Capítulo cuatro
Me dolían los pies de tanto correr. Acabé en el jardín, lo crucé a toda velocidad y estuve a punto de terminar abrazada a un arbusto.
Me dejé caer sobre la hierba para recuperar el aliento.
Estaba suave, olía a primavera y aún conservaba las gotas de lluvia.
Cada una brillaba al sol como una piedra preciosa.
Cuando por fin pude respirar con normalidad, acaricié las flores que se habían abierto durante la noche.
Su aroma era cautivador. Inspiré hondo y cerré los ojos.
Por un momento, dejé de pensar. Seguramente la hierba me había empapado la ropa, pero no me importaba.
Al menos ya no olía a él, aunque seguía recordando al desconocido y la forma en que me había tocado.
—¡Aquí estás! —exclamó una mujer.
Era la sirvienta de antes.
El corazón empezó a latirme con fuerza, como si me hubiera sorprendido pensando en el apuesto hombre del salón. Me sonrojé al instante y asomé la cabeza por detrás de un arbusto.
Ella sonrió, divertida.
—Estás hecha un desastre.
Bajé la mirada. Tenía barro por todas partes, incluso en el pelo. Era de esperar, con la tierra tan húmeda después de la lluvia. El vestido estaba cubierto de suciedad y seguramente también me había manchado la cara. Parecía que me hubiera dado un revolcón con el jardín entero.
—Necesitas un baño —dijo mientras me ayudaba a levantarme.
La seguí en silencio hasta mi habitación.
Sabía que no volvería a salir de allí hasta que nos marcháramos del palacio: el alfa Thomas ya le había ordenado que me mantuviera encerrada.
Gilda no me trataba con la crueldad de la mayoría de los sirvientes.
Tenía a su cargo a todas las sirvientas y, por alguna razón, también le habían encomendado que cuidara de mí.
El alfa Thomas nunca me había llevado a un lugar como aquel. Esta vez se lo había pedido yo. Bueno, «pedido» se quedaba corto: le había suplicado que me llevara a conocer el palacio real. Ahora empezaba a pensar que no había sido una buena idea.
Con los ojos llenos de lágrimas, miré por última vez el pasillo antes de quedar encerrada en aquella hermosa habitación. Eran mis últimos instantes de libertad. A lo lejos creí distinguir al apuesto desconocido. O quizá me lo había imaginado. Ya no sabía qué pensar. Tal vez ni siquiera fuera real.
En el fondo, deseé habérmelo inventado. Así no habría peligro de que el alfa Thomas descubriera lo que habíamos hecho. Solo recordarlo me hizo sonrojar.
Gilda abrió la puerta y, cuando entramos, cerró con llave. Suspiré.
Es por mi bien, me dije.
Allí estaba a salvo. De mis propias imprudencias y de las consecuencias que podían tener.
Por más que lo intentaba, no conseguía dejar de pensar en él. Todavía sentía sus labios sobre los míos y deseaba volver a verlo. Pero sabía que aquello no podía repetirse sin unas consecuencias que no estaba dispuesta a afrontar.
Gilda mandó a otra sirvienta a preparar el baño. Después me ayudó a quitarme la ropa y la arrojó al fuego. La miré, desconcertada.
—Date prisa y lávate —me apremió cuando nos quedamos solas.
Volví a mirarla sin entender. ¿Qué sabía? ¿Nos había visto? El pánico empezó a apoderarse de mí. Entré temblando en la bañera mientras ella añadía más perfume al agua.
—Si yo puedo olerlo en ti, él también podrá. Y no sé qué hará cuando lo descubra —dijo antes de ayudarme a lavarme.
Lo sabía. Sentí vergüenza por lo que había hecho y por todo lo que había despertado en mí.
Lloré en silencio mientras me bañaba. Gilda tenía razón: no sabía cómo reaccionaría el alfa Thomas si se enteraba de que había estado besándome con un desconocido en la corte real.
