La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

¿Qué le había dicho al despedirse? Que la esperaría mientras existiera para él una brizna de esperanza.

¿Qué esperaba exactamente? Era diez años más joven que ella, tenía un aspecto magnífico y podría haberse ido con cualquier otra; ¿por qué desperdiciaba su amor con ella, una mujer casada que amaba a su marido con toda el alma?

Jamás traicionaría a George, pero sintió que en su interior nacía cierta ternura hacia ese muchacho de cabello cobrizo y muy mala suerte.

Aceleró el paso y acabó echando a correr contra el viento sin importarle que el vestido se le enganchara en los cardos y le entrara arena en los zapatos.

Los pies la llevaban cada vez más lejos y más rápido por el terreno blando, hasta que solo oía los latidos de su corazón y sus jadeos.

Cuando tomó la calle que conducía a la villa, recuperó el paso tranquilo para no dar pie a habladurías entre los vecinos y los viandantes.

La carrera la mareó, y por un momento creyó ver en la calle a un hombre alto y delgado, no un nativo sino un blanco de barba rubia y con la cara protegida por la sombra de un casco colonial marrón claro.

Se encendió en su interior la ardiente esperanza de que se tratara de George, pero al mirar con más atención, la figura había desaparecido, se había metido por una bocacalle o simplemente se había fundido con uno de los muros blancos.

«Un espejismo —pensó con tristeza—. Cuando se espera a alguien con tantas ansias, los ojos juegan malas pasadas».

No era la primera vez que creía avistar a George.

Ya le había sucedido varias veces en la ciudad, en una ocasión incluso había seguido a un hombre alto y delgado vestido con traje colonial, convencida de que era él.

Pero cuando el hombre se volvió hacia ella con una amplia sonrisa, constató horrorizada que se trataba de un desconocido.

Entró en el jardín de la villa despeinada por el viento.

El silencio del patio era agradable. Los altos muros lo protegían casi por completo del aire del sudoeste, solo de vez en cuando una ráfaga sacudía las ramas de los pequeños naranjos y agitaba la superficie del estanque.

Jim había colocado los muebles del jardín y había abierto la sombrilla; aparte de eso apenas se percibía la presencia del servicio, no parecía haber nadie en la casa ni en la cocina.

Seguramente se habían retirado a sestear a las viviendas que se habían construido para los criados negros al otro lado de la villa.

Se sirvió un vaso de la limonada que había preparada en una bandeja en la entrada y decidió escribir una carta importante.

A su regreso de la búsqueda infructuosa, había encontrado un fajo de correo en la villa, y hasta el momento solo había respondido a algunas de las misivas.

Ahora por fin se sentaría a escribir a Ettje, y también le pediría a Elisabeth que adjuntara un breve mensaje.

No sería tarea fácil, porque no quería maquillar, ni mucho menos ocultar la ausencia de George, pero la carta debía sonar confiada, no quería que sus parientes de Leer sintieran lástima por ella.

Ettje ya tenía suficientes problemas con su codicioso hermano Paul, que seguía disputándole la herencia de la abuela.

En el escritorio de George había una cajita de cartón que debía de haber llegado esa mañana con el correo.

Tuvo un mal presentimiento mientras soltaba el cordón que ataba el paquete, y efectivamente su contenido no era nada reconfortante: eran pertenencias que George guardaba en su puesto de trabajo de la clínica.

No había nada de valor, pero sí cosas que no debían caer en manos ajenas: varias fotografías de ella y Elisabeth, una lupa, una taza de loza esmaltada, varios libros de medicina y un cuaderno de notas en el que había apuntado detalles sobre casos particulares y otros datos que le habían parecido interesantes.

El doctor Kalil le había pedido varias veces que recogiera las cosas de la clínica, pero ella había ignorado sus mensajes.

Así que ahora la obligaban a aceptar la «herencia» de George de esta forma tan poco considerada.

Molesta, cerró la tapa de la caja y estaba a punto de meterla debajo del escritorio cuando oyó la voz de Elisabeth en el jardín.

—¿Mamá? Mamá, ¿estás ahí?

—Estoy aquí, Elisabeth, en el despacho de George.

Le sentó bien que la vida regresara a la casa, porque los gritos de Elisabeth también habían despertado al servicio.

Jim cruzó el jardín a paso ligero para servir limonada, la silueta rechoncha de Mimi desapareció en la cocina y el cocinero, un kikuyu pequeño y delgado, también corrió a su puesto de trabajo.

—La comida lista enseguida, bibi Johanssen. Hoy disfrutar de plátanos y pollo con salsa de cacahuete.

Elisabeth abrió la puerta del despacho y asomó la cabeza por la rendija.

—¿Se ha ido ya? —preguntó desconfiada.

Hacía un segundo Charlotte se había alegrado de que su hija hubiera llegado, pero ya estaba enfadada de nuevo. Tal vez Elisabeth se hubiera formado una opinión bastante acertada sobre la situación con Jeremy, pero no tenía por qué ser maleducada.

—Si te refieres a Jeremy Brooks, hace un rato ha tomado el vapor costero rumbo a Tanga —respondió con marcada frialdad—. Acompañado por Johannes Kigobo y Jonas Sabuni.

