La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #8
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Capítulo 13 #8

—¡Por supuesto que no, Jeremy! No me malinterprete: no me preocupa confiarle ese dinero, pero no puedo permitir que se ocupe de todo usted solo.

Él la miraba con el ceño fruncido. Cuando comprendió que hablaba en serio, se recogió un mechón de pelo tras la oreja y dijo con decisión:

—Pues seremos socios. ¿Es eso lo que quiere?

—Lo preferiría.

—De acuerdo. —Soltó un suspiro de alivio—. ¿Y con este qué hacemos? —Señaló bajo la mesa, donde Simba se había acomodado a los pies de su ama.

—Tendremos que llevárnoslo —repuso ella con una sonrisa—. Me sigue a todas partes, no hay nada que hacer.

El perro levantó la cabeza y estornudó con estrépito.

—No parece un gran rastreador… —objetó Jeremy—. Por lo que recuerdo de él, se dedicará a robarles las gallinas a los nativos y nos meterá en problemas.

La bestia de pelaje castaño miró desafiante al inglés y le enseñó los temibles colmillos.

—Creo que echa de menos a George —dijo Charlotte con tristeza. Y se agachó para acariciar la cabezota de su fiel compañero.

Aquella noche se retiró temprano. Cansada, se metió en la cama del minúsculo cuarto y se quedó un rato escuchando las voces procedentes de la taberna. Después cayó en el reino de los sueños. Durmió tan profundamente que solo la despertaron los ladridos de Simba. Alguien llamaba a su puerta.

—¡Buenos días! ¡La espero en el patio! —reconoció la voz de Jeremy.

¡Dios santo! El sol estaba ya bastante alto: se había quedado dormida.

Se vistió a toda prisa, se hizo un moño y recogió las cosas.

Al salir al patio encontró a Jeremy apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una brizna de hierba entre los dientes.

No había ni rastro de Jonas Sabuni y Johannes Kigobo.

—¡Por fin! —exclamó el joven al verla—. Pensaba que quería usted partir lo antes posible… ¡Llevo horas haciendo gestiones!

Aún no eran las ocho de la mañana, así que, como mucho, llevaría dos horas despierto. A pesar de todo, Charlotte se enfadó consigo misma y murmuró una disculpa avergonzada.

—Pues venga, ¡en marcha! —Con una sonrisa, Jeremy se colocó el sombrero sobre la melena cobriza.

A partir de ese momento se transformó en otro hombre.

Con una cortesía no exenta de superioridad, le explicó a Josef Gebauer que no necesitaba ni sus porteadores negros ni su guía, pero que estaría encantado de adquirir ciertos artículos siempre que la calidad y el precio fueran los adecuados.

Por increíble que pareciera, el comerciante pasó por el aro.

Jeremy compró lo estrictamente necesario y lo mandó cargar en las mulas que, entretanto, habían reunido Johannes Kigobo y Jonas Sabuni.

Jeremy no reveló de dónde habían salido, pero, al ver el gesto malhumorado del comerciante, Charlotte dedujo que el inglés habría negociado directamente con su propietario.

Charlotte se quedó muy impresionada. Lo había subestimado.

Aunque, si lo pensaba, el joven había organizado varias partidas de caza y las había acompañado de safari; conocía bien ese tipo de expediciones.

Además, era astuto e irradiaba seguridad en sí mismo.

Charlotte aprobó todas sus decisiones y abonó el importe que logró negociar.

Pasado el mediodía alcanzaron las primeras estribaciones de las montañas, que se alzaban más de dos mil metros en forma de cordillera rocosa.

Johannes Kigobo y Jonas Sabuni enloquecieron de alegría.

Repetían sin parar que era como estar en Usambara, aunque esta o aquella planta no crecían en su tierra.

— Bibi Johanssen, esta montaña es como hermano pequeño de Usambara. Hermano pequeño no hace daño a daktari Johanssen. Aquí hay muchas plantas que curan personas.

Durante bastante tiempo avanzaron por un sendero que ascendía entre escasos matorrales.

Después llegaron a un denso bosque donde dejaron descansar a las monturas.

Hacía fresco bajo los árboles y había mucha humedad, porque de las cumbres bajaban riachuelos, grandes y pequeños, que empapaban el bosque.

Unas plantaciones rectangulares de plataneras y de maíz revelaban la presencia de un poblado cercano, pero la vegetación era tan densa que no se distinguía nada.

Desde que habían partido, Charlotte era presa de un nerviosismo que apenas lograba ocultar a sus compañeros.

Se alegraba de estar en marcha por fin, de seguir el rastro de George y de acercarse a él.

Pero, al mismo tiempo, sentía pavor ante el peor de los desenlaces; se negaba a imaginarlo, pero tendría que aceptarlo si era la voluntad del destino.

Cuando dos adolescentes del poblado se acercaron para observarlos con curiosidad, trató de hablar con ellos. ¿Habían visto al bwana daktari ? En caso afirmativo, ¿cuándo fue? ¿Alguien del poblado había sido porteador en la expedición?

No le resultaba fácil entenderse con ellos, eran lugurus, sabían muy poco suajili y ella no conocía su lengua.

