La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Perdona que no te haya dicho nada hasta ahora.

He pasado un tiempo en la naturaleza, nada desacostumbrado para un aventurero como yo.

Han cambiado muchas cosas y creo que ha llegado el momento de hacer balance.

Con tranquilidad y la mente despejada, porque al fin y al cabo somos adultos y nos guardamos respeto.

Regresaré dentro de unos días y hablaremos.

G EORGE

Las palabras se le desdibujaron ante los ojos, tuvo que respirar hondo porque sintió que se desmayaba de pura alegría. Intentó volver a leer el texto, pero le temblaba tanto la mano que no distinguía ni una sola letra.

— Bibi Johanssen venir al salón. Comida está lista.

Le pareció que la voz del criado negro llegaba desde otro planeta. Miró fijamente a Jim, como si fuera una aparición, y hasta que no se fijó en su rostro asustado, no logró recomponerse. George había estado aquí, eso seguro. Pero ¿cuándo? ¿Y por qué nadie le había dicho nada?

—¿Ha venido alguien a la villa durante mi ausencia, Jim?

El criado se echó un poco hacia atrás el casquete blanco que llevaba, un gesto que denotaba remordimiento.

—Sí, bibi Johanssen. Un mensajero ha traído paquete de la clínica para señora Charlotte Johanssen. Mimi ha cogido y ha traído a este cuarto…

—No me refiero a eso, Jim. ¿Ha venido alguien más? ¿Alguien a quien conozcas?

El chico se rascó la nuca y se encogió de hombros. No, él no había visto a nadie más.

—¿Y dónde has estado por la mañana?

Tal como sospechaba, en cuanto bibi Johanssen y bwana Brooks se habían marchado, los empleados se habían ido a sus casas a «descansar» un poco. Cualquiera con una llave del portón había podido entrar en la casa sin ser visto y darse una vuelta.

—No pasa nada, Jim. Que Mimi vaya a buscar a Elisabeth. Yo voy enseguida.

Le dedicó una sonrisa tranquilizadora, a pesar de que tenía el corazón acelerado y las manos heladas y húmedas. Cuando el criado salió de la estancia, apoyó los codos en la mesa y se tapó la cara con las manos.

¡Estaba vivo! ¡No lo habían matado los nativos ni había sucumbido a las fiebres! Había sobrevivido a lo que fuera que le había pasado.

Lloró de alivio, luego se secó las lágrimas con la manga y cogió la nota de nuevo.

Había «pasado un tiempo en la naturaleza», ¿qué quería decir con eso? ¿Acaso los nativos no lo habían capturado? ¿O le habían dado una mula y un arma y lo habían dejado a su suerte en la naturaleza? ¿No había estado enfermo en ningún momento? Buscó un pañuelo, se sonó y volvió a leer la nota.

Era indudable que las había escrito George, y sin embargo no podía creer que fuera él quien le dirigía esas palabras frías y desapasionadas.

¿Qué había sucedido? ¿Por qué había cambiado tanto? ¿Por qué entraba a hurtadillas en la villa para dejarle un mensaje y volver a irse?

Intentó leer entre líneas, pero no entendía nada. ¿A qué se refería cuando decía que era hora de hacer balance? Pues claro que eran dos adultos que se tenían respeto, ¿por qué lo cuestionaba?

Un miedo indefinido desplazó la felicidad que sentía hasta ese momento.

¿Acaso ya no la amaba? No pudo evitar recordar cómo se habían despedido en Neu-Kronau: con frialdad, sin cariño, en medio de una pelea estúpida e irrelevante.

¿Se habría apagado ya entonces su amor sin que ella se hubiese dado cuenta?

—¡Mamá! ¡Ven de una vez!

Se metió el papelito en la manga precipitadamente, salió del despacho y se dirigió al salón, donde habían puesto la mesa para ella y para Elisabeth. La niña ya estaba sentada impaciente ante su plato, con las manos juntas para la oración, tal como había aprendido en Hohenfriedeberg.

—¿Estabas llorando, mamá?

—Un poco, sí —reconoció Charlotte—. Pero ya se me ha pasado.

—No llores, mamá. ¡George volverá hoy!

—Puede ser…

—¡Seguro! Ahora bendice la mesa.

—Señor, bendice estos alimentos…

No pensaba decirle nada de la extraña notita a su hija. Pasara lo que pasase entre ellos, Elisabeth debía sufrirlo lo menos posible.

—Si George viene hoy, tendrás que guardar esas fotografías, mamá. Creo que se pondría celoso si las viera…

—Pero, Lisa, George no tiene motivos para estar celoso de Jeremy.

Cogió rápidamente la limonada y dio un gran sorbo para deshacer el nudo que tenía en la garganta.

¡Por el amor de Dios! ¡La niña tenía razón!

¡Había sido George quien había descubierto las imágenes en el escritorio y las había roto!

¿De verdad estaría celoso, como afirmaba Elisabeth?

¡Con lo bien que se habían entendido en Neu-Kronau!

Pero George Johanssen no era de los que expresarían abiertamente sus celos, y mucho menos si los causaba alguien tan joven. Era demasiado orgulloso.

—¡Mamá, no estás comiendo nada! A mí siempre me obligas aunque no tenga hambre.

