La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #9
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Capítulo 13 #9

Las mujeres la invitaron a pasar la noche en su cabaña, pero declinó el ofrecimiento.

No quería disgustar a Jeremy, que había mandado levantar una tienda solo para ella.

Por otro lado, aquella noche habría mucho ruido en el poblado porque se celebraría un festín con las tres mbusi , las cabras que ella misma había regalado, regadas con cerveza de arroz.

Se quedó un rato con las mujeres y los niños mientras los primeros bailarines, casi todos adolescentes, mostraban sus habilidades y las pobres cabras daban vueltas en los espetos.

La carne estaba deliciosa, por mucho que le disgustara la costumbre africana de decapitar al animal, asarlo y luego volver a colocar la cabeza para que la presentación resultara más vistosa.

Los tres porteadores de Morogoro y sus dos shambaas parecían pasárselo muy bien en la fiesta. Jeremy se sentó entre los ancianos del poblado y Charlotte, que lo observaba desde lejos, no pudo evitar compararlo con su marido en cuanto al modo de tratar a los nativos.

George se mostraba tranquilo y amable cuando conversaba con los africanos.

La ironía, que le encantaba utilizar con los blancos, no tenía cabida en sus interacciones con los negros.

Los trataba con respeto y sabía preguntar y escuchar; no obstante, solía adoptar un aire pedagógico.

Jeremy era muy distinto. Siempre alegre, hablaba mucho y en voz muy alta.

Escuchar no era su fuerte, le encantaba contar chistes y le complacía que los demás se rieran.

Podía enfadarse y perder los papeles por una tontería, pero jamás era violento.

Al igual que George, inspiraba un gran respeto a sus empleados negros.

Johannes Kigobo y Jonas Sabuni se entusiasmaron al saber que sería él quien guiaría la expedición.

«Se da un aire a Max», pensó Charlotte.

Max von Roden, su segundo marido, el padre de Elisabeth, con quien había sido tan feliz en su plantación del Kilimanjaro hasta que murió por la mordedura de una mamba negra en una partida de caza.

Max era totalmente distinto de su actual marido y, sin embargo, ni siquiera durante los años que duró su matrimonio había podido olvidar a George.

La había acompañado casi toda su vida, como una especie de brillante espejismo en el horizonte.

Cuando se despidió de las mujeres y salió del poblado para dirigirse a su tienda, Jeremy se levantó y la siguió.

—Espero que no esté muy disgustada por el retraso…

Ella se volvió y él la alcanzó en dos zancadas.

Cuanto más se alejaban del pueblo, más débilmente llegaba el resplandor rojizo del fuego; sus sombras, que los precedían, se fundían con el oscuro suelo del bosque.

Por entre las copas de los árboles apareció una fina luna, rodeada de estrellas brillantes.

—No podemos hacer otra cosa. De todos modos, ha sido un buen día. Mire lo que me ha dado una mujer.

Sacó el lápiz de un bolsillo y lo levantó como un trofeo. Él necesitó mirar varias veces hasta reconocer el objeto a la pálida luz de las estrellas.

—¿Era de su marido?

—Sí. Se lo olvidó en una cabaña. La mujer me lo ha dado porque cree que está encantado, que tiene una especie de magia que me devolverá a George. ¿No es bonito?

Él la miró de soslayo. A Charlotte sus ojos nunca le habían parecido tan grandes y brillantes como en la penumbra de la selva nocturna.

Avanzaron en silencio. Cerca de las monturas, Jeremy extendió unas mantas para dormir y se tumbó sobre ellas.

Del poblado llegaban alegres voces, rítmicas palmadas y los cánticos de las mujeres.

Charlotte apartó la puerta de la tienda y estaba a punto de desearle buenas noches cuando él le preguntó en voz baja:

—Ama de verdad a su marido, ¿no es así?

Al ver que ella guardaba silencio, añadió, en tono casi inaudible:

—Haré todo lo que esté en mis manos para encontrarlo, Charlotte. Se lo juro.

En las montañas Usambara, durante la temporada seca, era posible recorrer treinta kilómetros al día incluso en las zonas más impenetrables, especialmente si se contaba con buenas monturas y con guías locales. Sin embargo, en las montañas de Uluguru reinaban otras normas.

Como de costumbre, Charlotte se había despertado poco antes del amanecer y disfrutaba de los preciosos minutos que separaban la noche del día, ese momento de ilusión por la nueva jornada.

Por desgracia, aquel instante duró solo unos segundos y enseguida dejó paso al fuerte dolor que le taladraba el pecho.

Estaba sola en la tienda, le faltaba el cálido cuerpo de George, que quizá nunca volvería a tener a su lado.

Entonces oyó la voz de Jeremy que, con aspereza e impaciencia, daba instrucciones a los negros para que recogieran las cosas.

Dejó que fuera él quien organizara la partida, para eso era el jefe de la expedición, un puesto que él mismo se había adjudicado y que a ella le parecía bien.

