La luna que él no quería Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Cuando desperté, estaba en una habitación que conocía bien. Había pasado allí las últimas semanas, durmiendo entre aquellas paredes. No era mi cuarto, sino el dormitorio del alfa Thomas. ¿Cómo había acabado allí otra vez?

Una manta suave y cálida me cubría. La luz que entraba por la ventana me acariciaba el rostro. Debía de haber dormido toda la noche. Si yo estaba en su dormitorio, ¿dónde había dormido su luna?

Antes de encontrar una respuesta, vi al alfa Thomas sentado junto a la cama. Al mirarlo a los ojos, vi tristeza. Otra vez aquella expresión. Ya podía ir enterrándome.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con suavidad.

—¿Qué hago aquí? —respondí, ignorando su pregunta.

No contestó, pero tampoco esperé a que lo hiciera. Intenté levantarme y marcharme. La habitación volvió a dar vueltas. Sentí náuseas y, antes de que cayera al suelo, el alfa Thomas me sostuvo entre sus brazos. Me acarició la espalda con movimientos suaves que, de algún modo, aliviaron el mareo.

—¿Qué me pasa? —pregunté, alzando la vista hacia él.

Sonrió y se le iluminaron los ojos. Parecía feliz, más feliz de lo que nunca lo había visto. ¿Me estaba muriendo? ¿Se estaba muriendo él? Ya no entendía nada.

—Nada malo, mi dulce niña —dijo antes de besarme con suavidad—. Estás embarazada.

Apoyó una mano en mi vientre. Sus ojos volvieron a brillar y vi en ellos lágrimas de alegría.

Un momento. ¿Qué?

No. No podía ser verdad. No podía estar embarazada. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Sentí que estaba atrapada en una pesadilla y necesitaba despertar. Tenía que encontrar una salida antes de que ocurriera algo terrible.

En aquel instante sentí que ya le había fallado a mi hijo. No podía traerlo a ese mundo. Imaginé todos los horrores que tendría que soportar mientras yo permanecía a su lado sin poder hacer nada. No tenía poder. Ni siquiera podía elegir.

Negué con la cabeza e intenté apartarme del alfa Thomas. Lloraba sin control, sin dejar de sacudir la cabeza.

—No. No puede ser —dije entre sollozos.

Él me atrajo hacia sí y me acarició el pelo mientras yo lloraba. Parecía feliz. Demasiado feliz para un hombre que se había casado con otra mujer la noche anterior.

Este es tu padre, pensé, dirigiéndome al bebé. Un alfa que vive engañado.

—Todo irá bien. No tienes que preocuparte —me susurró—. Necesito que intentes calmarte. El estrés no es bueno para el bebé.

Parecía preocupado. Yo quería gritarle. Quería decirle cómo me sentía al llevar a su hijo dentro y qué sentía por él. Pero no dije nada. Ninguna palabra parecía suficiente.

—No puedo tener a este bebé —dije, negando con la cabeza.

Me miró horrorizado y confundido.

—¿Qué quieres decir?

¿Qué quería decir? Veamos. Acababa de casarse con otra mujer, la había llevado al palacio y ni siquiera me había dado tiempo para prepararme. Me había deshonrado de todas las formas posibles y ahora me decía que el estrés no era bueno para el bebé.

Mi querido alfa, tú eres el estrés.

No me digné a responder. Sabía perfectamente a qué me refería y también sabía lo que había hecho.

Ahora estaba arrodillado junto a la cama. Había algo casi entrañable en la forma en que me miraba. Entonces advertí que aún llevaba las ropas ceremoniales. Ni siquiera había tenido tiempo de cambiarse.

—Deberías ir con tu luna. Te prometo que sobreviviré sin ti —dije, intentando no sonar cruel, aunque tenía ganas de darle un puñetazo.

—Tú y el bebé sois mi prioridad. Ella lo entenderá dadas las circunstancias —respondió con dulzura.

Casi resoplé. Evidentemente, no vivíamos en el mismo mundo. ¿No había visto cómo era aquella mujer? Me había despreciado desde el primer momento. Ahora tendría aún más motivos para odiarme, porque había arruinado la ceremonia en la que la nombraban luna.

—Ya puedes enterrarnos a los dos, porque este niño nunca llegará a ver la luz del día —dije. El dolor me cerraba la garganta.

Una expresión de horror le cruzó el rostro.

—En cuanto tenga la oportunidad, me matará. No digas que no te lo advertí. Estás tan cegado que crees que no se atreverá a hacerme daño porque te teme. Subestimas hasta dónde puede llegar el odio de una loba —añadí con la voz quebrada.

El alfa Thomas confiaba tanto en su propio poder que era incapaz de verlo. Yo, en cambio, lo sabía. Sentía en el corazón que aquella mujer sería capaz de matarnos a mi hijo y a mí. Solo esperaba poder huir antes de que él encontrara una razón para encerrarme de nuevo.

—Te prometo que te protegeré cueste lo que cueste. Cuidaré de ti y de nuestro bebé —dijo mientras me acariciaba el vientre.

Aparté su mano y me levanté para ir al baño. No intentó detenerme. Antes de entrar, me volví hacia él.

—Tus promesas ya no significan nada para mí —dije con voz firme—. Prometiste que no volverías a hacerme daño. Luego te casaste con otra mujer y ni siquiera me avisaste antes de traerla aquí. Deberías haberme dado tiempo para escapar.

Sus ojos brillaron con una luz roja. Mis palabras le habían dolido. Entré en el baño y cerré la puerta con llave.

Apoyé la frente en el mármol frío y lloré.

Escapar ya no era una opción: el alfa Thomas me vigilaría día y noche hasta que naciera el bebé.

Quedaría atrapada en aquel palacio para siempre, hasta que su luna por fin se deshiciera de mí.

Después del parto tampoco podría marcharme.

Sabía que no sería capaz de abandonar a mi hijo.

Soportaría cualquier sufrimiento con tal de permanecer a su lado.

Mi madre se equivocó en muchas cosas, pero nunca me abandonó.

Podría haberme vendido y haber escapado de aquella vida.

En lugar de eso, se quedó conmigo y me crio lo mejor que pudo.

Antes de morir, me encontró un lugar donde vivir.

Me llevó ante el alfa Thomas y se quedó el tiempo suficiente para asegurarse de que estaría a salvo.

A veces deseaba haber muerto con ella. Todo habría sido más fácil y me habría ahorrado tanto dolor. Por más que buscara un motivo para tener esperanza, no conseguía encontrarlo. Sentí que me faltaba el aire. Intenté respirar, pero no podía. El dolor me quemaba los pulmones.

La puerta se abrió de golpe. El alfa Thomas me rodeó con los brazos, como si quisiera protegerme.

—Respira. Por favor, respira —susurró mientras me sostenía.

No podía. Estaba cansada de luchar, de llorar, de sentir dolor. Al final logré tomar una bocanada de aire temblorosa y soltarla despacio. El alfa Thomas me llevó de vuelta a la cama y me quedé dormida entre sus brazos.