Charlotte estaba demasiado confusa como para reñir a la niña. George había roto esas fotos y las había tirado a la pape­lera. Por celos. Pero, si estaba celoso, era porque todavía la amaba…

—¿Por qué no dices nada, mamá?

—¿Le…, le escribirías una carta a la tía Ettje, Lisa?

—¡Uf, a la tía Ettje! Prefiero escribir a la tía Klara y al tío Peter. Y a Schammi.

—Pero la tía Ettje espera una carta nuestra desde hace mucho tiempo, Lisa. ¿Quieres dibujarle algo?

—Está bien —accedió la niña con un suspiro—. Le haré un dibujo y escribiré algo debajo, ¿vale?

—Maravilloso.

—¿Puedo levantarme y empezar ya?

—Por supuesto.

Elisabeth se levantó de un salto y corrió escaleras arriba en busca del cuaderno y las pinturas.

Aliviada, Charlotte la siguió con la vista, luego ordenó a Jim que recogiera la mesa, y se retiró al despacho a reflexionar. Cogió de nuevo la nota, caviló sobre ella, negó con la cabeza, se hizo mil preguntas y no halló ninguna respuesta.

Por la ventana vio a Elisabeth acomodarse en una silla del jardín.

Recogió las rodillas para apoyar en ellas el cuaderno de dibujo.

Parecía estar contemplando uno de los pequeños naranjos.

«Qué lástima que no estén en flor —pensó Charlotte—, pero pronto llegará la estación de lluvias».

En la costa, los primeros aguaceros podían empezar a caer dentro de unos días.

Pensó un instante en sus cafetos; Klara la había informado de que estaban cubiertos de frutos verdes y amarillos, y de repente se le pasó por la cabeza una idea mortificante.

¿Y si la razón del extraño comportamiento de George era algo completamente distinto?

Nunca le había costado impresionar a las mujeres.

Incluso estando enfermo sabía mostrarse de lo más encantador y cautivar al género femenino.

Shira, la atenta enfermera de la clínica Sewa Hadji, era la mejor prueba de ello.

La idea fue como un puñal que se le clavó en el corazón.

Todo encajaba: hacer balance, hablar como adultos.

Había otra mujer. ¿Cómo había podido ser tan ingenua?

Mientras ella intentaba salvar su plantación de la ruina, él había buscado consuelo en otra mujer en Dar es-Salam.

Quizá incluso la conociera desde mucho antes.

Al fin y al cabo, había mujeres esperándolo por todo el mundo, ya fuera en Egipto, Inglaterra o Zanzíbar.

Charlotte estaba prácticamente segura de que se trataba de Shira, la india.

La enfermera menuda que con tanta entrega lo había cuidado, a quien él había permitido que le lavara el cuerpo con agua tibia.

Se tapó la cara con manos temblorosas. Era un disparate. George la amaba, de eso estaba segura. Sin duda, su comportamiento tendría alguna explicación.

Quería ir a verla dentro de unos días. ¿Y dónde estaba ahora?

¿En un hotel de Dar es-Salam? ¿En la clínica Sewa Hadji?

¿En casa de algún conocido? Se levantó de un salto y se paseó inquieta por el despacho.

O sea que George creía en serio que se quedaría allí sentada y esperaría a que él decidiera regresar a la villa. Eso era que no la conocía en absoluto.

Salió decidida al patio e hizo creer a Elisabeth que salía a hacer unas compras, y luego recorrió la ciudad con Jim y otro de sus empleados.

Esta vez no se le escaparía, aunque tuviera que correr tras él y sujetarlo del brazo.

Se encargaría de que contestara a sus preguntas.

En el barrio alemán vio a criados negros que rociaban agua sobre los caminos secos, y los jardines de los hoteles y los comercios también se estaban regando con esmero.

Aun a riesgo de ponerse en ridículo, envió a Jim al hotel Afrika y a varias pensiones a preguntar por el doctor George Johanssen.

No tuvo éxito. En la nueva oficina de correos solo recibió miradas de compasión: no, hacía mucho tiempo que no veían al doctor Johanssen.

Era absurdo buscar a un único hombre entre el gentío de las callejuelas y los mercados, pero lo hizo de todas formas, con la esperanza de distinguirlo de algún modo.

La ciudad nunca le había parecido tan ruidosa y polvorienta, nunca había corrido por las calles tan nerviosa, estremeciéndose cada vez que oía hablar en alemán.

¡George no podía haberse desvanecido en el aire!

— Bibi Johanssen no comprar nada. ¿Por qué tenemos que llevar cestos? —se quejó Jim.

—Después compraremos algo de fruta.

Se encaminó decidida a la clínica Sewa Hadji y pidió hablar con el doctor Kalil.

—Doctor Kalil hace operación. No tiempo, lo siento.

La recepcionista negra tenía una sonrisa cautivadora con la que obsequiaba a todo el que pasaba por su ventanilla al entrar en la clínica.

—Entonces me gustaría hablar con el doctor Johanssen.

—Doctor Johanssen trabaja no aquí.

La sonrisa de la mujer permaneció imperturbable, pero en sus ojos se veía compasión. Si George se escondía en esa clínica, su antiguo compañero le había pedido que no lo delatara.