Ni siquiera sabía quién era aquel hombre, aunque, por su aspecto, debía de ser otro alfa. Uno muy poderoso.
Cuando terminamos, tenía la piel enrojecida de tanto frotar y los ojos rojos de tanto llorar. Gilda me ayudó a ponerme ropa sencilla. No iba a salir de la habitación, al fin y al cabo.
—Fue una estupidez dejarte sola con el palacio lleno de lobos sin pareja —dijo.
Parecía enfadada sobre todo consigo misma.
Cerré los ojos, avergonzada. Las lágrimas me resbalaron calientes por las mejillas. Gilda me las secó y me hizo alzar el rostro con suavidad. Había algo en sus ojos que nunca había visto, ni siquiera en los de mi madre.
—No sabes lo hermosa que eres, hija mía, y tienes suerte de no saberlo —dijo con una calidez inesperada—.
Cuando tu madre te trajo al palacio del alfa Thomas, eras la niña más hermosa que había visto en mi vida.
Esa fue la única razón por la que él te permitió quedarte.
Con los años, te he visto convertirte en una mujer todavía más hermosa.
Guardó silencio. Parecía buscar las palabras.
—El alfa Thomas siempre te ha visto como a una niña, pero temo que eso cambie pronto. Me asusta el día en que empiece a verte como a una mujer.
El miedo se abrió paso en mi interior. La miré sin comprender. ¿Estaba intentando advertirme de algo? ¿Sabía algo que yo ignoraba? Volví a llorar.
Gilda me abrazó. Nunca había sido tan cariñosa conmigo, y aquella calidez me sorprendió tanto que no supe cómo reaccionar.
Dejé que me sostuviera mientras lloraba.
Sentía demasiadas cosas y no sabía qué hacer con ninguna.
Entre el beso del desconocido y lo que Gilda intentaba decirme, ya no sabía qué creer.
Aquel hombre jamás me tomaría en serio. Creía que era el juguete del alfa Thomas. Así me había llamado. Había jugado conmigo como con la tonta que era. Me sentía avergonzada, triste y algo más que nunca había sentido.
Comprendí que nadie me tomaría en serio. Era demasiado frágil para sobrevivir sola en un mundo lleno de lobos. Quizá el alfa Thomas no me había permitido asistir al Baile de Apareamiento porque se avergonzaba de lo que yo era: una chica sin loba.
—Te protegeré cuanto pueda, pero tendrás que hacerme caso —dijo Gilda.
Vi compasión en sus ojos, mezclada con algo que no supe interpretar.
Asentí. Sabía que podía confiar en ella. No tenía muchos amigos. En realidad, solo contaba con una buena amiga, a la que había dejado en la manada y que seguramente estaría esperando mi regreso. Era una omega, una loba menuda y sin demasiado poder. En eso no éramos tan distintas.
Había sido mi mejor amiga desde que llegué a la manada del alfa Thomas. Crecí junto a ella y a su hermano gemelo. Los tres corríamos por los bosques de la manada y trepábamos a los árboles. Ya no lo hacíamos tan a menudo, sobre todo porque habíamos crecido, pero seguíamos viéndonos con frecuencia.
Un golpe atronador sacudió la puerta, como si alguien intentara derribarla, y me arrancó de mis pensamientos.
—¡Abre la puerta! —rugió el alfa Thomas desde el otro lado.
Me quedé paralizada. Gilda me miró y se llevó un dedo a los labios. Parecía tener un plan, aunque yo no sabía cuál. Solo esperaba que las dos sobreviviéramos a la ira del alfa Thomas.
Asentí mientras ella se acercaba a abrir. El corazón me latía desbocado. Podía sentir su furia, incluso olerla a través de la puerta cerrada. Estaba tan enfadado como en el salón de baile, cuando casi me descubrió entre los brazos de aquel hombre en quien no podía dejar de pensar.
Por un instante deseé morirme allí mismo y ahorrarme lo que estaba por venir.