La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 14 #5
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Capítulo 14 #5

Cruzó los impetuosos torrentes que se vertían hacia la playa sin preocuparse de que le salpicaran el vestido de manchas rojizas.

Dos callejuelas, luego un sendero estrecho entre dos parcelas valladas, y apareció sobre la escarpa, desde donde veía la playa y la bahía.

Las nubes negras de tormenta habían formado una enorme masa de mal agüero y chocaban unas con otras como dragones en liza.

El agua de la bahía había adoptado un tono gris y la lluvia la agitaba; por el mar revuelto aún flotaban algunos barcos que parecían de juguete, incluso el vapor inglés del embarcadero parecía pequeño e indefenso rodeado de aquella escena infernal.

El viento y la lluvia le golpeaban la cara, y tuvo que protegerse los ojos con la mano.

Cayó un rayo, se reflejó en las olas, justo después se oyó el trueno, y el paisaje volvió a quedar oculto bajo un diluvio impenetrable.

Sin embargo, esos pocos segundos habían bastado para iluminar la playa.

No se había equivocado: George corría junto al mar en dirección al puerto, inclinado hacia delante para contrarrestar el fuerte viento.

El camino escarpado que bajaba hacia la playa era ahora una cascada, pero de todos modos intentó bajar por él.

Enseguida perdió pie y se deslizó de espaldas por la pendiente hasta la arena.

—¡George! ¡No te escapes de mí! ¡Maldito cobarde! —gritó contra el rugido del mar y los truenos, pero naturalmente él no la oyó.

Se abrió paso por la arena con todas sus fuerzas hasta la orilla; allí el suelo era firme y avanzó más rápido. Ya se había quitado los zapatos y los había tirado, pisaba piedras y madera arrastrada por las olas, y las conchas rotas le hacían cortes en los pies.

—¡George!

Por fin se dio la vuelta y se detuvo sorprendido. Un rayo iluminó su figura alta y delgada con las ropas mojadas y pegadas al cuerpo y las gafas oscuras en la mano.

—¿Qué más quieres? —preguntó en tono hostil cuando ella se acercó e hizo un débil intento de quitarle el pañuelo de la cara.

—La verdad, George Johanssen.

—Aquí la tienes —dijo burlón, dejó caer el pañuelo y luego se quitó el casco.

Tenía la frente cubierta de cicatrices hasta el nacimiento del pelo, también la nariz y las mejillas, el cuello y el dorso de las manos. La enfermedad le había dañado el ojo izquierdo y por eso llevaba las gafas tintadas.

—¿Te gusto? —preguntó con ironía, pero sin rastro del tono hilarante y mordaz del que siempre hacía gala.

Ella le abrió los botones de la camisa mojada y le acarició el pecho desnudo, que había quedado a salvo de las cicatrices. Sus manos se metieron bajo la ropa para llegar a sus hombros y luego acariciaron suavemente las marcas de su nuca.

—Para, Charlotte.

—Te amo.

—Son imaginaciones tuyas. Hace tiempo que quieres a otro. No me lo pongas tan difícil y déjame ir con dignidad.

—Te seguiría aunque huyeras de mí hasta el fin del mundo, George.

—Te estás engañando a ti misma.

—No, eres tú el que se equivoca.

Notó que las resistencias cedían y atrajo la cabeza de él hacia la suya.

Cuando le buscó los labios, sintió que él iba a su encuentro.

Se besaron, y las respiraciones aceleradas y los latidos rápidos y sordos de sus dos corazones fueron más fuertes que el fragor de las olas que golpeaban la playa con furia.

—Piénsalo, Charlotte —murmuró—. ¿De verdad quieres vivir con un hombre desfigurado?

Pero su pregunta ya no significaba nada, porque la había abrazado con fuerza y su pasión desmentía esas palabras.

—Es contigo con quien quiero vivir, George Johanssen. Contigo y con nadie más. Y si ya no me amas, entonces quiero…

—Calla —dijo él con delicadeza, y le cerró la boca con sus labios.

—Debe de tener usted un ángel de la guarda, doctor Johanssen.

La hermosa y pelirroja señora Summerhill sonrió a George con gran admiración y luego le hizo un gesto elocuente a su esposo, que se había acomodado en una de las butacas con un vaso de whisky.

El señor Summerhill asintió en señal de apoyo.

Cabalgar a lomos de una mula desde las montañas de Uluguru hasta Iringa con la viruela en el cuerpo habría sido difícil hasta para el más curtido, aunque lo hubieran cuidado durante varios días en una aldea nativa y lo hubieran provisto de alimentos y agua.

—En fin, así es como nos ganamos los galones, querido doctor Johanssen. La mía es de Sudáfrica, de la guerra de los bóeres, y la conservaré mientras viva.

Se frotó la frente, en la que se veía una profunda cicatriz roja. El padre de la amiga de Elisabeth había sido oficial del ejército británico y había luchado en la guerra de los bóeres. Ahora que el pelo le raleaba, el recuerdo que se había llevado de la contienda era aún más evidente.

George sonrió y levantó el vaso para brindar con el señor Summerhill. Seguía llevando un pañuelo de seda al cuello, pero ya no se ponían las gafas tintadas.

—Brindemos por nosotros, los veteranos —bromeó, y luego apartó un poco el largo mantel, miró debajo de la mesa y sonrió con picardía—. Y por ti, muchacho. No sé cómo lo has hecho, pero me quito el sombrero.