La luna que él no quería
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Capítul
El salón de baile no se parecía en nada a lo que había imaginado. Era más hermoso de lo que jamás me había atrevido a soñar.
Me había escabullido para echar un vistazo a la fiesta.
No tenía permiso para estar allí, pero aún no había llegado nadie y pensé que podría curiosear un momento antes de que me descubrieran.
Las paredes estaban adornadas con flores de luna resplandecientes.
Todo parecía preparado para que comenzara un cuento de hadas.
Solo que no sería el mío, claro. Yo no tenía tanta suerte.
En aquel mundo, no era más que una niña perdida que no encajaba en ninguna parte.
Las mesas seguían vacías, aunque pronto estarían repletas de comida deliciosa y bebidas que nunca había tenido ocasión de probar.
Como decía, no debía estar allí. Todavía era demasiado joven para asistir a fiestas como aquella y ni siquiera recordaba en honor de quién se celebraba.
Tampoco me importaba. Me bastaba con estar allí y admirarlo todo.
El alfa Thomas, mi protector, había tenido la amabilidad de llevarme al palacio del rey alfa.
Se lo había suplicado. Nunca había visto el palacio y prometí que me portaría bien, aunque siempre lo hacía.
Tampoco tenía muchas opciones. En un mundo de lobos con poderes, yo no tenía loba ni poder alguno.
Una situación poco envidiable, lo sé, pero era la mía.
Ya era una suerte que siguiera con vida.
Si te preguntas quién es el alfa Thomas, es uno de los alfas más temibles del reino.
Por alguna razón, me había tomado cariño y había decidido cuidar de mí.
Nos acogió a mi madre y a mí cuando yo tenía nueve años.
Quince años después, seguía haciéndose cargo de mí, a la espera de que tuviera edad para casarme y sellar una alianza.
Fascinada por la belleza del salón, dejé volar la imaginación.
Me vi entre los demás invitados, con un vestido precioso, bailando y bebiendo toda la noche sin una sola preocupación.
¿No sería maravilloso? Di una vuelta sobre mí misma y seguí girando, perdida en mi pequeña fantasía.
Cuando por fin me detuve, imaginé que un apuesto alfa me tendía la mano.
Tropecé y estuve a punto de caer contra una de las mesas, pero unos brazos fuertes me sujetaron antes de que llegara al suelo.
Noté un tirón y, cuando quise darme cuenta, estaba entre los brazos de un hombre alto y musculoso.
Sonreí y alcé la vista, preparándome para el sermón.
Al alfa Thomas no le gustaba que me alejara por mi cuenta.
Me encontré con unos ojos que me observaban divertidos. No los reconocí. No tenía idea de quién era aquel hombre. Parecía bastante joven, quizá unos años mayor que yo.
Me sonrojé, murmuré algo ininteligible y me aparté de él.
Aquello pareció divertirlo aún más. Me quedé mirándolo un momento, cautivada por su belleza.
Tenía unas facciones hermosas, en las que ni los años ni las inclemencias del tiempo habían dejado huella, y unas manos sorprendentemente suaves.
En sus ojos brillaban la picardía y algo más que no supe interpretar.
Intenté escabullirme antes de que alguien me descubriera y volví a tropezar. Con mucha elegancia, por supuesto.
Él me sujetó al instante, antes de que pudiera caer. Empezaba a pensar que aquello iba a convertirse en costumbre. Esta vez se echó a reír. Su risa llenó el salón y resonó en lo más hondo de mi corazón.
Me sostuvo la mirada durante un rato. O quizá era yo quien no podía dejar de mirarlo.
No encontraba qué decir. Un calor desconocido me recorrió el cuerpo.
No sabía qué era aquella sensación ni quién era él.
Solo sabía que nunca había sentido nada parecido.
Era el primer hombre que me abrazaba así, y su manera de mirarme me dio unas ganas inmensas de alzar la mano y acariciarle el rostro.
Tuve que hacer un esfuerzo para contenerme.
No lo conocía y no debía tomarme aquellas confianzas.
Además, le había prometido al alfa Thomas que me portaría bien.
Sus reglas eran estrictas, y una de ellas era que no coqueteara con ningún hombre.
No le gustaba que llamara demasiado la atención.
Una vez me dijo que me reservaba para alguien especial y que, de algún modo, yo también era especial para él.
No me gustaba desobedecerlo. Podía echarme a la calle o, peor aún, venderme como esclava. Las chicas sin loba solían acabar trabajando como sirvientas. A mí, sin embargo, me habían tratado como a una princesa. Hasta las lobas de la nobleza me miraban con envidia.
—Tengo que irme —murmuré, más para mí que para él.
Sonrió, visiblemente divertido, e inclinó el rostro hasta dejarlo peligrosamente cerca del mío. Aparté la mirada, sonrojada.
—Eres adorable —susurró con una voz que casi parecía un gruñido divertido.
En lugar de soltarme, me atrajo aún más hacia él. Aun así, me sujetaba con suficiente delicadeza para que no me entrara el pánico. Me observó como un depredador a su presa. Y eso era exactamente lo que yo era en aquel mundo: una presa. Odiaba sentirme tan pequeña e insignificante.
Desde niña, mi madre me había enseñado a sobrevivir. Me había preparado para enfrentarme a aquel mundo. Ella no era como yo: tenía loba. Pero una vez me dijo que las mujeres, con loba o sin ella, siempre tenían que luchar por sobrevivir si no habían nacido con poder.
—Por favor, no me hagas daño —supliqué, encogiéndome cuando acercó aún más su rostro al mío.
Genial. Ahora sabe lo débil que soy, pensé. Solo faltaba que me echara a llorar, y poco me faltaba.
Él sonrió y me apartó con delicadeza un mechón de la cara. Aquel día mi pelo estaba especialmente rebelde y parecía tener vida propia. Su gesto fue tan tierno que casi me hizo llorar.
¿Qué me pasaba? Y, sobre todo, ¿quién era él?