La luna que él no quería Capítulo dos
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Capítulo dos

Mientras intentaba decidir qué hacer, mi mente se negaba a colaborar. Era como si me hubieran hechizado. Él me acarició el rostro y después me rozó los labios con un dedo.

En mi interior despertaron sensaciones que jamás había experimentado y que no sabía cómo interpretar.

—¿Hacerte daño? —susurró—. ¿Por qué iba a hacerle daño a alguien tan dulce como tú?

Sus palabras me hicieron temblar. Había algo en su voz que me daba ganas de cometer una locura. Acercarme y besarlo, por ejemplo. La sola idea casi me arrancó un grito, pero me limité a tragar saliva.

Su mirada descendió de mi rostro a mi pecho, abrasándome la piel. Pareció detenerse en el collar que llevaba puesto. Luego me tomó la mano con delicadeza y examinó la pulsera de oro que me rodeaba la muñeca. Cuando volvió a mirarme a los ojos, sonrió.

—Así que tú eres el juguetito del alfa Thomas.

Había algo en su voz que no supe descifrar. ¿Rabia, quizá? Ya no había diversión en sus ojos.

¿Qué quería decir con eso? Había oído rumores sobre el alfa Thomas y sobre mí. En el fondo sabía lo que insinuaba la gente, aunque siempre me había negado a creerlo. Sus palabras me trajeron de golpe todos aquellos comentarios desagradables.

—Ahora entiendo por qué te mantiene tan cerca —murmuró, deslizándome un dedo por la mandíbula.

—No soy su juguete —respondí entre dientes.

Me había herido. Yo no era el juguete del alfa Thomas. Él siempre había cuidado de mí y jamás se me había insinuado. Entendía lo que aquel desconocido daba a entender, lo que la gente decía a mis espaldas, pero nada de eso era cierto.

—Entonces, ¿por qué no te ha casado todavía? Ya tienes edad —preguntó en voz baja.

No era asunto suyo. Aunque yo también me lo había preguntado.

¿Por qué el alfa Thomas aún no había concertado mi matrimonio?

Seguramente no había encontrado al alfa adecuado con quien sellar una alianza.

Además, yo no tenía loba, y pocos alfas estarían dispuestos a aceptarlo.

Tampoco es que tuviera una fila de pretendientes esperando para casarse conmigo.

Por desgracia, una compañera sin loba no era precisamente el sueño de un lobo.

—Eso te gustaría saber, ¿verdad? —repliqué, haciéndole una mueca.

Volvió a reírse y su risa resonó por todo el salón. Entonces reparé en lo vacío que estaba. El silencio que siguió me inquietó, aunque procuré disimularlo.

—Pues sí —respondió con una sonrisa divertida.

Resoplé. Sus preguntas empezaban a irritarme.

¿Quién se creía que era? Eché un vistazo a su ropa, pero no reconocí las insignias.

Seguramente pertenecía a una manada de la que yo no había oído hablar.

Tampoco es que conociera muchas manadas ni a muchos lobos.

Casi siempre me limitaba a observar a los demás desde lejos.

Sin darle explicaciones, intenté recobrar la compostura y alejarme, pero mis pies se negaron a obedecer. Estuve a punto de poner los ojos en blanco. Estaba enfadada conmigo misma. ¿Qué me pasaba?

Sí, era poderoso. Muchísimo. Y probablemente era un alfa. También era guapo, de acuerdo. Más guapo incluso que el alfa Thomas, que me gustaba un poquito. Quizá más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Por qué no se lo preguntas a él? Seguro que estará encantado de responderte —dije, procurando parecer indiferente.

Ya no me sujetaba, pero seguía tan cerca que apenas podía pensar con claridad. A él también parecía ocurrirle algo. La respiración se le entrecortó al inclinarse hacia mí y vi un cambio en sus ojos.

—Tu aroma es embriagador —murmuró, acercándose a mi cuello para aspirarlo.

Ya no entendía qué estaba pasando. Me daba vueltas la cabeza y el salón parecía tambalearse, aunque quizá fuera mi vista. Sentía la sangre palpitar en mis venas. De pronto, me invadió un deseo irresistible de acercarme a él. En el aire flotaba un aroma desconocido, dulce, con un toque floral.

Me pareció oír un tintineo. ¿O era un zumbido? Sonaba como una campanilla de cristal. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué me pasaba? Nunca me había sentido así. Aunque tampoco había conocido a nadie como él.

Antes de darme cuenta, me atrajo hacia sí y yo pegué mis labios a los suyos.

Creo que fui la primera en besarlo. En cuanto nuestras bocas se rozaron, algo sucedió.

Una oleada de energía me recorrió y sentí que todo mi cuerpo ardía.

De pronto me costaba respirar, pero solo quería que no se detuviera.

No sé en qué momento me había acorralado contra una de las columnas del salón.

Cuando abrí los ojos, estaba apoyada en ella, intentando recobrar el aliento.

Alcé la mirada. Sus ojos resplandecían con un intenso fulgor carmesí.

Un gruñido grave le vibró en el pecho y, por un instante, me pareció que resonaba por todo el palacio.

Cerró los ojos como si tratara de recuperar el control. Yo seguía respirando con dificultad, intentando comprender aquel torbellino de sensaciones. Temblaba contra la columna y él permanecía muy cerca. Podía sentir la tensión de sus músculos. Cuando volvió a abrir los ojos, brillaban en dorado.

Me apretó con suavidad contra la columna y contuve el aliento. No sabía qué iba a pasar, pero no pude evitar preguntarme qué otras sensaciones sería capaz de despertar en mí. Acercó el rostro al mío y solté el aire en un suspiro tembloroso.

—¿Dónde está? —oí preguntar al alfa Thomas en algún lugar cercano. No parecía contento—. Puedo olerla. No anda lejos.

Me invadió el pánico y me estremecí. Intenté apartar al desconocido, pero no conseguí moverme. Debió de ver el miedo en mis ojos. Yo no sabía qué hacer. El alfa Thomas no podía encontrarme así. Mi vida se acabaría. Podía desterrarme o hacerme cualquier otra cosa horrible.

—Está con alguien.

La voz del alfa Thomas retumbó por el salón.

El corazón se me detuvo. Sentí que el alma se me salía del cuerpo, y eso que ni siquiera había cumplido veinticinco años. Oí sus pasos cada vez más cerca y toda mi vida desfiló ante mis ojos. Se me olvidó hasta cómo respirar.

Estaba segura de que iba a morir allí mismo.