La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Las nubecillas blancas se agolpaban sobre la bahía de Dar es-Salam sin lograr mitigar la fuerza del sol de finales de septiembre.

Pronto comenzaría octubre, en Alemania sería otoño.

El agua había adoptado el azul intenso del cielo, las olas centelleaban a la luz matutina y se deslizaban suavemente acariciando la arena blanca.

Al otro lado de la ensenada relucían las velas blancas de los botes pesqueros y se veía a los negros lanzar sus redes con movimientos tranquilos, para luego sentarse y esperar pacientemente lo que Alá decidiera obsequiarles.

—No hace falta que me acompañe hasta el embarcadero, Charlotte —dijo Jeremy—. Podemos despedirnos aquí.

Se encontraban junto a los arcos del edificio de las aduanas, una construcción alargada de color blanco que se extendía un poco más arriba del puerto.

A lo lejos, por el estrecho canal de color turquesa que unía la ensenada con el océano Índico, se acercaba traqueteando con tenacidad el vapor costero.

—Pero ¿por qué, Jeremy? —replicó Charlotte—. ¿No creerá que me incomoda ser vista con usted?

Iba enganchada de su brazo y sentía lo agradecido que estaba por cómo se lo estrechaba. Jeremy Brooks era un buen amigo y un leal protector, ¿qué más daba lo que dijera la gente? No había nada entre ellos dos que hubiera que ocultar en público.

—De todos modos quiero pedirle que dé media vuelta aquí, Charlotte. Me resultará más fácil decirle adiós a la sombra de la aduana que allí, entre el gentío.

Oyeron la campanilla que anunciaba la llegada del vapor costero.

Abajo, en la playa, los primeros pasajeros llegaban al embarcadero y comenzaban las apreturas habituales.

Los porteadores, con sus cajas y fardos, eran los que más se esforzaban por conseguir un buen sitio en la pasarela.

Había que evitar entorpecer el paso de los que se bajaban del barco, pero al mismo tiempo estar bien posicionado para ser de los primeros en llegar.

Pocas eran las veces en que no había forcejeos y disputas, y las autoridades alemanas ya habían tenido que enviar varias veces un grupo de askaris para mantener el orden.

Charlotte accedió. Jeremy seguramente tenía razón, allá abajo no se oirían ni a sí mismos.

Además, tenía miedo de la despedida y, aunque había insistido en acompañarlo al puerto, prefería terminar con aquello lo antes posible.

Todavía le parecía estar viendo el gesto angustiado de sus dos fieles shambaas, que se le habían adelantado con los regalos y el equipaje y ahora esperaban a Jeremy en la pasarela.

—Pesa el corazón —le había dicho Johannes Kigobo—. Cuando bibi Johanssen vuelve con nosotros, todos reiremos. Bibi y bwana Siegel. Y también Martha Mukea. Y Schammi. Todos somos felices cuando bibi Johanssen vive otra vez en Neu-Kronau.

Le había dolido no poder darle muchas esperanzas. Se sentía muy unida a Neu-Kronau, pero no era el lugar en el que tenía que estar ahora. Su sitio estaba aquí, en la villa de Dar es-Salam, y aquí se quedaría hasta que George regresara.

—Bueno, pues… —le dijo pausadamente a Jeremy, y se quedó quieta—. Le estoy infinitamente agradecida. Ha permanecido a mi lado con lealtad e incluso le debo la vida…

—¡Ya basta con eso! —gruñó, y se detuvo también—. Ojalá hubiera podido hacer más por usted. Se merece ser feliz, Charlotte.

Ella sonrió. Habían hecho llamadas y enviado telegramas, habían hecho pesquisas de viva voz y habían pedido información a buenos conocidos y a las autoridades, pero sin éxito.

Amigos con las mejores intenciones le contaban que había viajeros a los que daban por desaparecidos durante meses y luego reaparecían de forma completamente inesperada.

Sin embargo, la mayoría dejaban entrever que, en su opinión, el doctor George Johanssen llevaba mucho tiempo muerto.

Asesinado por los nativos o víctima de las fiebres o incluso de la viruela.

Al fin y al cabo ya habían transcurrido seis semanas desde su desaparición; sin duda, ya habría regresado a la civilización si hubiera tenido la oportunidad.

El viento del sudeste tironeaba del pañuelo con el que se había cubierto la cabeza y hacía que el vestido le aleteara.

De vuelta en Dar es-Salam, se había convertido de nuevo en una dama, llevaba los vestidos que tanto le gustaban a George, y también los zapatos que había hecho fabricar para ella.

Lo único que no había utilizado aún era la delicada sombrilla blanca que le había traído de Tanga en una ocasión.

Al verla por primera vez se había echado a reír a carcajadas y le había preguntado si se proponía transformarla en una lady inglesa.

—Sabe Dios que ha hecho usted suficiente, Jeremy —dijo ahora con voz temblorosa—. Me habría encantado poder retenerlo un poco más en Dar es-Salam, pero…

—Está usted en buenas manos, Charlotte —respondió sonriendo—. Y respeto a su pequeña guardiana.

