La luna que él no quería Capítulo siete
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Capítulo siete

El viaje de regreso al palacio del alfa Thomas solía ser largo, pero aquella vez los carruajes parecían avanzar más deprisa.

O quizá solo me lo parecía. Me dormía y despertaba a ratos.

El alfa Thomas me había envuelto en su capa mientras murmuraba algo sobre impedir que otros lobos percibieran mi olor.

No estaba segura de haber oído bien, pero creí escuchar a Gilda decir:

—Debería contárselo.

¿Contarme qué?

En sueños, unos ojos dorados me seguían.

No resultaban amenazantes. Al contrario, me hacían sentir protegida, como si me resguardaran de algo invisible que acechaba en la oscuridad.

En algún momento me eché a llorar. Soñé con unas manos desconocidas que me tocaban y que yo no quería sobre mi cuerpo. Creo que grité que me dejaran en paz.

Cuando abrí los ojos, estaba entre los brazos del alfa Thomas.

—Estás a salvo —murmuró, acariciándome el pelo con suavidad.

La luz del amanecer empezaba a iluminar el bosque y daba un aire mágico a cuanto nos rodeaba. Los faroles de cristal aún alumbraban débilmente el camino oscuro. Entonces vi aquellos ojos dorados entre los árboles. Habría jurado que pertenecían a un lobo blanco.

Solté un jadeo y me tapé la boca. El alfa Thomas debió de pensar que tenía otra pesadilla, pero estaba despierta. Alcé la vista hacia él y encontré una dulzura inesperada en su mirada. Cuando volví a mirar hacia el bosque, el lobo blanco había desaparecido. Debía de haberlo imaginado.

Los lobos blancos eran tan raros que casi habían desaparecido.

Los pocos que quedaban pertenecían a la familia real, un linaje que se extinguía poco a poco porque ya no había otros lobos blancos con los que preservar su pureza.

No podían tener descendencia con humanos: las mujeres humanas eran incapaces de llevar aquellos embarazos a término, ni siquiera con ayuda de la magia.

Las omegas y las mujeres sin loba sí tenían sangre de lobo, pero se decía que los hijos nacidos de esas uniones debilitarían la pureza del linaje real.

Solo las brujas tenían poder suficiente para ayudarlos.

Sin embargo, en el pasado, la mezcla de sangre de bruja y de lobo había dado origen a criaturas aberrantes tan peligrosas que estuvieron a punto de destruir el mundo.

Desde la Gran Guerra, la ley prohibía las uniones entre brujas y lobos, y todos se tomaban aquella prohibición muy en serio.

Además, las brujas preferían a los humanos.

No las culpaba. Los humanos no tenían los mismos instintos bestiales que los lobos.

A veces soñaba con vivir entre ellos. En muchos sentidos me sentía más cercana a los humanos que a los lobos, pero por mis venas corría sangre de lobo. Eso me obligaba a vivir entre los míos, aunque yo no fuera realmente una loba.

El alfa Thomas me abrazaba con fuerza, como si temiera que me cayera del carruaje.

Nunca lo había visto así. Siempre me había protegido, pero jamás me había sostenido de aquella manera.

Hundió el rostro en mi pelo, como si aspirara mi aroma.

Cuando alcé la mirada, sus ojos despedían un resplandor rojo.

A todos los alfas les ocurría, así que aquello no tenía nada de extraño.

Aun así, algo le estaba pasando. El corazón le latía a toda velocidad y me miraba con una intensidad que nunca antes había visto en él.

—Ahora me ocuparé yo de ella —dijo Gilda mientras me separaba con delicadeza de sus brazos.

El alfa Thomas hizo una seña y el carruaje se detuvo. Bajó sin decir una palabra y salió corriendo hacia el bosque.

Se me paró el corazón. Debía de haber percibido al lobo blanco. Eso era lo que le pasaba: iba tras él. Sentí un peso en el pecho. No quería que lo encontrara ni que le hiciera daño. Por alguna razón, estaba segura de que aquel lobo no pretendía lastimarme.

Y sí, suponía que era un macho. Era demasiado grande para ser una hembra. Las lobas eran más pequeñas que los lobos, a veces mucho más. Por eso solían dominar los machos.

Miré a Gilda. Parecía saber algo que yo ignoraba y no encontrar la manera de decírmelo. Tal vez yo prefería no saberlo. Empecé a llorar. En aquel momento, me pareció lo más razonable que podía hacer.

Gilda me secó las lágrimas y me miró con compasión. Su expresión me confirmó que estaba en apuros, aunque no alcanzaba a imaginar hasta qué punto.

—Pobrecita mía. No tienes idea del peligro en el que estás —me susurró al oído.

Seguramente temía que alguno de los lobos cercanos la escuchara. Comprendí por qué no podía explicarme más. Sacó del bolsillo del vestido un frasco de aceite. Olía a flores, dulce, pero tenía también algo extrañamente repulsivo. El olor era tan intenso que me revolvió el estómago.

—Sé que no te gusta, pero es necesario —susurró.

Asentí sin decir nada. Sabía que tenía razón. Creía reconocer aquel aceite: las lobas lo usaban para ocultar su olor. Había visto a una de las sirvientas más jóvenes utilizarlo una vez, y el frasco se parecía mucho a ese.

—¿Es tan grave? —pregunté entre sollozos mientras me untaba por todo el cuerpo aquel aceite espantoso.

Gilda no respondió de inmediato. En lugar de hacerlo, me echó unas gotas en el pelo.

Tuve que esforzarme por no vomitar. Aunque no tenía loba, mi olfato era extraordinariamente sensible.

Percibía cosas que otros no notaban y, de algún modo, sabía cómo se sentía la gente por su olor.

Podía oler sus emociones. Era extraño, pero era mi único don.

—Ahora no podemos hablar —me susurró Gilda al oído.

Asentí. Sabía lo fino que era el oído de los lobos. Me daba miedo que alguien nos escuchara y se lo contara al alfa Thomas o, peor aún, a alguien que no debiera saberlo. Entonces acabarían enterándose todos.

El alfa Thomas regresó poco después. Ni siquiera me miró. Por alguna razón, parecía enfadado. Sin pronunciar una palabra, subió al carruaje que iba detrás del nuestro.

Busqué la mirada de Gilda, pero ella guardó silencio. Aun así, se le notaba que sabía por qué el alfa Thomas había decidido viajar aparte. Seguramente tenía que ver con el aceite. Olía tan mal que ni yo misma me soportaba. Podía imaginar lo que le provocaría a él.

No pude evitar entristecerme. Quería que volviera a abrazarme como antes. Entre sus brazos me había sentido a salvo como nunca antes.

¿Qué me estaba pasando?