Capítulo 13 #10
—Tenga cuidado —contestó, preocupada—. Los askaris no fueron precisamente delicados, así que puede encontrarse actitudes hostiles.
—Seré muy prudente. Después de visitar el pueblo, nos dirigiremos hacia el norte —continuó, con la vista clavada en los dos lugurus .
Estaban agachados junto a un arroyo, manteniendo una acalorada conversación en su lengua materna—.
Si su marido conservaba la lucidez, cosa en la que confío, no huiría hacia el sur, donde comienza la sabana y no hay enclaves alemanes.
Marcharía hacia el norte, tratando de acercarse al Ferrocarril Central.
—Puede ser —murmuró ella—. De todos modos, ha participado en muchas expediciones y se las ha arreglado muy bien en lugares solitarios. No creo que le importe mucho localizar los pueblos alemanes…
Jeremy guardó silencio un rato, como si consultara las cosas consigo mismo. Después afirmó que debían considerar todas las posibilidades, por pequeñas que fueran. Aun así, ella tenía razón, lo más importante era preguntar a los nativos.
—Lo encontraremos, Charlotte —aseguró con voz firme, poniéndole la mano en el hombro en un gesto de ánimo.
Ella no estaba tan convencida. ¿De verdad Jeremy creía que podían encontrarlo? Pensándolo bien, ¿por qué habría insistido en acompañarla si no fuera así?
—Al final volveremos exhaustos a Dar es-Salam y resultará que George estará allí, sano y salvo y tan contento —bromeó con tristeza.
—Bueno, no sería el peor desenlace, ¿verdad?
—Ay, Jeremy, daría lo que fuera para que esto acabara así.
Él asintió varias veces, sin mirarla, y luego revisó la altura del sol.
—¡Continuamos! —gritó a los negros—. Que quede claro: ¡este perro hará pedazos a quien se separe del grupo sin mi permiso! Le encantan los cobardes que intentan escapar…
Simba, que había recorrido todo el trayecto sin problemas, se alegraba de retomar la marcha.
Todas las miradas se clavaron en él. Los dos lugurus y los tres porteadores de Morogoro no sabían si bwana Brooks estaba bromeando o si en aquella ocasión hablaba en serio.
Los shambaas , que conocían al perro desde hacía tiempo, no tenían ningún miedo de sus terribles colmillos.
Pero, claro, ellos no pensaban escaparse.
La selva se hacía menos densa y ya no había niebla, por lo que resultaba posible distinguir algunos campos y las cabañas redondas de barro de los poblados.
A Charlotte le parecieron bastante pequeños: tendrían unas veinte o, como mucho, veinticinco casas apiñadas y normalmente rodeadas por un seto verde grisáceo para mantener dentro a las gallinas y a las cabras.
Por desgracia, les resultó casi imposible hablar con sus habitantes.
En tres ocasiones pararon en las cercanías de algún asentamiento y esperaron a que apareciera alguien, pero ni los niños ni los jóvenes guerreros se les acercaron.
Era una mala señal. Aun así, Jeremy no se daba por vencido y se aproximaba a los matorrales de los poblados, acompañado de un porteador luguru .
Solo al tercer intento logró cruzar unas palabras con un anciano, que le aseguró que ellos no habían robado nada ni secuestrado a nadie.
Tampoco habían visto nada. No podían prescindir de las gallinas ni de las cabras porque los askaris se habían llevado todo el maíz y gran parte del mijo.
—Ese condenado teniente Von Diel investigó tan a fondo que los nativos van a tardar años en olvidarlo —gruñó Jeremy de mal humor.
—No se olvide de mencionarles a George —insistía Charlotte, que tenía una opinión muy clara del militar desde hacía tiempo—. Al fin y al cabo, los vacunó contra la viruela.
—No he visto ni rastro de eso.
—Qué raro. No puede ser…
Suspiró con desaliento, había imaginado que la búsqueda sería más sencilla.
Bueno, en realidad no había imaginado nada, se había lanzado a ciegas a aquella expedición.
Quizá el impresentable de Von Diel tenía razón.
Era casi imposible localizar a un desaparecido en aquel paraje tan accidentado y poblado de tribus hostiles.
¿Dónde debían buscar? George podía estar tras cualquier peñasco o en cualquier grieta.
Era incluso posible que aquella mañana, entre la niebla, hubieran pasado por su lado sin verlo.
—Ya queda poco —la animó Jeremy—. Pero, si se siente cansada, podemos levantar aquí el campamento y continuar mañana.
—Me encuentro bien, Jeremy.
Se esforzó por aparentar tranquilidad y mantenerse erguida en la silla porque él le lanzaba de vez en cuando miradas de preocupación e incluso se le acercaba, como si quisiera comprobar que de verdad estaba bien.
Llevaban ya un rato cabalgando por la meseta Lukwangule, un paisaje árido atravesado por un fino arroyuelo que parecía a punto de secarse en cualquier momento.
Claramente sus habitantes no vivían en la opulencia.
Quizá tras la temporada de lluvias fuera posible cultivar la tierra, pero en aquel momento de sequía tan solo había rastrojos agostados en los campos barridos por el viento.
