La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #13
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Capítulo 13 #13

—¿Ves cómo se ríen de nosotros? —masculló enfadada mientras entraba en la tienda para coger el arma.

Cuando salió, se fijó en que, a cierta distancia, había en el suelo un objeto oscuro y rectangular.

¡Era una cajita de cartón llena de cartuchos!

Se les habría caído a los ladrones y no se habían dado cuenta.

De modo que se habían ido en esa dirección…

Le hervía la sangre ante una acción tan traicionera.

¡Qué listos habían sido! A lomos de los mulos, llegarían a Kilosa ese mismo día; allí podían vender el botín y desaparecer para siempre gracias al Ferrocarril Central.

Mientras tanto, ellos tendrían que recorrer el camino a pie, con lo que tardarían mucho más y se verían expuestos a toda clase de peligros.

Avanzó hasta la cajita, la recogió y revisó la zona por si encontraba algo más.

El viento ululaba y levantaba rojizos remolinos de polvo que danzaban por la sabana como derviches.

Sobre ella pasaban pequeñas sombras, como velos arrastrados por los aires.

Simba emitió un gruñido de alerta y se le erizó el pe­laje.

¿Aquello de allí era una navaja? ¿Uno de los bonitos objetos, aunque no muy duraderos, que Josef Gebauer le había regalado por sus compras?

Se adentró unos pasos en la sabana, se agachó y descubrió que solo era un trozo de madera moldeado por el viento y el sol.

Al incorporarse sintió un mareo y necesitó un momento para estabilizarse.

Seguramente se debía a aquella luz tan extraña, que, proveniente del este, se cernía sobre la llanura como un velo de color azufre.

Los intensos ladridos de Simba la hicieron volver en sí.

¿Qué le pasaba? Estaba rabioso, fuera de sí, como a punto de lanzarse contra un enemigo invisible.

Charlotte miró a su alrededor. ¿Dónde estaban su tienda y el campamento?

Una fuerte ráfaga lo había convertido todo en polvo rojizo, no lograba distinguir nada.

El perro continuaba ladrando. A pesar del rugido del viento, Charlotte percibió también una especie de gimoteo, unas risas quejumbrosas.

Después, algo similar a un ladrido, pero al mismo tiempo muy distinto: más agudo, más amenazador, entremezclado con un jadeo siseante.

«Son las hienas —pensó—. Tienen hambre y han venido a inspeccionar. Si son muchas, pueden atacar a Simba».

Cuando por fin bajó el viento, consiguió ver a los carroñeros, que merodeaban muy cerca olfateando el aire y con el lomo arqueado, listas para el asalto.

Iban en grupitos de dos o tres y les brillaban los ávidos ojos rojizos.

Charlotte se descolgó el arma de la espalda, le quitó el seguro y disparó al aire.

La respuesta fueron múltiples aullidos y las hienas se dispersaron; resonaron aquellas melódicas carcajadas que parecían increíblemente humanas y que por eso resultaban tan escalofriantes.

—Vamos, Simba. Volvamos a la tienda.

El perro la rodeó gruñendo, como empujándola en cierta dirección.

Puesto que en realidad no sabía dónde estaba el campamento, se dejó llevar.

Jeremy y los shambaas no podían andar lejos, sin duda habrían oído el disparo.

Se disponía a reñir a Simba por entorpecerle constantemente el paso cuando vio regresar a las hienas.

El disparo solo las había asustado por un momento y ahora reaparecían desde todas las direcciones: se acercaban en grupitos de tres y hasta de cuatro, preparadas para el ataque.

¡Pero si eran carroñeras! Nunca atacaban a otros animales, y menos aún a los humanos… ¿O esta era una especie distinta?

Intentó recargar el arma, pero los cartuchos que había encontrado no eran para su fusil, sino para la escopeta de Jeremy.

Se registró con nerviosismo los bolsillos de la chaqueta.

¿Por qué nunca se ponía la cartuchera? Había confiado su seguridad a sus acompañantes masculinos y, justo cuando más protección necesitaba, se encontraba sola…