La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #14
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Capítulo 13 #14

Salvo por Simba. Cuando la hiena líder efectuó el primer ataque, el perro se lanzó valerosamente a una lucha desigual.

Para proteger a su ama se enfrentó a una manada de hambrientos animales salvajes dispuestos a todo.

Mientras tanto, Charlotte solo podía defenderse golpeando con la culata del fusil.

Simba se abalanzaba dando mordiscos y luego retrocedía para enfrentarse a los atacantes.

Conseguía contener a las bestias parando con su cuerpo las rabiosas mordeduras y lanzando mordiscos como podía.

La sangre le teñía las fauces y las orejas, manaba de las heridas, le bajaba por el pecho y manchaba la arena de rojo oscuro.

Charlotte pensó que no aguantaría mucho más el ataque de la jauría porque sus ladridos perdían fuerza y había empezado a resollar.

De pronto, comprendió que ella era la presa por la que peleaban aquellas fieras: era carne fresca.

De no ser por Simba, habría estado perdida.

El disparo resonó en la lejanía como el restallar de un látigo y después oyó la voz de Jeremy:

—¡Quédese quieta! ¡No se mueva!

Siguieron más disparos. Se quedó paralizada y sintió que la invadía un frío helador.

La ensordeció el alarido de una hiena alcanzada por un tiro.

De entre el polvo rojizo surgieron unas sombras, oyó gritos y vio a dos negros furiosos que lanzaban palos y piedras contra las bestias.

Después todo se volvió borroso y se desmayó. Unos fuertes brazos la sujetaron.

—¡Charlotte! ¡Charlotte!

Sentía que flotaba. Veía el cielo azul pálido, las nubes que lo surcaban y los ojos llenos de pánico de Jeremy, al que nunca había tenido tan cerca.

Sintió el sabor salado de sus labios. ¿Era posible que la estuviera besando, una y otra vez?

Una debilidad extrema se apoderó de ella, le dolía tanto la cabeza que creía que le iba a estallar.

No dejaba de percibir palabras y frases que no comprendía.

—Estabas buscando su rastro, ¿verdad…? ¿Qué más quieres hacer para encontrarlo…? ¿Qué locuras estás dispuesta a hacer por amor… por amor…?

—Esto es obra de mpepo mala.

—¡De sheitani !

—Ya basta, Johannes Kigobo. Lo que necesita es agua…

Notó la boca de la cantimplora contra los labios y le dio un ataque de tos.

—Solo un sorbo. Vamos, Charlotte, beba un poco. Le sentará bien.

—¿Dónde está Simba? —preguntó con voz ronca—. Tenéis que salvarlo…

Bebió un poco y, agotada, dejó caer la cabeza a un lado. Alguien le apartó el pelo de la cara y le puso un paño húmedo en la frente. Con gran esfuerzo abrió los ojos y comprendió que se encontraba en la tienda. Jeremy se inclinaba sobre ella, la barba pelirroja le daba un aspecto muy extraño.

—Hemos espantado a las hienas, no se preocupe —le dijo en voz baja.

—Pero… ¿dónde está? Lo habían herido…

Jeremy apartó la mirada. Le retiró el paño de la frente y le dio la vuelta para que estuviera más fresco. Después decidió contarle la verdad:

—Ha desaparecido, Charlotte. Lo hemos buscado sin éxito.

Ella quiso incorporarse al instante. Entonces se dio cuenta de que su cabeza reposaba en el regazo del joven.

—No hay nada que hacer —murmuró él—. Se lo llevaron las hienas…

—¡Suélteme! ¡Tengo que buscar a Simba!

Estalló en desconsolados sollozos y se tapó la cara con las manos. Simba, su fiel compañero, su valiente defensor… ¿Por qué no había podido ayudarlo? ¿Por qué le había tocado un final tan espantoso?

—No llore, Charlotte —susurró Jeremy—. Murió en la batalla, pero se llevó con él a varios adversarios. Le salvó la vida. Quizá esa era su misión.

Aunque no lograba contener las lágrimas, aquellas palabras de algún modo la consolaron. En silencio, él la rodeó con los brazos y ella no se zafó. Permitió que le refrescara la frente y le secara las lágrimas; sintió que se relajaba.

—Esta noche, o mañana por la mañana, llegaremos a Kilosa —dijo él en voz baja—. A partir de ahí, veremos…

—Pero no tenemos mulas…

—¡Lo lograremos de todos modos!

Ella giró un poco la cabeza para mirar su rostro risueño, lleno de confianza y de ternura.

—¿Por qué hace todo esto, Jeremy? —murmuró de modo casi inaudible—. Lo único que usted gana es un montón de complicaciones.

—Me encantan las complicaciones. Y más si las ocasiona usted…

Media hora después se había recuperado lo bastante para emprender la marcha por la llanura.

El viento había perdido intensidad, aunque barría con fuerza el reseco paisaje, y grandes nubarrones oscurecían el cielo.

Charlotte no quiso ver el lugar donde Simba la había protegido, a pesar de que las ráfagas ya habían borrado toda huella de aquella lucha desigual.

De vez en cuando resonaban fuertes truenos, los primeros indicios de la temporada de lluvias.

No obstante, los grandes aguaceros no descargarían hasta el mes siguiente; los relámpagos que iluminaban el cielo reflejaban la ira de los dioses de la sabana.

Cerca del mediodía se encontraron con unos nativos cuyo poblado se encontraba al este; les contaron que allí había mucha agua y grandes nubes de mosquitos.

—Son las ciénagas que están al sudeste de Kilosa —explicó Jeremy—. Si no queremos infectarnos de malaria, más nos vale evitarlas.

Montaron la tienda cerca del río y se turnaron para hacer guardias.

Las grandes manadas de ñus y de cebras ya habían migrado hacia el oeste, pero quedaban los depredadores hambrientos que, por las noches, se acercaban a merodear por la orilla.

Aunque estaba exhausta, Charlotte insistió en turnarse igual que los hombres.

Cuando Johannes Kigobo o Jonas Sabuni guardaban el campamento, Jeremy se metía en la tienda y se tumbaba a su lado.

Ella no se lo impedía. Su presencia protectora era agradable y le gustaba conversar con él en voz baja, aunque ambos ponían mucha atención en no tocarse.

Cuando el joven se dormía, ella escuchaba su respiración; también notó que apretaba los dientes con rabia.

En una ocasión le pareció percibir su corazón, pero probablemente era el suyo propio, que esa noche latía con gran inquietud.