprendido a alguna loba mirándolo con deseo.

La mayoría se interesaba por él porque era un alfa, por supuesto, pero también era guapo.

El hombre más guapo que había visto jamás…

si no contaba al desconocido del salón de baile.

Él era algo completamente distinto. Pero ahora estaba muy lejos y probablemente no volvería a verlo. El alfa Thomas, en cambio, siempre había estado a mi lado. Siempre me había protegido.

Entonces se me ocurrió una idea: quizá podría convertirme en su luna. Necesitaba un plan. Tenía que llamar su atención y demostrarle que ya no era una niña. No sabía qué buscaba en una mujer, aunque me había fijado en cómo miraba a algunas cuando llevaban ropa que realzaba sus curvas.

Me observé en el espejo. Yo también podía conseguir que me mirara así. No era muy alta y tenía una figura esbelta, pero no me faltaban curvas. Lo que pasaba era que la ropa las ocultaba. Seguía usando la misma clase de vestidos que llevaba desde pequeña, prendas que apenas dejaban ver nada.

El plan era sencillo. En la próxima fiesta aparecería con un vestido elegante que mostrara un poco de pierna y tuviera algo de escote.

Lo justo para que el alfa Thomas me viera como a una mujer, sin llegar a enfadarlo.

Tampoco pensaba presentarme medio desnuda ante toda su corte. No era tan valiente.

Solo me faltaba encontrar el vestido. Quienes se encargaban de mi ropa seguían instrucciones muy concretas.

Siempre me vestían como a una jovencita, cubierta de pies a cabeza.

Apenas dejaban al descubierto un poco de cuello, lo suficiente para que se viera el collar.

Me daba vergüenza pedirles algo más atrevido.

Además, no quería que se enteraran de mis planes.

La operación «Encontrar un vestido» estaba oficialmente en marcha. Si no conseguía que alguien me confeccionara uno, modificaría por mi cuenta alguno de los que ya tenía.

Como no podía salir de la habitación, solo me quedaba pensar y contemplar el mundo desde la ventana.

Tampoco estaba tan mal. Mi cuarto era precioso y tenía unas vistas magníficas, aunque echaba de menos estar fuera.

El jardín. El sol sobre la piel. Pero seguía enferma y quizá salir solo empeoraría las cosas. Todo aquello era por mi propio bien.

Aun así, se me encogía el pecho al ver a los demás disfrutar del sol de primavera mientras yo permanecía encerrada. Deseaba estar con ellos, correr en libertad. Pero ese era el precio de ser débil.

Con lágrimas en los ojos, contemplé el mundo desde mi ventana.

Y seguiría haciéndolo durante las semanas siguientes.

No me permitían salir, sobre todo ahora que el alfa Thomas tenía que ausentarse para visitar otras manadas y reunirse con sus alfas.

Nadie sabía exactamente qué asuntos lo ocupaban.

Tampoco tenía por costumbre dar explicaciones a todo el mundo.

Su beta, el segundo al mando, era el único que conocía los detalles.

El beta no era tan despiadado como algunos de los otros lobos.

Tenía una mirada amable, al menos conmigo.

Su hija era una omega y mi amiga. Él comprendía lo difícil que podía ser mi vida porque su hija tampoco tenía una loba fuerte.

Siendo hija de un beta, se suponía que debía ser más poderosa.

Al menos ella sí tenía loba, aunque eso no impedía que algunas chicas la acosaran cuando su padre o su hermano no estaban cerca.

Gilda le suplicó al beta Alden que me dejara salir de mi habitación, pero él tenía órdenes estrictas de mantenerme encerrada hasta que regresara el alfa Thomas. No cedió. En cambio, llevó a su hija Aylla para que me visitara.

Por fin iba a tener compañía. Gilda pasaba conmigo todo el tiempo que podía, pero también tenía que supervisar a los demás sirvientes del palacio.

Y eran muchos.