Capítulo cinco
Antes de abrir la puerta, Gilda volvió a mirarme. Parecía querer decirme algo, pero no supe qué. Tomé una manta, me envolví en ella y me senté en el sofá. Me preparé para el sermón y para mi muerte. El alfa Thomas lo descubriría. Si es que no lo sabía ya.
Gilda abrió la puerta y él entró hecho una furia. Recorrió la habitación con la mirada hasta encontrarme. En sus ojos vi una tormenta. Y también decepción. Lo sabía. Estaba segura. Hice un esfuerzo por no llorar; dejaría las lágrimas para después. Ya había llorado bastante para un solo día.
Su apuesto rostro se contrajo de rabia. Cerró los ojos antes de hablar.
Hasta aquí he llegado, pensé.
—¿Por qué estaba cerrada la puerta? —exigió, todavía con la voz cargada de ira.
Seguramente había olvidado que él mismo le había ordenado a Gilda que me encerrara y no me dejara salir bajo ninguna circunstancia.
—Perdóneme, alfa. Me limité a seguir sus instrucciones. La encontré en el jardín, cubierta de barro —respondió Gilda con calma, inclinando la cabeza.
Aquello pareció tranquilizarlo un poco. Aun así, volvió a mirarme con recelo. Había algo más en sus ojos. Algo peligroso. Cruzó la habitación y llegó hasta mí antes de que pudiera reaccionar.
Se detuvo tan cerca que retrocedí por instinto. Me obligué a contener las lágrimas y a no confesar de golpe lo que había hecho. Esperaba que el baño hubiera eliminado el olor del desconocido.
Entonces el alfa Thomas hizo algo inesperado: me estrechó entre sus brazos.
Su abrazo era cálido y mi cuerpo respondió, aunque no como lo había hecho con el apuesto desconocido.
Bastó pensar en él para que se me acelerara el corazón.
Intenté calmarme. No quería despertar las sospechas del alfa Thomas.
Se apartó un poco para mirarme a la cara. Había alivio en su expresión, mezclado con algo que me resultaba desconocido. Algo que había empezado a notar últimamente, pero que no sabía interpretar.
—No te ha pasado nada —dijo mientras me acariciaba el pelo.
La ternura del gesto me conmovió. Nunca se había comportado así conmigo, aunque siempre había sido amable y me había tratado de forma distinta a los demás.
Miré a Gilda. Parecía preocupada. Tragué saliva. Había algo en sus ojos que no entendía. Quizá ella había visto algo que a mí se me escapaba.
—Pensé que alguien había mancillado a mi dulce niña —dijo el alfa Thomas con voz suave, cargada de pesar—. Olí tu aroma en él. Lo llevaba por todas partes. Pero sigues siendo pura.
El corazón se me detuvo. Sabía que habría percibido mi olor. Así que el desconocido era real. No lo había soñado: de verdad lo había besado. Y me había gustado.
Me sonrojé al recordarlo. El corazón volvió a latirme con fuerza y se me entrecortó la respiración. ¡Ay, no! ¿Qué me estaba pasando? Me apresuré a apartar aquellos pensamientos.
El alfa Thomas sonrió y siguió acariciándome el pelo.
No conseguía descifrar su mirada y noté que su cuerpo estaba cada vez más caliente.
¿Estaría enfermo? ¿O lo estaría yo? Después de todas las ideas extrañas que me habían pasado por la cabeza desde que conocí al otro hombre, cualquier cosa era posible. Volví a sonrojarme.
El alfa Thomas me observó un momento más, me besó en la frente y me soltó. Había notado cómo se le aceleraba el corazón. ¿Y si también había percibido el olor del desconocido en mí?
—No dejes que salga de esta habitación esta noche ni la pierdas de vista. Partiremos al amanecer —ordenó antes de dirigirse a la puerta.
Me lanzó una última mirada al salir. Parecía querer decirme algo con ella, pero no supe qué. El pánico volvió a apoderarse de mí. Tal vez sí sabía lo que había ocurrido y pensaba castigarme.
Me dejó confundida y, por alguna razón, dolida. ¿Por qué me sentía así? Era como si hubiera hecho algo terrible, algo prohibido. Como si hubiera prendido fuego al mundo entero. ¿Por qué le tenía tanto miedo si ya ni siquiera parecía enfadado conmigo?
Gilda me observaba con una expresión que tampoco supe interpretar. Aunque, últimamente, tenía la sensación de no entender nada. Necesitaba que alguien me ayudara. Alguien que supiera más que yo.
—Es peor de lo que pensaba —susurró, más para sí misma que para mí.
¿Qué es peor? Por favor, dímelo.
Ya no entendía nada. Ni siquiera mis propios sentimientos. Sobre todo mis propios sentimientos. Quería saber qué ocurría, suplicarle que me lo explicara, pero no dije una palabra. Me limité a bajar la mirada, avergonzada. Tenía la sensación de estar haciendo algo malo, aunque no sabía qué.
—Voy a salir un momento, así que, por favor, no hagas ninguna tontería. Cerraré con llave. Por lo visto, no se te puede dejar sola ni un instante —dijo antes de marcharse.
Oí girar la llave en la cerradura. Estupendo. Ahora era prisionera de aquella preciosa habitación.
La verdad era que lo prefería. Después de lo ocurrido, no confiaba en mí misma ahí fuera. Si volvía a verlo, ¿quién sabía lo que despertaría en mí? Además, me había prometido quedarme a salvo en la habitación hasta que nos marcháramos. Era lo más prudente.
Los recuerdos regresaron de golpe y aquellas sensaciones desconocidas volvieron a recorrerme el cuerpo.
Mi piel parecía recordar cada lugar donde él me había tocado y ansiaba sentirlo de nuevo.
Empecé a arder, como si sus manos siguieran sobre mí.
Nunca me había pasado nada semejante. Pero tampoco había estado tan cerca de nadie.
Nadie me había tocado como él, y yo se lo había permitido.
Solo pensarlo hizo que me ardieran otra vez las mejillas.
Sonrojada y sin entender qué me ocurría, me dejé caer en la cama. Me hundí en el colchón blando y, antes de darme cuenta, me quedé dormida bajo las mantas tibias.