Capítulo tres
Me soltó, pero antes de que pudiera decir nada tiró de mí y me hizo pasar a otra habitación por una de las puertas abiertas.
Oía al alfa Thomas ir de un lado a otro por el salón.
Sus pasos eran pesados y su voz no dejaba lugar a dudas: estaba furioso.
Lo conocía lo bastante bien como para temer que aquello me costara la vida.
El desconocido al que acababa de besar, en cambio, seguía tranquilo. Respiraba un poco deprisa, pero no parecía asustado. Claro que no. Su reputación estaba a salvo. Le bastaría con decir que yo lo había seducido y todos lo creerían. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Lo ve? No está aquí —le dijo una mujer al alfa Thomas con serenidad.
Era una de sus sirvientas más fieles. Le di las gracias en silencio por intentar calmarlo.
Seguramente ella también podía olerme, pero, por alguna razón, se había puesto de mi parte.
Quizá solo quisiera evitar la ira del alfa Thomas.
Tal vez temía que la castigara por haberme dejado sin vigilancia en el palacio real.
—¡Sé que está aquí! Puedo olerla. Sé que ha estado aquí. No entiendo por qué la encubres —gritó él.
—Seguramente se ha perdido en los jardines del palacio, como siempre. Ya sabe cómo es. Nunca lo desobedece —respondió la mujer.
Por un momento pareció calmarse y dejó de caminar.
No sabía cómo agradecerle que hubiera conseguido que dejara de buscarme.
Si seguía, acabaría encontrándome y descubriría que no estaba sola.
No sabía qué haría entonces, pero, a juzgar por su voz y por la rabia que desprendía, no sería nada agradable.
Mientras tanto, el apuesto desconocido me sonrió, divertido, como si acabara de entender algo. Se acercó y se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio. Yo apenas me atrevía a respirar. Mucho menos iba a hablar.
—Encuéntrala de inmediato y no permitas, bajo ninguna circunstancia, que salga de su habitación esta noche. Fue un error traerla conmigo —ordenó el alfa Thomas.
Había algo en su voz que no supe interpretar.
—Como ordene, alfa —respondió la mujer.
Encerrarme en mi habitación no era ninguna novedad. Lo hacían a menudo por mi propia seguridad. Esta vez, sin embargo, necesitaba ponerme a salvo del hombre que tenía delante y que volvía a acercarse demasiado.
Lo que no entendía era por qué el alfa Thomas quería que me quedara en mi habitación ni por qué creía que había sido un error traerme. Por lo general, nunca me llevaba a sus reuniones oficiales con los demás alfas. La política no era asunto mío.
Entonces recordé que aquella noche se celebraba el Baile de Apareamiento, al que no me permitían asistir. Por lo visto, todavía era demasiado joven. El alfa Thomas seguía viéndome como a una niña. Quería demostrarle que se equivocaba, aunque no sabía cómo.
Me alejé despacio del desconocido. Necesitaba pensar, y tenerlo tan cerca no me ayudaba. Si el alfa Thomas me encontraba, sabría que había estado con alguien. El olor de aquel hombre debía de habérseme quedado impregnado por todas partes.
Él avanzó un paso y me encogí. Tenía que salir de allí, y no me lo estaba poniendo fácil.
—Tranquila, no voy a besarte otra vez —susurró—. Sé cómo sacarte de aquí.
Sentí una punzada de decepción y estuve a punto de regañarme en voz alta.
¿Por qué me traicionaba mi cuerpo? Hasta mi voluntad parecía haberse vuelto contra mí.
Era débil. Quizá todos tenían razón. ¿A quién pretendía engañar?
Me cruzaba con un desconocido guapo y ya me lanzaba a sus brazos. Suspiré.
—Te veré esta noche —susurró antes de besarme la mano.
Un estremecimiento de placer me recorrió el cuerpo. Me acerqué a él por instinto, aunque lo que pretendía era salir corriendo. Sonrió, divertido. Por supuesto que le hacía gracia. Yo era la tonta que había caído en sus manos mientras mi protector me buscaba ahí fuera, seguramente para crucificarme.
—No te molestes. Para entonces probablemente estaré muerta —dije con un suspiro.
Me estudió el rostro como si intentara descifrar algo. Después se inclinó hacia mí. Procuré parecer indiferente, aunque lo que deseaba era abalanzarme sobre él. A esas alturas, mi dignidad estaba por los suelos.
—No te hará daño —aseguró.
Lo dijo con tanta confianza que parecía saber algo que yo ignoraba.
—No mientras él esté en este palacio.
Tenía razón. El alfa Thomas no me castigaría allí, con tanta gente pendiente de cada uno de sus movimientos.
Aun así, no quería ponerlo a prueba. Me prometí que, si conseguía salir de aquel lío sin que ocurriera nada grave, me encerraría en mi habitación y no volvería a salir en toda la noche.
El corazón me latía a toda velocidad. Había visto lo que les ocurría a quienes desafiaban al alfa Thomas y no quería ser la siguiente.
Mi apuesto desconocido me miró como si quisiera memorizar mi rostro.
Quizá para evitarme la próxima vez. No entendía qué pretendía.
Se acercó y aspiró el aroma de mi pelo, como si también quisiera recordarlo.
Luego señaló la salida y me hizo un gesto para que me marchara.
No necesité que insistiera: eché a andar deprisa en la dirección que me había indicado.
Al volver la vista, lo vi sonreírme antes de abrir la puerta y entrar en el salón donde había estado el alfa Thomas.
Por un instante se me paró el corazón. Rogué que el alfa ya se hubiera marchado.
¿En qué estaba pensando para entrar allí con tanta tranquilidad?
Seguro que también llevaba mi olor impregnado. El alfa Thomas lo percibiría enseguida.
Un momento después, lo oí decir:
—Alfa Thomas.
No. No, no, no.
Aquello iba a ser mi fin. Salí corriendo de la habitación antes de que el alfa Thomas irrumpiera en ella y me descubriera. Ya podía imaginarme la escena.
Y no era nada agradable.