De vez en cuando las acacias mostraban la filigrana de sus copas; crecían muy cerca unas de otras, como para protegerse de la aridez.
En un momento dado vieron un bello tamarindo solitario.
Les zumbaban en los oídos los silbidos de los suricatos, aunque los graciosos animalillos no se dejaban ver.
Se escondían en sus madrigueras y esperaban a que el trote de las monturas se alejara.
La amenaza de Jeremy había surtido efecto: los porteadores lugurus ya no parecían estar a punto de escaparse. Al contrario: se los veía contentos, cabalgaban en cabeza, charlaban alegremente y no pedían descansar cada cinco minutos, como habían hecho por la mañana.
—Ahí está pueblo de gente mala —anunciaron de pronto—. Muchos guerreros con lanzas y escudos. Vinieron y fingieron ser amables. Pero luego se llevaron daktari , lo ataron a árbol y metieron en cabaña.
El poblado se veía desde la distancia gracias a que se encontraba en una elevación y a que, además de un buen número de cabañas, contaba con una gran casa rectangular.
Allí no había seto, sino una valla con bastantes huecos, aunque los cercados de las demás poblaciones tampoco estaban bien cuidados.
Aun así, a Charlotte le pareció que había algo extraño en aquel lugar.
¿Quizá esa sensación se debía a que entre las cabañas no crecía ni una sola platanera, sino matojos salvajes?
—Si bibi nos da monedas, vamos y preguntamos por daktari —propuso con arrojo uno de los lugurus .
—Iré yo —replicó Jeremy—. Y vosotros venís conmigo.
Charlotte deseaba acompañarlos, pero el joven insistió en que los esperara protegida por los shambaas y a una distancia segura.
—¿No le parece muy raro que de pronto sean tan voluntariosos? —preguntó ella mientras se aproximaban.
—Estoy totalmente de acuerdo. Es muy extraño.
El inglés forzaba la vista, vigilando sin descanso las cabañas. Empuñaba el arma, que habitualmente llevaba a la espalda. Charlotte sabía que le había quitado el seguro.
—¿Cree que piensan atacarnos?
—Lo habrían hecho hace tiempo.
Tenía razón. Desde la elevación resultaría muy fácil distinguirlos en el árido paisaje.
Si los habitantes del pueblo abrigaban intenciones hostiles, contaban con tiempo de sobra para mandar un grupo de guerreros.
La expedición constaba solo de nueve personas, cinco de ellas lugurus .
Ante un ataque, apenas tendrían posibilidades.
—En este pueblo pasa algo raro, Jeremy.
Él soltó un juramento y tiró de las riendas para refrenar a la mula. Tras ellos, Jonas Sabuni puso en palabras lo que debían haber comprendido hacía tiempo:
—No hay kanga , no hay mbusi , no hay toto. Pueblo vacío. Gente se ha ido.
¡Pues claro! Por eso el lugar parecía tan desolado. No se veían niños ni animales entre las cabañas. Habían talado las plataneras. De noche, las alimañas se colaban por los huecos de la valla.
—¿Y si es una trampa? —aventuró Charlotte.
Pero nadie lo creía, especialmente porque, a todas luces, los dos porteadores lugurus lo sabían todo y por eso se mostraban tan valientes.
Parecían informados desde hacía horas, pero ¿cómo?
¿Acaso habían descubierto el rastro de los habitantes del pueblo?
¿O se habían comunicado por señas con los nativos que no quisieron hablar con Jeremy?
—Si este perro sirviera para algo, podría averiguar si hay alguien escondido —gruñó el inglés—. ¡Pero solo le interesan las gallinas!
—No es su culpa. No es un perro de caza ni de patrulla…
El joven insistió en registrar el pueblo con los dos lugurus .
—Tenga cuidado, Jeremy.
—¿Ahora se preocupa por mí? —le preguntó, guiñándole burlonamente un ojo. Pero ella vio que su inquietud lo alegraba.
—Pues claro que sí —contestó con sinceridad.
Se quedó con el resto del grupo muy cerca de la valla. Mantenían a las mulas bien sujetas de las riendas para poder montar a toda prisa en caso necesario.
Sintió crecer su nerviosismo. ¿Encontrarían algún rastro de George, alguna pista de su paradero?
¿Y si de verdad se había contagiado de viruela?
¿Podía un enfermo abrirse paso por las montañas?
La ansiedad la mareó. Cerró los ojos. Una luz rojiza le atravesaba los párpados, uniéndose a los suaves torbellinos, a las alas del alba, a los rosados jirones de las nubes.
Sintió que todo daba vueltas, que los remolinos le rozaban suavemente las mejillas con un agradable frescor.
Era casi como una caricia, como un beso…
Un grito la sacó del desmayo. El chillido de pánico de una mujer.
Abrió los ojos y se agarró con fuerza a la silla, para no caerse de la mula.
Alaridos, chillidos, jadeos. Siseos furiosos. Otro grito, que era casi un sollozo.
— Mpepo! ¡Hechicera! Mpepo!