Pasado un tiempo se acercaron también algunas mujeres que se unieron a la conversación.

El único resultado de los esfuerzos de Charlotte fue comprender que pretendían venderles dos cabras y una cesta de huevos.

—No está mal —opinó Jeremy con una sonrisilla—. Cómpreles las cosas. Y procure que su maldito perro no se zampe los huevos.

Él se desentendió de las negociaciones y se alejó; Charlotte imaginó que para ocuparse de sus necesidades. Sin embargo, cuando volvió, resultó que se había dedicado a hacer averiguaciones.

—Dos hombres de este poblado fueron porteadores de la expedición. Pero no quieren enseñarnos el pueblo donde su marido estuvo prisionero.

—¿Por qué no? Les pagaré bien…

Jeremy se encogió de hombros y se sacudió un escarabajo verde de la manga de la chaqueta.

—La culpa es de los askaris . Según dicen, vinieron antes que nosotros. Hacían las mismas preguntas, pero no les pagaron nada. De hecho, si lo he entendido bien, hubo palizas.

—Desde el primer momento supe que ese teniente Von Diel era un inútil. —Se encolerizó ella—. Es el militar más lamentable que he visto jamás…

Como Jeremy le hizo un gesto para que se calmara, se interrumpió. Qué seguro de sí mismo se había vuelto el joven inglés.

—También parece que hay disputas entre las tribus. Estos nativos del norte no se llevan especialmente bien con los de la meseta que está al sur.

—¿Ha descubierto todo eso en el poblado? —preguntó ella con incredulidad—. ¿Cómo ha conseguido entenderse con ellos? ¡Yo no comprendía ni una palabra!

—Todo depende de con quién hables. Los dos porteadores saben mucho suajili.

El joven sonrió con orgullo y ella se esforzó en devolverle la sonrisa.

—Creo que uno de ellos nos guiará hasta el pueblo. Está en la meseta de Lukwangule, a unos treinta kilómetros al sur de aquí.

—Eso sería estupendo, Jeremy. De verdad que le agradezco mucho su ayuda.

Él le lanzó una rápida mirada y se tocó el ala del sombrero, como si no supiera qué contestar.

Tras una breve negociación y la adquisición de más víveres, los dos porteadores se mostraron dispuestos a acompañarlos.

Sin embargo, antes debían preparar el equipaje, despedirse de sus familias y consultar al curandero, porque la tribu de la meseta era malvada y vengativa y en aquel viaje podían perder la vida.

Charlotte tuvo que resignarse: no retomarían la marcha hasta el día siguiente.

¡Otra pérdida de tiempo! Sin embargo, las mujeres la invitaron al poblado.

No parecían temer la presencia del perro y, cuantas más gallinas, maíz y plátanos les compraba, más confiadas se mostraban.

Resultó que sabían más suajili de lo que parecía en un principio, de modo que aprovechó para preguntarles por George.

— Bwana daktari hombre alto, delgado, con barba rubia. Estuvo aquí. Nos pinchó en brazo y ahora no tenemos viruela, nunca más. Toda gente de pueblo sana para siempre…

Charlotte se había fijado en que las mujeres tenían en el brazo la cicatriz de la vacuna, así como los niños. Solo algunos jóvenes guerreros se habían negado.

— Bwana daktari es buena persona. Dio medicina para niño enfermo y para anciano. Se sentaba junto fuego con hombres. Hablaban mucho. Por la noche estaba en cabaña, pero no dormía. Tenía luz en caja de lata y dibujaba con palito en un libro…

George había visitado aquel pueblo al principio de la expedición. Todo indicaba que se encontraba bien y que se había integrado con los nativos. Por la noche, escribía sus impresiones a la luz de su lámpara portátil, como siempre hacía.

—¿Tú eres su bibi ?

Una mujer la miró con ojos redondos, llenos de compasión.

—Sí, soy su bibi —confirmó ella.

—Entonces te doy cosa de bwana daktari.

Era una mujer mayor con problemas de cadera y se levantó con muchas dificultades. Entró en una cabaña haciendo crujir las hojas secas de platanera que ocultaban la puerta. Cuando regresó, tenía los ojos brillantes.

—Esto dejó bwana daktari en cabaña. Es madera mágica, te devolverá a bwana.

Sorprendida, Charlotte vio que llevaba un lápiz en la mano. Era uno de los muchos lápices casi acabados que George llevaba en todos los bolsillos. Aquel había sido azul claro con un reborde plateado en el extremo, pero estaba todo arañado, con la pintura saltada y el reborde gris sin brillo.

De pronto la invadió una inmensa añoranza de su marido y sintió muchas ganas de llorar. Sus manos habían tocado aquel objeto, con él había tomado sus notas y luego había olvidado guardarlo…

—Gracias —acertó a decir, muy conmovida e intentando contener sus emociones. Pero estas se desbordaron: la terrible tensión, la esperanza, el miedo, la preocupación por el nuevo retraso… Se echó a llorar y la mujer luguru la estrechó contra su generoso pecho y la acunó como a una niña pequeña.