Capítulo 14 #4
Se rindió resignada, compró un par de piñas y emprendió el camino a casa.
El sol descendía y proyectaba franjas centelleantes sobre las aguas turquesas de la bahía, y hacía que las velas de los pequeños dhows brillaran en tonos plateados.
Un transatlántico británico había entrado por el estrecho acceso a la ensenada y enfilaba el embarcadero.
El viento dispersaba la nube de humo gris que se elevaba de la chimenea y arrastraba la profunda sirena del barco hacia el interior de la ciudad.
Pasó la tarde con Elisabeth, escribió cartas, admiró los dibujos de su hija y la animó a escribir unas líneas a los hijos de Ettje.
—Vendrá mañana, mamá —dijo la niña cuando Charlotte le deseó las buenas noches en su cuarto—. O puede que en mi cumpleaños.
—Sí, puede ser.
Se había propuesto tocar un poco el piano, pero sus dedos no la obedecían. ¿Por qué la torturaba así? ¿Cómo podía hacerle eso a Elisabeth? ¡Con las ganas que tenía la niña de verlo!
George no se presentó esa noche. Tumbada en la cama sin poder dormir, Charlotte escuchaba el ulular del viento que recorría los muros de la villa como un espíritu intranquilo.
A veces le parecía oír truenos en la lejanía, luego en cambio tenía la impresión de que las olas golpeaban la arena tan fuerte que el ruido llegaba hasta su dormitorio.
Ya de madrugada, cuando el viento amainó y el agotamiento era excesivo, cayó en un sueño ligero.
No habría sabido decir por qué se despertó de pronto, quizá había sido algún ruidito, una puerta que crujía o una silla arrastrada por el suelo. Cuando abrió los ojos, el cuarto estaba en penumbra, las primeras luces del día atravesaban las cortinas y anunciaban que estaba a punto de amanecer.
Supo que él estaba allí. Se envolvió en un chal sobre el camisón, bajó descalza al salón y se dirigió al despacho.
Distinguió su silueta oscura contra la estera trenzada que tapaba la ventana.
Se había sentado a su escritorio y para eso había tenido que mover la silla, Charlotte no se había equivocado.
—No enciendas la luz.
Le habría gustado echarse a sus brazos, pero algo en su voz se lo impidió. Permaneció temblando junto a la puerta y lo miró fijamente. No se había quitado el sombrero, así que no le veía la cara.
—George… —susurró—. Amor mío. Qué preocupada estaba por ti.
—Sí, he oído que me buscasteis por las montañas de Uluguru. Qué imprudencia por tu parte, Charlotte, tienes una hija que depende de ti.
Habló en tono de reproche y en absoluto agradecido, como cabía esperar. Enferma de miedo y anhelo, se había expuesto a grandes peligros para encontrarlo, ¡y ahora él se lo recriminaba!
—Si hubiera sospechado siquiera que solo querías esconderte de mí, seguro que no habría salido en tu busca —replicó dolida.
Él levantó un poco la cabeza y Charlotte vio que llevaba gafas oscuras. Antes ya lo hacía de vez en cuando, porque sus ojos eran muy sensibles a la luz del sol, pero nunca en espacios cerrados.
—No nos peleemos, Charlotte —le pidió—. Sería una pena separarnos así.
Tuvo la sensación de que la apuñalaba con un cuchillo, el dolor no podía haber sido mayor.
Tiritando, se ciñó el chal a los hombros y pegó la espalda al marco de la puerta.
Así que era verdad. Quería dejarla porque se había enamorado de otra mujer.
¿Cómo había podido confiar en él? Al fin y al cabo no era la primera vez que lo hacía.
Ella sabía que George engañaba a Marie. Recordó a la hermosa Kreolin, que vivía en su casa de Zanzíbar, y casi la había seducido a ella también cuando lo había visitado en la isla.
—Adelante —dijo con amargura—. Habla conmigo como un adulto. Haz balance, tengo mucha curiosidad por el resultado.
Sonó mucho menos enérgica de lo que pretendía, su tono fue más bien ahogado. Por muy furiosa que estuviera, no logró ocultar la desesperación que se abría paso en su interior. Amaba a otra, ¿cómo podía causarle semejante dolor?
Lo oyó respirar hondo, fue casi como un suspiro. Aquello parecía resultarle difícil, y ella no pensaba ponérselo fácil.
—Los años a tu lado han sido los más felices de mi vida, Charlotte. Ese es mi balance, tú sabrás cuál es el tuyo. Pero como sabes, la felicidad es una criatura voluble que nunca permanece mucho tiempo en un único lugar.
—¿No dijiste tú una vez que había que asirla cuando se ofreciera? —señaló con sorna—. Pero, de acuerdo, no discutamos. Si crees que ahora tu felicidad está en otra parte, no quiero interponerme en tu camino.
Cada vez había más luz tras la estera trenzada, que ahora adoptaba un suave tono rojizo.
La silueta de George era más nítida, distinguió su traje color crema, el pañuelo verde que se había atado al cuello, el casco colonial marrón claro y la barba rubia, más larga y tupida que de costumbre.
Sus manos finas, medio ocultas por los puños desdoblados de la camisa.
Las lentes redondas y oscuras de sus gafas.