Sin embargo, deseaba ocuparse personalmente de todo aquello que le atañía a ella, de modo que supervisaría el plegado de su tienda y ensillaría su mula ella misma.

Tras un breve desayuno, se pusieron en marcha.

Fue un día agotador que no terminó con éxito.

Siguieron durante horas un estrecho sendero que serpenteaba bajo los riscos y que los sorprendía con inesperadas curvas y obstáculos.

Tenía una anchura de pocos pies; quienes lo tallaron en la roca lo hicieron pensando en personas, no en monturas.

La mayor parte del tiempo tuvieron que caminar llevando a los animales de las riendas.

Necesitaron tentarlos para que pasaran por zonas resbaladizas, donde los regueros inundaban la senda; tuvieron que tirar de ellos para que cruzaran grietas y obligarlos a meterse entre las lianas.

La niebla ocultaba constantemente el camino, no había un solo lugar desde el que observar aquel denso infierno vegetal para poder, al menos, imaginar dónde se encontraban.

En varias ocasiones tuvieron que despejar el sendero de piedras sueltas que habían caído de los riscos.

Lo hacían con mucho cuidado por si debajo encontraban serpientes o insectos venenosos.

Para el mediodía la niebla se había levantado.

La intrincada vegetación y el pedregoso sendero se distinguían claramente bajo el cielo azul grisáceo.

Charlotte se preguntó por qué en aquellos montes cada piedra y cada roca le parecían temibles enemigos.

Se trataba del mismo esquisto que en Usambara brillaba bajo el sol y que la maravillaba.

Sin embargo, en Uluguru, sus destellos la deslumbraban como dolorosos relámpagos.

—Espíritus quieren ofrenda para el camino —anunció uno de los portadores luguru cuando pararon a descansar en una curva.

—Pues se quedarán con las ganas —gruñó Jeremy, limpiándose el sudor del bigote.

—¿Qué clase de ofrenda? —preguntó Charlotte.

—Plata. Si ponen rupias bajo piedra, camino libre y espíritu lleva bibi daktari como viento de tormenta.

Ella observó el rostro impasible de Jeremy, sorprendida de que mantuviera la calma ante un engaño tan evidente.

—Lo último que queremos es una tormenta en la montaña —repuso él con sequedad, y el porteador puso cara de decepción.

Algo después, Johannes Kigobo buscó la compañía de Charlotte. Levantaba las ramas o apartaba los matorrales para que pasara. Cuando consideró que había llegado el momento, comenzó a hablar en shambaa, su lengua materna.

—Esos son mentirosos y cobardes, bibi Johanssen. Salieron corriendo cuando enemigos atraparon bwana daktari. Ahora también quieren huir, tienen miedo.

Charlotte ya lo sabía. Pero, al igual que Jeremy, esperaba que los porteadores se quedaran por el dinero.

—Y algo más, bibi Johanssen —añadió Johannes Kigobo con gesto de disgusto—.

Tienen mucha amistad con gente de Morogoro.

Hablan misma lengua, son de misma tribu, piensan mismos pensamientos…

Jonas Sabuni y Johannes Kigobo leen en cabeza de gente de Uluguru: dentro danzan malos pensamientos como arañas venenosas y sapos de gran boca.

Hacia las dos de la tarde la espesa selva comenzó a clarear y Jeremy se encaramó a una roca para orientarse.

Sus elegantes movimientos hicieron pensar a Charlotte en los saltos de los grandes felinos, que jamás usan más energía de la necesaria.

Al regresar, anunció contento que al fin habían alcanzado el lugar donde los empinados riscos de la cara norte daban paso a unas lomas menos escarpadas.

La meseta de Lukwangule no podía estar lejos.

Hicieron el primer descanso largo y el joven se sentó con Charlotte al borde de una roca para comentar el resto del viaje.

—Tenemos un maldito problema con esta gente —explicó de mal humor—. Debí imaginármelo, pero era demasiado tentador contar con dos hombres que no solo pueden hacer de intérpretes, sino que además saben dónde se encuentra el pueblo.

Charlotte vio que estaba contrariado y se reprochaba aquella decisión. Ahora debían vigilar a los porteadores para que no los abandonaran demasiado pronto.

—Pero no querrán quedarse sin el dinero… —objetó.

—Bueno, tuvimos que pagarles una parte antes de salir. Y la fiesta del poblado corrió de nuestra cuenta… Seguro que lo tienen todo pensado. Si las cosas están tranquilas, permanecerán fieles. Pero, en cuanto se presente algún peligro, los perderemos.

Ella negó con la cabeza pesarosa. ¿Qué sucedería ahora?

¿Aquellos dos hombres acabarían siendo más un lastre que una ayuda?

La idea era localizar a George preguntando al mayor número de nativos posible.

Para eso, no parecía muy práctico que los luguru estuvieran enemistados con las tribus de Lukwangule.

—La situación es complicada, Charlotte —admitió Jeremy—. Aun así, estoy decidido a hablar con los habitantes del pueblo donde su marido estuvo prisionero. Nadie mejor que ellos sabrá decirnos qué ha sido de él.