Elisabeth recibió la noticia con gran alegría y se unió a su madre en el despacho. Tenía los dedos manchados de tinta, por lo visto jamás aprendería a manejar la estilográfica como es debido.

—Qué pena que los dos shambaas se hayan marchado con él. Me caen muy bien, sobre todo Johannes Kigobo, es muy divertido…

Elisabeth siguió parloteando incansable, le habló de la escuela, de sus aburridos profesores que no tenían ni idea de nada, y de su amiga Florence Summerhill, que seguramente pronto viajaría a Inglaterra con sus padres para ingresar en un inter­nado.

—Si Florence se va, yo tampoco quiero seguir yendo a esa estúpida escuela. Que me enseñe George. Y que luego me lleve a Alemania, a una escuela secundaria de verdad. Tú también puedes venir, mamá.

—Gracias, es un detalle por tu parte. Ya pensaba que no me necesitabas para nada…

La niña miró asustada a su madre, luego corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Ya no era tan fácil subirse a su regazo y acurrucarse en él, pero lo intentó.

—No me refería a eso, mamá. Ya sabes que no quiero separarme de ti jamás de los jamases. Solo iré a una escuela secundaria si tú vives muy cerca. Y también George…

—Vamos a caernos de la silla —bromeó Charlotte con lágrimas en los ojos.

—No, seguro que no —replicó enérgicamente Elisabeth y se recolocó. La silla crujió, pero madre e hija permanecieron sentadas y abrazadas. Se hizo el silencio, Charlotte sintió la mejilla cálida de Elisabeth contra su cuello y aspiró el aroma fresco de sus rizos rubios.

—¿Mamá?

—Dime, Lisa.

—Seguro que vuelve.

—Pues claro, cariño mío. George volverá con nosotras.

—Lo sé seguro, mamá. Lo he visto.

Charlotte le apartó el pelo despeinado de la cara y le acarició la frente.

—Lo he visto cuando regresaba de la escuela, mamá. Seguro que era George, solo que llevaba gafas oscuras, eso ha sido raro. Y cuando lo he llamado, no se ha dado la vuelta.

—Qué raro —dijo Charlotte pensativa—. Yo también he visto hoy un hombre que me ha parecido George…

Era una imprudencia decir esas cosas. No debía alimentar las esperanzas de la niña, que solo podían desembocar en una decepción. Era imposible que se tratara de George, porque si fuera él ya estaría con ellas en la villa… Pero quizá tener falsas esperanzas fuera mejor que no tenerlas.

—¡¿Lo ves?! —exclamó triunfal—. Me apuesto lo que sea a que llega antes de que anochezca, mamá.

—Puede ser, cariño mío. Pero si no es así, no te pongas triste.

—¡Vendrá! —aseguró Elisabeth convencida, se soltó del abrazo y bajó del regazo de Charlotte. Al hacerlo, golpeó la caja de cartón y, curiosa, trató de abrir la tapa—. ¿Qué es, mamá? ¿Un regalo para mí? Quedan tres días para mi cumpleaños.

—¡Deja eso! No hay regalos hasta entonces, Lisa.

Parecía buena idea fingir que ese funesto paquete era un regalo de cumpleaños; no quería por nada del mundo que Elisabeth viera lo que contenía.

Levantó la caja del escritorio y estaba a punto de dejarla en el suelo, pero se detuvo.

Debajo, antes había unas fotografías que habían desaparecido.

En ellas se veía a Jeremy en toda clase de poses ridículas que Charlotte había capturado para enseñarle cómo se revelaban e imprimían en el cuarto oscuro.

—¿Dónde están las fotografías, Elisabeth? —preguntó Charlotte en tono severo, y miró a su alrededor buscándolas.

Su hija estaba abriendo la boca para darle una respuesta indignada e impertinente cuando su mirada recayó en la papelera.

—Ahí, mamá, ¡pero si las has tirado tú!

—¿Yo? —preguntó Charlotte enfadada. La pequeña fiera de Elisabeth las había hecho pedazos, su aversión a Jeremy no parecía tener límite.

—Puedes pegarlas —dijo la niña, que se agachó para rescatar los trozos de la papelera y los recolocó sobre el escritorio.

—¡¿Cómo se te ocurre?! —la reprendió Charlotte.

—¡No he sido yo! —gritó Elisabeth muy alterada, y salió con fuertes pisotones del despacho.

Pero ¿quién si no podría haber roto y tirado las fotografías? A ninguno de los criados se le habría ocurrido hacer algo así. ¿Jeremy? ¿Cómo podía haber entrado esa mañana en el despacho sin que nadie lo viera? Y sobre todo: ¿por qué narices iba a rasgar las imágenes?

Charlotte empezó a juntar los trocitos de papel entre sollozos, cuando de pronto descubrió al borde del escritorio una nota que hasta entonces había pasado por alto: un papelito, un cuarto de folio nada más, cortado cuidadosamente con el abrecartas y escrito a lápiz.

Era su caligrafía. George había escrito esa nota. Cogió el papel con dedos temblorosos, diciéndose que debía de tratarse de un viejo apunte, un marcapáginas caído de algún libro. Y sin embargo…

Charlotte: