La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 14 #6
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Capítulo 14 #6

Simba lo miró adormecido y golpeó el suelo con la cola.

El joven funcionario Horst Knappert lo había traído a Dar es-Salam hacía unas semanas.

El perro había aparecido en Morogoro cojeando, cubierto de cicatrices y heridas supurantes; era un milagro que las lesiones no lo hubieran matado.

Había merodeado por las calles y había intentado comerse las gallinas del comerciante Josef Gebauer, que estuvo a punto de darle con la escopeta.

Knappert, que se encontraba en su tienda por casualidad, recordó que ese animal con aspecto de león pertenecía a la señora Johanssen y, como de todos modos tenía que viajar a Dar es-Salam por un asunto oficial, atrajo al perro hasta su casa, le curó las heridas como pudo y se lo llevó con él a la costa.

Simba se había subido gustoso al ferrocarril, pero, en cuanto llegaron a la estación de Dar es-Salam, se soltó del perplejo funcionario y salió corriendo.

Debido a que el animal cojeaba de una pata trasera, el funcionario pudo seguirlo y llegaron casi al mismo tiempo a la villa de los Johanssen.

Lo que sucedió entonces en el jardín de la casa fue tan emocionante que a Horst Knappert casi se le saltaron las lágrimas: el perro piojoso y cubierto de cicatrices fue acogido en el seno de la familia como un viejo amigo al que se creía muerto.

Charlotte se levantó en silencio para echar un vistazo a la terraza, porque parecía acercarse otro aguacero.

Elisabeth había tenido mucha suerte hasta el momento con su fiesta de cumpleaños: solo había llovido un poco por la mañana, y por la tarde George había organizado toda clase de juegos en el jardín para ella y sus amigas.

Ahora las niñas estaban sentadas en la terraza a la luz de los farolillos de papel y comían a dos carrillos.

El regalo de George para Elisabeth también había causado sensación: una bicicleta con neumáticos y una lámpara de carburo para que también pudiera montar al anochecer.

—Creo que ha llegado la hora —les dijo Charlotte a las niñas con una sonrisa—. Ya oigo ahí fuera el automóvil de los Summerhill.

Los ingleses disponían de chófer, del mismo modo que antes contaban con un cochero. Charlotte envió a Jim al portón para que lo dejara pasar y luego regresó al salón.

—A las niñas les resultará dificilísimo separarse, pero así son las cosas —le estaba diciendo la señora Summerhill a George en ese momento, y Charlotte comprendió que le estaba hablando de su intención de enviar próximamente a su hija Florence a un internado en el sur de Inglaterra.

Al ver a Charlotte, se volvió hacia ella y prosiguió—: A no ser, querida, que decidan enviar a su hijita a ese colegio también.

Yo podría recomendarlos, señora Johanssen, conozco bien a la directora…

Charlotte intercambió una elocuente mirada con George, ya que el tema no se había decidido aún.

La noche anterior, cuando George le había deseado buenas noches, Elisabeth le había expresado un deseo completamente nuevo: ya no tenía ninguna intención de ser médica, sino que quería tener una plantación.

Así su madre podría quedarse en la villa con George y no tendría que volver nunca más a Neu-Kronau a vigilar las flores de los cafetos. Ella se encargaría de hacerlo.

—Ya lo veremos, señora Summerhill. Pero creo que a Elisabeth le costará separarse de África. Nació aquí, este es su hogar.

Hubo las protestas habituales cuando los Summerhill anunciaron que tenían que irse, porque habían prometido llevar a las otras tres amigas a casa con sus padres.

Las niñas se quejaron de que era demasiado temprano, y la pobre Florence, que ya sabía que pronto tendrían que separarse, abrazó a Elisabeth entre lágrimas.

—No te vas a Inglaterra hasta dentro de unos meses. —Charlotte oyó que su hija la consolaba—. Todavía nos queda mucho tiempo.

Más tarde, cuando Jim y Mimi recogían los últimos platos y farolillos de la terraza y George le daba las buenas noches a Elisabeth en su habitación, Charlotte fue al despacho.

El día anterior había empezado a escribirle una carta a Jeremy, pero la había dejado a medias porque no daba con las palabras adecuadas.

Ahora que volvía a llover a cántaros y los truenos retumbaban en el cielo, logró terminar la carta.

Jeremy era joven y mucho más fuerte de lo que él mismo creía.

Encontraría su camino, aunque ella no pudiera ofrecerle nada más que su amistad.

Estaba tan enfrascada en su labor que no oyó entrar a George. Hasta que no apoyó las manos en sus hombros, no se dio cuenta de que miraba por encima de ella; entonces se recostó y le dejó ver la hoja.

—¿No se llevará una decepción?

—Lo superará, amor mío.

Le rozó las mejillas, le acarició las sienes y dibujó con el dedo el arco de sus densas cejas negras.

—¿Y tú? —lo pinchó—. Seguro que también tienes cartas que escribir, ¿no?

—No, Charlotte.

—¿Ni una sola?

—Ninguna.

Por su tono supo que podía creerlo. No había otras.

Era todo suyo, era todo lo que un hombre podía ser para una mujer.

Esposo y amante. La sombra a su lado y la luz en su camino.

Y la tomaba en serio, veía en ella a una compañera, a una igual.

Justo en ese momento lo oyó decir algo que la conmovió profundamente.

—Cuando hayas terminado la carta, cariño mío —le susurró con delicadeza—, tengo varios manuscritos preparados. Ya sabes lo importante que es para mí que los revises antes de enviarlos a la editorial, porque nadie conoce esta tierra como tú.