Capítulo seis
Aquella noche dormí mal. Desde mi habitación me llegaban las risas y la música de la fiesta del piso de abajo.
El baile al que no me habían invitado porque, por lo visto, era demasiado joven para asistir.
No entendía por qué el alfa Thomas no me quería allí ni para qué me había llevado al palacio si sabía que se celebraba el Baile de Apareamiento, donde se reunirían todos los lobos sin pareja.
Tal vez no lo sabía, aunque dudaba que el rey alfa lo hubiera invitado sin decírselo.
El alfa Thomas no estaba casado. No tenía luna. Probablemente el rey lo había invitado para que encontrara compañera. La idea me entristeció. Alguna vez había soñado en secreto con que me eligiera a mí como su luna, pero sabía que eso nunca ocurriría. Seguía tratándome como a una niña.
Vivía con el temor de que un día se cansara de mí y me casara con alguien para afianzar una alianza. Había oído rumores de que, cuando él se casara, su luna no querría tenerme cerca.
En cuanto eso ocurriera, mis días en su casa estarían contados. Esperaba que aún faltara mucho. Si encontraba compañera en aquel baile, no sabía qué sería de mí. Había pasado tantos años sin casarse. ¿Por qué iba a tener prisa ahora?
Sin saber qué me deparaba el futuro, lloré y le rogué a la Diosa de la Luna que se apiadara de mí y me concediera un destino mejor.
Todos los futuros que podía imaginar eran sombríos.
Quizá algún día yo misma llegaría a ser la luna de alguien.
Casi me reí de lo absurdo de la idea. Las demás lobas probablemente me harían pedazos.
Los alfas solían elegir compañeras fuertes, y yo era todo lo contrario.
Si algo se me daba bien, era ser débil. No era precisamente la candidata ideal para ser luna.
Como no tenía nada más que hacer, lloré hasta quedarme dormida.
Ni siquiera advertí que Gilda se había marchado y yo estaba sola.
Volví a soñar con el apuesto desconocido.
Cada recuerdo suyo despertaba sensaciones que me hacían sonrojar incluso dormida.
Puede que hasta se me escapara algún sonido del que no me sentía especialmente orgullosa.
¿Qué me estaba pasando? Tal vez había contraído alguna enfermedad. Sin embargo, me encontraba perfectamente cuando salimos de la manada del alfa Thomas y llevaba mucho tiempo sin enfermar.
Me desperté varias veces, empapada en sudor y deseando que él me tocara.
Sin duda estaba enfermando. A medianoche me despertaron mis propios gemidos.
Habían sido tan fuertes que quizá se oyeron en todo el palacio.
Debía de haber tenido una pesadilla, aunque no recordaba nada.
Tenía la mente nublada y, por un instante, sentí unas manos sobre mi cuerpo.
Entonces comprendí que eran las mías. Me había estado tocando mientras dormía.
Gilda terminó de despertarme y me ayudó a llegar hasta la bañera.
En cuanto me metí, grité. Ella se apresuró a amortiguar mis gritos con un paño.
El agua estaba helada. Seguramente tenía fiebre; debía de ser por eso que me había despertado.
Después me ayudó a vestirme y me mandó de vuelta a la cama.
A partir de entonces dormí mejor. Ya no soñé con el apuesto desconocido. En su lugar, soñé con gente que me señalaba con el dedo y me ponía en ridículo delante de todos. Estupendo. Me quedaba con los sueños del desconocido, muchas gracias.
La noche se me había hecho interminable. Por suerte, nos marchábamos temprano. Al amanecer, el alfa Thomas apareció en la puerta. Yo seguía en la cama, tan débil que apenas podía ponerme de pie.
—¿Qué le pasa? —preguntó, apoyándome una mano en la frente—. Está ardiendo.
Gilda lo observó un momento antes de responder.
—Está en celo —susurró.
Debía de haber oído mal. Seguramente se refería a la fiebre.
El alfa Thomas guardó silencio. Olía distinto, aunque no sabía por qué.
Además, yo ni siquiera tenía loba. No podía entrar en celo.
Al menos, eso creía. Tampoco sabía muy bien cómo funcionaba.
Mi madre me lo había mencionado una vez y, con los años, había oído algunos comentarios, pero nunca había llegado a entender qué significaba.
El alfa Thomas me acarició el pelo. Parecía preocupado. Yo apenas podía moverme y tenía ganas de gritar. ¿Qué clase de enfermedad era aquella?
—Es demasiado joven —murmuró, más para sí mismo que para nadie.
Gilda lo miró con una expresión que no supe interpretar.
—Para usted, sí —dijo entre dientes.
El alfa Thomas le lanzó una mirada furiosa. Creí haber oído mal.
—¿Has dicho algo? —preguntó.
—No por mucho tiempo —respondió Gilda.
La expresión del alfa Thomas se volvió amenazante.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la voz a punto de convertirse en un gruñido.
—Quizá alguno de los lobos jóvenes que hay aquí lo haya desencadenado —respondió ella con calma.
—Mi dulce niña no —gruñó el alfa Thomas—. Pero si no tiene loba —añadió, desconcertado.
—Es una hembra joven sin compañero, tenga loba o no —replicó Gilda sin dejarse intimidar.
Por cómo la miraba el alfa Thomas, pensé que estaba a punto de abalanzarse sobre ella y arrancarle la garganta. Era capaz de hacerlo, y la idea me aterrorizó. Gilda me había ayudado. Sin ella, no tendría a nadie. Aun así, no parecía temerle.
—Vámonos a casa —susurré con voz débil.
Su mirada se suavizó al volverse hacia mí. Me tomó en brazos y me sacó de allí. Mi cuerpo reaccionó de una forma extraña a su cercanía, aunque no como lo hacía ante el apuesto desconocido.
En aquel momento, su gesto me conmovió. El alfa Thomas nunca me había llevado así en brazos ni se había mostrado tan preocupado por mí. Había estado enferma otras veces, pero jamás se había comportado de una manera tan protectora.
¿Estaba empezando a tomarme más cariño o solo eran imaginaciones mías?