Capítulo 13 #12
Entonces un fuerte crujido la sacó del sueño.
Una intensa ráfaga había sacudido la tienda.
Ya desde el anochecer el viento barría el campamento, silbando y ululando.
Quizá por eso había soñado cosas tan extrañas.
Al sentarse sobresaltada, se dio en la cabeza con la lona de la tienda. Luego oyó un gruñido amenazante.
—¡Simba! Simba, ¿dónde estás?
El perro yacía a su lado cuando se acostó.
Sin embargo, en aquel momento parecía haber detectado algo fuera.
Buscó a tientas las cerillas, encendió el farol, se puso una chaqueta y salió de la tienda.
La recibió un remolino de polvo. Las nubes avanzaban por el cielo como deshilachadas sábanas al viento, y solo aquí y allá dejaban pasar la luz de las estrellas.
Bajo el resplandor del farol distinguió la silueta de una mula sujeta a una estaca, los restos de la hoguera de la noche anterior, la tetera, la jarra de hojalata, varios vasos y platos.
El viento había dispersado las cenizas en todas las direcciones; gracias a su farol, vio que buena parte había aterrizado en la lona de la tienda.
¿Dónde estaba el perro? Como los gruñidos se habían transformado en feroces ladridos, por precaución decidió regresar a por su arma. Faltaba una hora para que amaneciera y los negros dormían aún. Solo Johannes Kigobo y Jonas Sabuni se habían levantado para salir a cazar con Jeremy.
—¡Simba! ¡Ven aquí!
A la luz del farol vio una gran sombra negra y la tetera se cayó con estrépito cuando Simba la empujó. El perro jadeó contento y le lamió la mano.
—¿Qué pasa? —le susurró, agachándose—. ¿Era un león? ¿Un guepardo? ¿Vigilabas a las mulas?
Los negros ojos del perro brillaron. Cariñoso, le rozó la mejilla con el morro.
«No —pensó Charlotte—, no había depredadores en las inmediaciones.
De lo contrario, Simba no se habría calmado tan deprisa».
También los mulos estaban tranquilos. En los breves intervalos en que el viento amainaba, se oía en la distancia la inquietante risa de las hienas.
Pero nunca atacaban los campamentos, eran demasiado cobardes.
—Vamos, Simba.
Se metieron en la tienda para protegerse del viento y del polvo.
Charlotte decidió dormir un poco, hasta que Jeremy regresara.
Las provisiones se agotaban y, por desgracia, era necesario que el joven cazara animales a menudo; sin embargo, nunca hacía sufrir a sus presas.
Era un buen tirador, lo sabía por sus shambaas , que siempre lo acompañaban.
Jonas Sabuni rebosaba de admiración y afirmaba que bwana Brooks acertaría a un impala hasta con los ojos cerrados y que era como el espíritu de la sabana: sigiloso, mortal y compasivo.
Charlotte había conseguido convencer al inglés de cabalgar a través de la sabana, al menos hasta Kilosa.
A cambio, tuvo que prometerle que no se quedarían allí más de lo necesario y que regresarían directamente a Dar es-Salam con el Ferrocarril Central.
Según el joven, era absurdo dar vueltas sin orden ni concierto, así jamás encontrarían a George salvo que el destino se lo sirviera en bandeja, cosa que no parecía muy probable.
—Charlotte, usted no aguantará mucho más —añadió con preocupación—. Es un viaje muy penoso incluso para un hombre. ¿Qué hará si se pone enferma?
—No me voy a poner enferma, Jeremy. ¡No hasta encontrar a George!
Él emitió un extraño sonido ronco, como si la risa se le hubiera atravesado en la garganta.
—¡Vive Dios que es usted la persona más terca que existe entre Londres y Ciudad del Cabo! —murmuró entre dientes. Pero a Charlotte le pareció detectar cierta admiración en su voz.
A finales de agosto la sabana estaba reseca, los últimos parches de hierba se teñían de marrón y los brazos de los ríos, que pocos días atrás llevaban agua, se habían transformado en hilillos rodeados de fango.
El barro formaba una costra que se agrietaba como una herida que se abre.
Vieron un animal grande, un hipopótamo o un elefante, atrapado en el lodo y condenado a morir.
Aunque el pobre ya no se movía, estaba vivo, como demostraba la distancia respetuosa que guardaban las hienas y los buitres.
El sol abrasador caía sobre el achicharrado paisaje y convertía cualquier movimiento en una tortura. A Charlotte le ardían los ojos y tenía los labios agrietados. En la lejanía, le parecía que las negras siluetas de las acacias eran figuras en movimiento.
¿Qué buscaban? Las huellas de la cabalgadura de George se habrían borrado hacía tiempo.
Aun así, tenía que haber seguido ese camino, lo confirmaba incluso el siempre escéptico Jeremy, y los negros le daban la razón.
