La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #11
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Capítulo 13 #11

Por el amor del cielo, ¿qué estaba haciendo Jeremy en el pueblo? Se irguió en la silla e intentó distinguir algo entre las cabañas. En un remolino de polvo rojizo se movían figuras oscuras. Entonces percibió los gritos de los lugurus y las enérgicas órdenes de Jeremy.

—¡No le peguéis! Decidle que solo queremos hacerle unas preguntas. ¡Maldita sea! ¿Es que no me escuchas? ¡No le pegues!

—Jesucristo, protégenos —murmuró Johannes Kigobo, que sujetaba por el ronzal la mula del inglés—. Han encontrado hechicera. Nosotros rezamos contra conjuros de mpepo.

—¿Una hechicera?

Los negros miraban con temor al pueblo abandonado.

No valoraban mucho a las mujeres, que trabajaban en el campo, se ocupaban de los niños y servían a sus hombres.

Sin embargo, las mpepo, las hechiceras, hacían temblar a los guerreros más poderosos porque, al contrario que los chamanes, eran impredecibles.

Podían ayudar, pero también destruir. Si estaban de buen humor curaban enfermedades; si se encolerizaban, conocían el modo de ocasionar la muerte.

Entre el polvo rojizo, Charlotte y sus shambaas lograron reconocer a las cuatro personas que habían llegado hasta la valla.

Curiosamente, los dos lugurus no parecían temer a la mpepo : tiraban de ella por las muñecas, obligándola a avanzar.

Aparte de un taparrabos de yute gris, la hechicera estaba desnuda; los pechos secos le caían hasta el ombligo como bolsas vacías.

Charlotte nunca había visto un cuerpo tan consumido, ni siquiera tras la rebelión maji-maji ; al parecer los nativos habían abandonado a la anciana a una muerte por inanición.

Era difícil saber el motivo, quizá no tenía parientes y nadie quería cargar con ella.

Jeremy los seguía, con el arma en posición y gesto de repugnancia.

—La hemos encontrado allá arriba, pero no quería acompañarnos.

—¿Por qué la maltratáis? Podíamos hablar con ella en su cabaña —desaprobó Charlotte.

—No tiene cabaña. Estaba sentada en el suelo y se puso a chillar nada más vernos.

Charlotte sintió que las náuseas y el mareo se le pasaban de golpe, miró a la anciana con compasión y recuperó algo de esperanza. Quizá aquella mujer supiera algo que los ayudara.

—Soltadla y dadle agua —ordenó Jeremy—. Y vigilad que no se escape.

Era una precaución sin sentido. En cuanto le soltaron las muñecas, la mujer cayó al suelo y quedó hecha un ovillo. Era un triste despojo humano, jadeante, en los huesos, con los brazos y las piernas increíblemente flacos. Solo había vida en sus enormes ojos, que dirigía a sus captores.

—A lo mejor no es mpepo —murmuró para sí Jonas Sabuni, confuso—. Solo mujer vieja sin familia.

La anciana no parecía comprender que la calabaza hueca que le habían lanzado era para ella.

El recipiente le golpeó la rodilla y cayó al suelo.

Ella no se movió, se quedó horrorizada contemplando el objeto.

Charlotte se bajó de la mula y tomó la taza de hojalata que utilizaba cuando paraban junto a un manantial.

Muy lentamente se acercó a la mujer, recogió la calabaza y llenó la taza.

—Bebe.

Ella lo entendió. Estiró el brazo y tomó el recipiente. Debía de estar muerta de sed. Seguro que en el pueblo no había fuente y la gente recogía el agua de un arroyo colina abajo.

Charlotte la observó mientras bebía a grandes tragos. ¿Estaría enferma? Llevaba la cabeza rasurada y los lóbulos de las orejas, que tanto les gustaba adornar a los africanos con objetos multicolores, estaban rasgados y le colgaban casi hasta los hombros.

—Seguro que tiene hambre —comentó Jeremy—. Eh, vosotros: dadle un poco de la carne de ayer.

A regañadientes, los lugurus siguieron sus órdenes y sacaron un poco de carne de los zurrones, la colocaron en un trapo y le desmigaron por encima gachas de maíz secas.

Como Jeremy no se mostró satisfecho, añadieron un plátano frito a regañadientes.

Bajo ningún concepto quisieron desprenderse de los huevos cocidos.

La anciana se había bebido el agua y observaba con curiosidad sus movimientos.

Por mucho que se esforzaron en indicarle que comiera, no probó un solo bocado. De hecho, ni siquiera hizo el amago de tocar los alimentos.

—Si de verdad la han dejado aquí sola, debe de estar al borde de la muerte —reflexionó Charlotte.

Jeremy se encogió de hombros, sin saber qué decir.

—Intentemos preguntarle algo —sugirió finalmente.

La comunicación fue más difícil de lo esperado porque los lugurus hablaban otro dialecto y no conseguían que la anciana los entendiera.

Al principio no contestó, se quedó mirando fijamente a Charlotte con sus grandes ojos asustados; seguramente era la primera vez que veía una mujer blanca.

Al final, uno de los porteadores le dio un rodillazo en el hombro y por fin la hizo hablar.

Tenía la voz muy aguda y algo ronca, parecía una niña enfadada.

Sí, había visto al daktari. Era alto y delgado, con el pelo rubio y barba.