¿Se habría vestido de forma tan extraña para que no lo reconocieran en Dar es-Salam?
—Estoy pensando más bien en tu felicidad, Charlotte…
Ella soltó una risa histérica y enseguida se llevó la mano a la boca, preocupada por no despertar a Elisabeth.
—¡Deja que yo me ocupe de mi felicidad! Ya que tú has velado tan bien por ti mismo, creo que yo también podré hacerme cargo de mi destino.
George guardó silencio, y Charlotte se dio cuenta de que jugueteaba con los pedacitos de papel que habían quedado en el escritorio. Ya no le importaba que tuviera celos de Jeremy, él no era el único al que esperaban en otro lado hasta que «hiciera balance».
—Si quieres el divorcio, Charlotte, asumiré toda la culpa y te pagaré además una suma de dinero que te garantice una vida sin preocupaciones.
¿De verdad quería el divorcio? No conocía la respuesta a esa pregunta, pero sí sabía lo que no quería.
—No necesito tu dinero, George —le comunicó casi con obstinación—. Y te devolveré todo lo que tomé prestado para comprar y mantener la plantación.
—Es solo una oferta —contestó él en voz baja—.
Sé lo importante que es para ti la plantación.
Es una lástima que yo no sea capaz de florecer en ella como tus plantas, pero resulta que soy una criatura inquieta y errante.
Sin embargo, al final has encontrado a una persona que comparte tu pasión por la tierra: Jeremy Brooks es joven, rebosa energía y está loco por ti. Y yo me alegro mucho.
—¡Qué generoso por tu parte! —replicó mordaz mientras la tristeza le llenaba los ojos de lágrimas—. ¿Debería alegrarme yo también de que tú compartas tus pasiones con otra? Dime, George, ¿la causa de todo esto no será por casualidad una enfermera llamada Shira?
—No metas a Shira en esto —respondió tranquilo—, no tiene nada que ver. Es solo culpa mía, Charlotte. Siempre he sabido que no estaba hecho para el matrimonio, y mucho menos para un matrimonio que pudiera hacerte feliz a ti.
—Entonces ¿por qué te casaste conmigo?
—Porque te amo. Y ahora déjame ir. Me voy a Mombasa y no quiero perder el vapor. En el salón hay un paquete para Elisabeth, y puede escribirme siempre que quiera, ya sabes el gran cariño que le tengo a tu hija…
Se oyó un sonoro trueno, como si el cielo hubiera estallado en miles de pedacitos sobre sus cabezas. Cayó un rayo, y luego otro, que iluminó el despacho durante unos segundos.
Con un rápido movimiento, George se llevó la mano al pañuelo y se tapó la cara. Pero ya era demasiado tarde. Charlotte había visto las cicatrices en las manos, en la frente y en el cuello. Las erupciones de la viruela habían dejado un rastro más que evidente.
—¿Qué te pasa en los ojos?
Charlotte alargó la mano hacia la manga de la chaqueta, pero él se zafó y salió corriendo.
En el pasillo se topó con Mimi, que se dirigía a la habitación de Elisabeth por la tormenta, y Charlotte oyó que la criada gritaba horrorizada.
Luego se cerró la puerta de la casa, y casi en ese mismo momento restalló un trueno tan fuerte que Charlotte pensó que le habían reventado los tímpanos.
La viruela lo había desfigurado. Seguramente la enfermedad le había dejado otras secuelas. De pronto comprendió su extraño comportamiento. ¡Qué tonta había sido, por Dios!
—¡George!
Se precipitó tras él y casi derribó a Mimi, petrificada del susto. Cuando abrió la puerta de la casa justo lo vio salir por el portón. El muy cobarde huía de ella como una liebre porque tenía miedo de que lo compadeciera.
El vapor, pensó sin aliento. Había llegado la tarde anterior, así que no levaría anclas antes de las diez, ¿no? No era un vapor correo imperial alemán que siguiera un horario fijo, sino un barco inglés, así que no estaba claro cuánto tiempo tenía.
Se puso una falda y una chaqueta sobre el camisón, también un par de zapatos, y se cubrió el pelo suelto con un pañuelo de seda. Entretanto había aparecido Jim, que ayudó a Mimi a levantarse, y Charlotte los oyó cuchichear en el pasillo.
Charlotte ordenó a Mimi que subiera al cuarto de Elisabeth por si la niña tenía miedo de la tormenta.
— Bibi Johanssen tiene que llevar paraguas. Mucha lluvia —le dijo su fiel criado, pero ella rehusó.
—Gracias, Jim, pero no necesito paraguas.
Las primeras gotas gruesas ya habían dejado manchas oscuras sobre el camino del jardín.
Cuando salió por el portón a la calle, el nublado cielo negro abrió sus compuertas.
Vio que las palmeras se combaban bajo el aguacero, que una marea rojiza descendía por los senderos secos y arrastraba todo lo que encontrara a su paso: latas vacías, botellas, un sombrero de paja arrancado por el viento.
Quedó completamente empapada en un abrir y cerrar de ojos, pero no le importó.
¿Atravesaría George la ciudad para llegar al embarcadero?
¿O preferiría ir por la costa para que lo vieran lo menos posible?