Aquella ruta seguía el curso de distintos ríos; los más grandes aún llevaban agua, aunque fuera un regato, suficiente para aplacar la sed.
El segundo día encontraron cazadores nativos que seguían a una manada de ñus.
Jeremy logró ganarse su confianza abatiendo dos y regalándoles uno.
Pero ni los lugurus ni los otros negros comprendían la lengua de aquel pueblo de cazadores y pastores, que, por ser altos y delgados, recordaban a los masáis.
Solo parecieron entender la palabra daktari .
Señalaron hacia el norte y, por señas, representaron un edificio.
Uno de ellos se frotó el pecho y puso cara de dolor.
Una casa para enfermos. Una clínica. Y luego dijeron el nombre del lugar: Iringa.
Allí había daktari . También bwana daktari. Muchos bwana daktari.
—No está en Iringa, Charlotte —dijo Jeremy—. Pero en cuanto lleguemos a Kilosa llamaremos allí, ¿de acuerdo? Telefonearemos a todas las oficinas de correos de la colonia. A todas las clínicas. Colapsaremos las líneas, se lo juro por Dios.
—Tranquilícese. No he dicho que vayamos a Iringa.
Unos días atrás habría insistido, pero, en aquel momento, la visión de aquella sabana infinita y peligrosa acababa con sus fuerzas.
Cada día se sentía más agotada, luchaba contra la fiebre y tomaba el polvo de quinina que llevaba en un frasquito.
No le había dicho nada a Jeremy porque no quería darle la razón.
Por otra parte, no tenía derecho a quejarse.
Cabalgaban hacia Kilosa porque ella había querido, de modo que ahora debía aceptar las consecuencias.
Ya no podían estar lejos, el estrecho río que seguían desde el día anterior los llevaría hasta allí, según confirmaron los cazadores.
Su instinto le decía que estaban en el buen camino.
El perro se había tumbado a su lado y la protegía del incómodo viento que se colaba en la tienda de campaña. Cuando Jeremy se iba, ella buscaba la protección de Simba. Se sentía más segura a su lado, aunque poseía un arma y sabía defenderse.
El cielo se aclaraba con la luz del amanecer.
Estiró el brazo para coger la cantimplora.
No lograría dormir ni dormitar, así que decidió tomarse rápido la dosis de quinina, antes de que Jeremy regresara y despertaran a los negros.
Podían encender fuego y preparar té, tenían madera suficiente porque el día anterior habían cortado las ramas secas de una acacia.
La quinina sabía muy amarga y le provocaba mareos, pero eso era mejor que coger unas fiebres. Sacudió la cabeza con asco, tomó un trago de agua y cerró la cantimplora. Después se puso el casco colonial y salió de la tienda.
Las rachas de viento le habrían arrancado el sombrero de no habérselo sujetado a tiempo.
Al instante se vio envuelta en una densa nube de polvo que casi le cortó la respiración.
Entre toses y jadeos, trató de reconocer algo a la débil luz del amanecer.
Gritó los nombres de los porteadores, pero su voz se perdía entre las ráfagas.
¿Dónde estaban los negros? La noche anterior habían montado un paravientos con lonas atadas junto a las mulas y se habían acostado muy pegados unos a otros.
En aquel momento, cuando el paisaje y los objetos aparecían como sombras grisáceas, Charlotte no distinguía nada de eso.
Ni lonas atadas, ni jergones para dormir… ni siquiera las mulas.
—¡Se han ido! ¡Maldita sea! ¿Por qué ahora, si casi hemos llegado? —estalló furiosa.
Enfadada, avanzó entre el polvo para revisar aquella parte del campamento.
Los muy bribones se lo habían llevado todo: las mantas y las tiendas, las armas, los machetes, la vajilla y, por supuesto, los animales y las sillas de montar adquiridas en Morogoro.
También faltaban las pertenencias de los shambaas y el equipaje de Jeremy, de modo que ya solo poseían lo que este y sus acompañantes se hubieran llevado de caza.
Ella guardaba el resto del dinero en una bolsita de cuero colgada del cuello, pero cosas vitales como las cerillas, las provisiones y la mayor parte de la munición habían desaparecido.
—¡Perro estúpido! —reprendió a Simba, que apareció tras ella olisqueando el suelo—. ¡Se han largado mientras estábamos en la tienda! ¿Por qué no me has avisado?
Pero Simba no era un perro guardián, y tampoco la caza era lo suyo. Entonces ¿de qué les valía? Más allá de seguirla a todas partes y de atemorizar a la gente con su gran tamaño, no servía para nada.
—¡Busca! ¿Adónde han ido?
El perro trotó en círculos, estornudó varias veces y la miró desconcertado.
Entonces resonó una risa en la lejanía de la sabana, melódica y burlona a la vez.
La siguió una segunda, entremezclada con un triste aullido.
Las hienas estaban en marcha. Quizá Jeremy y los shambaas regresaban con un ñu abatido y aquellos carroñeros ya se relamían.