—¿Dónde está? —se entrometió Charlotte, pero la anciana se lanzó a su propia verborrea.

Según dijeron los intérpretes, no tenía casa desde que sus dos hijos murieron y su marido la repudió.

Vivía en los límites del pueblo. Solo a veces, durante la temporada de lluvias, la dejaban refugiarse en alguna cabaña.

Debía contentarse con lo que le daban y, cuando la comida escaseaba, se alimentaba de hormigas y de plantas.

Tampoco podía beber del arroyo donde las mujeres recogían el agua.

—Preguntadle si vio lo que pasó con el daktari.

Por fin parecía que la mujer entendía. Dejó de mecerse adelante y atrás mientras hablaba y miró a Charlotte con expresión de miedo.

El daktari se había ido a lomos de una mula. Extendió el enflaquecido brazo y señaló al sudoeste. Por allí.

—¿Por allí? ¿Seguro que no se fue hacia el norte?

Ahora la anciana sacudía la cabeza mientras hablaba.

A veces se le veían los dientes, mellados y muy grandes.

Los lugurus tenían problemas para traducir porque las palabras parecían manar sin sentido: no, se fue hacia la sabana.

El daktari era un curandero, un gran mago.

Tenía mucha fuerza y caminaba sobre las nubes.

El rayo y el trueno lo obedecían. La tormenta lo transportó a la sabana, donde seguiría a los búfalos y a los ñus hacia el oeste, buscando el agua y los verdes pastos…

—Va a resultar que la dejaron aquí porque le falta un tornillo… —opinó Jeremy, disgustado por aquella respuesta—. Charlotte, si los nativos le dieron una mula a su marido, seguro que fue hacia el norte, buscando el ferrocarril de Morogoro.

Ordenó que le dieran más agua a la anciana y se llevó a Charlotte aparte para poder hablar con tranquilidad.

—¿Por qué iba a mentirnos, Jeremy? —preguntó ella—. Quizá George temía el sendero de montaña y decidió atravesar la sabana.

—¿Totalmente solo? ¿Sin provisiones? ¿Desarmado? ¿O cree que los nativos le devolvieron la escopeta?

—Quizá pretendía llegar a Kilosa, también allí hay estación de tren. O a Iringa…

Por primera vez desde que habían partido, Jeremy perdió la paciencia:

—¡A Kilosa! ¡Pero si está a una distancia dos veces mayor que Morogoro! Nadie en su sano juicio intentaría llegar allí. ¡Y menos aún a Iringa! Son doscientos kilómetros de sabana y de selva.

—Pero… si George tenía la viruela, nunca se le ocurriría ir a una estación de tren. No querría contagiar a nadie.

Jeremy la miraba fijamente y ella comprendió que sus palabras no tenían sentido. Si George estaba enfermo, no lograría llegar muy lejos, ni siquiera a Morogoro.

—Escuche, Charlotte —comenzó el inglés, en tono más suave—, esto es lo que haremos…

Pero una furiosa exclamación lo interrumpió, seguida de una segunda. Después se oyeron las carcajadas de Johannes Kigobo.

—Mujer vieja es ágil como suricato y rápida como salamandra…

La anciana había esperado un momento de descuido y, en un par de saltos, se había puesto a salvo. A pesar de su estado, conservaba una fuerza extraordinaria y una gran habilidad. Los negros la buscaron durante un rato, revisaron todas las cabañas y todos los arbustos, pero había desaparecido.

—A lo mejor sí es mpepo —reflexionó Jonas Sabuni, preocupado—. No sabemos si mpepo buena o mala… Por suerte Jesucristo es gran bwana y reina sobre todos hechiceros.

—No es necesario que me busques —dijo George con una sonrisa, recolocándose las gafas de montura dorada—. Estoy a tu lado, Charlotte.

—No es verdad.

Él estaba sentado, un poco incómodo, en una dura silla de escritorio hecha de oscura madera labrada.

En realidad, aquel mueble debía estar en el estudio del pastor Henrich Dirksen, el abuelo de Charlotte, pero la habían bajado al salón porque, cuando la familia iba de visita, hacían falta más asientos.

—Siempre estoy a tu lado, amor mío, desde que tenías quince años. Sé que siempre será así. Tú y yo no podemos sepa­rarnos.

Tenía las piernas cruzadas y se inclinaba para coger un libro que reposaba en la tapa del piano. Junto al instrumento se levantaba un biombo forrado de seda roja que mostraba las gráciles siluetas de dos grullas con penachos plateados en la cabeza.

—Pero…, pero te echo de menos, George —sollozó—. Estoy sola por las noches, no siento tu cuerpo, no te oigo, no te veo…

—Debes tener paciencia, Emily. ¿Qué son unas pocas se­manas?

Esa era la voz de su padre. Qué extraño que, tantos años después, recordara su timbre.

Aquella frase se le había quedado grabada.

No se dirigía a ella, sino a su madre, que había estado llorando porque el capitán Dirksen había vuelto a embarcarse en una larga travesía.

Ahora Charlotte distinguía el rugido del mar, las olas rompían con violencia contra el casco de madera del velero, se convertían en espuma y su bruma blanquecina se extendía por la cubierta.

De pronto el barco apareció ante sus ojos, aquel bello velero que de niña había admirado tantas veces.

En ese navío partieron hacia la eternidad sus padres y el pequeño Jonny, surcando el mar azul…