Jeremy había sido su invitado en la villa durante varios días y a Charlotte su presencia le había resultado muy agradable, porque la distraía de sus pesares.

Lo inició en el arte de la fotografía, le prestó libros y tocó el piano para él, aunque a menudo simplemente se sentaban juntos en el jardín a charlar.

Rara vez habían sido conversaciones profundas, porque Jeremy tenía un gran talento para esquivar las preguntas serias.

A cambio la animaba y le infundía ánimos; a veces no decía más que tonterías para hacerla reír.

Sin embargo, en cuanto Elisabeth regresaba de la escuela por la tarde, se acababa la tranquilidad.

En Neu-Kronau la niña ya había expresado su manifiesto rechazo hacia Jeremy y, ahora que convivían en un espacio pequeño, se habían producido algunas escenas desagradables.

Elisabeth tenía celos de Jeremy y se empleaba muy pero que muy a fondo para que no ocupara el lugar de su adorado padre adoptivo.

—Te echa piropos —le había reprochado una noche a su madre cuando estaban a solas, y Charlotte, que notaba que su hija ya no era la pequeña ingenua y salvaje que no conocía reglas ni límites, tuvo que hacer un gran esfuerzo por no mostrarse abochornada.

Faltaban pocos días para que Elisabeth celebrara su décimo cumpleaños, y había anunciado que solo quería una cosa: que George regresara; todo lo demás le daba igual.

—Es verdad, mamá —había insistido cuando Charlotte la había reprendido—. Y se te queda mirando. Tiene que irse, a la plantación o más lejos aún, ¡al fin del mundo!

Al principio Jeremy se había esforzado por agradar a Elisabeth, proponía juegos para las veladas e intentaba cautivarla con sus historias, pero la niña no daba su brazo a torcer.

—Me han tocado muy malas cartas para esta partida —había reconocido finalmente a Charlotte con resignación—.

Para su hija soy un intruso indeseado, y en cierto sentido no le falta razón.

Puede que sea mejor que me marche a Neu-Kronau a cuidar de la plantación.

Y también me está esperando la capilla, que sigo queriendo construir.

Tiene que prometerme que, cuando esté lista, vendrá usted a las montañas Usambara para su solemne inauguración.

Ella accedió aliviada; se separarían sin desavenencias y con la perspectiva de un reencuentro.

El vapor costero atracó, se colocó la estrecha pasarela, y vieron a la muchedumbre de ropas coloridas que esperaba tras la baranda.

—A pesar de todo, lamento su partida, Jeremy. Lo echaré de menos —dijo, tendiéndole la mano.

Él se la estrechó y sostuvo el apretón. Las manos del inglés eran fuertes y toscas, completamente distintas de las de George, que eran estrechas y con dedos finos y largos.

—¿De verdad?

—Sí, Jeremy. Sin duda, y no lo digo por decir.

Se quedó callado y parecía estar debatiendo consigo mismo, porque no le soltaba la mano. Luego pareció tomar una decisión.

—Escuche, Charlotte —dijo por fin con voz ronca—. Le deseo de todo corazón que su marido regrese con usted. Pero…, en caso de que se demore y usted necesite ayuda, siempre podrá contar conmigo. Se lo juro.

—Es…, es todo un detalle por su parte, Jeremy.

El inglés torció el gesto y Charlotte percibió su dolor.

—Me ha convertido en un hombre nuevo —murmuró, y miró hacia el embarcadero, donde un fardo había caído al agua entre el griterío—.

Estoy convencido de que conocer a una mujer como usted es algo que solo pasa una vez en la vida.

Aunque exista la más mínima brizna de esperanza, esperaré, durante años si es necesario…

Un repentino arrebato de emoción le hizo apretarle la mano con tanta fuerza que Charlotte quiso gritar, y luego se precipitó escaleras abajo hacia la playa y se zambulló en la muchedumbre de pasajeros que subían al vapor.

Charlotte enseguida lo perdió de vista. Emprendió el camino de regreso pensativa, evitó las calles más ostentosas del barrio alemán y prefirió tomar el camino estrecho que discurría en paralelo a la playa.

A pesar de que hacía mucho que no había llovido, la ladera estaba cubierta de enredaderas y cardos, así que puso cuidado en que el vestido no se le enganchara.

Sin embargo, desde allí tenía una vista espectacular de la bahía resplandeciente hasta el cabo Immanuel, donde los imponentes cocoteros verdes oscuros se mecían al viento del sudeste.

Aspiró con fuerza el aroma salado y ligeramente pútrido del mar y la invadió una dolorosa tristeza.

Echaba de menos a Simba, su fiel compañero, que había dado la vida por ella; echaba de menos a George, su maravilloso marido, su gran amor, que luchaba por sobrevivir en algún lugar muy lejano, si es que no estaba muerto ya; y echaba de menos a Jeremy, el inglés juvenil e indomable que había estado a su lado a las duras y a las maduras.