Capítulo 13 #7
Tal como esperaba, había varios establecimientos indios en Morogoro, además de artesanos indios y africanos en los alrededores del mercado.
La mayoría tan solo contaban con una especie de cobertizo de madera protegido de la lluvia por una chapa ondulada; algunos africanos se contentaban con un puestecillo con tejado de paja.
Por el contrario, el negocio de Josef Gebauer se encontraba en un sólido edificio de piedra de dos plantas; seguramente la superior albergaba una parte de sus almacenes.
Tras el edificio, una valla de madera rodeaba un terreno descuidado en el que había cobertizos ruinosos, gallinas picoteando entre los arbustos, varias acacias muertas y tres mulos que pacían en la hierba seca.
A Charlotte le parecía imposible que aquel hombre pudiera proporcionarle las monturas suficientes para su expedición, pero se equivocaba por completo.
El comerciante la esperaba con impaciencia pues, nada más sonar la campanilla de cobre de la puerta, salió disparado de la trastienda para recibir a la adinerada clienta.
—Muy buenos días, estimada señora Johanssen. Me alegra mucho su visita. Por favor, mire cuanto quiera y busque a su antojo, aquí hay artículos para todos los gustos y todas las necesidades.
El comerciante pensaba que podría timar sin esfuerzo a Charlotte.
Sin embargo, ella había recorrido las calles y las tiendas con los ojos bien abiertos y había ido preguntando los precios para poder comparar.
Josef Gebauer comprendió enseguida que la bella señora Johanssen no era la presa fácil que había imaginado.
Charlotte seleccionó varias cosas para sus acompañantes: esterillas, mantas, ropa, vajilla y una tienda de campaña. Negoció con el hombre un precio justo y después abordó el asunto de los porteadores y las mulas.
—No he visto muy buenas monturas en sus terrenos, señor Gebauer…
El comerciante se apresuró a asegurarle que solo a través de él conseguiría lo que necesitaba.
—Tengo muy buenos contactos, señora. No puede prescindir de mí, especialmente para los guías. Necesita hombres de confianza, ¿o se pondrá en manos de cualquier bribón?
Y pasó a relatarle la triste historia de un especialista en mariposas proveniente del principado de Lippe-Detmold que había viajado al África Oriental Alemana hacía unos años.
Pues bien, el taimado jefe de su expedición le había robado hasta la camisa.
Por jovial que se mostrara, en aquel tema Josef Gebauer se mantuvo firme en las negociaciones y no se movió ni una rupia del precio que solicitaba.
A Charlotte la rabia la consumía por dentro. El tiempo apremiaba. Si quería que su expedición tuviera sentido, debía llegar a un acuerdo con el comerciante lo antes posible.
—Está bien, me lo pensaré —concluyó aparentando calma, aunque se le aceleró el corazón al echarse aquel farol—. Volveré mañana, o pasado mañana…
Su argucia surtió efecto. Gebauer frunció el ceño y arguyó que primero debía reunir los animales y las personas, y que eso llevaba su tiempo. Añadió que ya se sabía cómo eran los negros, que tenían todo el tiempo del mundo y no conocían el reloj…
—Qué le vamos a hacer, así es África… —contestó ella con rostro impasible. Le estrechó la mano y emprendió el camino a la fonda.
A la caída del sol regresaría para retomar el asunto. Si el hombre se mantenía firme, no le quedaría otro remedio que aceptar sus condiciones.
Ya en la habitación, bebió un poco de agua y se acostó. Hacia las cinco de la tarde la despertó el silbido de una locomotora, un sonido que se distinguía con claridad del jaleo proveniente de la cocina y del patio. Se vistió, llamó a sus acompañantes y le puso la correa a Simba.
—¿Otra vez salimos de compras? —preguntó Johannes Kigobo, que no tenía ganas de separarse de los sirvientes porque le habían sacado unos dulces de la cocina.
Pero se quedó sin respuesta porque, en aquel momento, un hombre entró en el patio. Era joven y de buena planta. De su sombrero sobresalía una cabellera cobriza y ondulada que brillaba bajo el sol.
Jeremy Brooks le contó a Charlotte que se moría de aburrimiento en la plantación. Como explicó, él no era agricultor, sino más bien un vagabundo que no aguantaba mucho tiempo en ningún sitio.
—¿Y por qué ha venido precisamente a Morogoro?
—inquirió Charlotte, tratando de no enfadarse al descubrir que Jeremy, faltando a su promesa, había puesto la dirección de la finca en manos de Peter Siegel.
Aun así, era cierto que Peter nunca dejaba de sorprenderla y quizá también en esa ocasión daría la talla.
—Tuve una corazonada…
Estaban en la taberna, en una de las mesas más pequeñas, destinadas a los viajeros de paso.
Jeremy se había sentado frente a ella; apoyaba los codos en la mesa y se inclinaba hacia adelante al hablar.
Charlotte permanecía muy erguida, bien apoyada en el respaldo.
Por mucho que se esforzara en mantener las distancias, no podía ocultar el enorme alivio que su presencia le producía.
Aquel joven, que se autodenominaba vagabundo, le inspiraba tal confianza que, de pronto, los obstáculos ya no le parecían tan insuperables.
—¿Una corazonada?
—Llámelo como quiera, Charlotte. Corazonada, intuición, instinto… Su telegrama me inquietó y pensé que aquí sería más útil que en la plantación.
Ella dudó y guardó silencio. Por un lado, sin duda el joven le resultaría de gran utilidad. Pero, por otro, pensar en internarse con él en la selva le provocaba una desagradable sensación.
—Es solo un ofrecimiento —añadió él, bajando los ojos—. Si le resulta molesto, basta con que me lo diga.
—¿Y qué pasa con la plantación? ¿Y con la capilla que tantas ganas tenía de construir?
—Vaya, dos preguntas a la vez —gruñó, girándose hacia la posadera—. Charlotte, ¿qué quiere tomar? Yo necesito echarme a la boca algo en condiciones. Y una buena cerveza para apagar la sed.
La dueña se acercó y les preguntó con una sonrisa qué deseaban. Charlotte vio la curiosidad pintada en su rostro. Seguro que se preguntaba qué hacía la señora Johanssen, que supuestamente estaba allí para buscar a su marido, con un joven tan apuesto.
—Hoy tenemos cerdo al curri con jengibre, acompañado de arroz y verduras. ¿Alquilará una habitación, señor…?
—… Jeremy Brooks. No, gracias, prefiero dormir bajo las estrellas. Tráiganos comida para dos y una cerveza decente. Esta no vale nada.
La mujer se disculpó, se ruborizó y fue a buscarle otra jarra.
«Es todo un seductor», pensó Charlotte y se le escapó una sonrisilla. Pero al momento recobró la seriedad.
—Bueno, una cosa detrás de otra —ordenó—. Empecemos por la plantación.
Él se revolvió en la silla y se frotó la barba.
—A sus órdenes, señora. La plantación va de maravilla porque hemos encontrado un administrador excelente. La primera vez que lo vi me pareció un mendigo, pero el hombre ha sido todo un descubrimiento y me ha dejado casi sin trabajo.
La miró desafiante, cogió la jarra que la dueña acababa de servirle y la levantó como si brindara a su salud.
—¿Un mendigo? —se sorprendió ella—. ¿Es el hombre que preguntó por mí en Wilhelmsthal?
—Sí, señora —respondió con un gesto de aprobación hacia la patrona, porque la nueva cerveza era de su gusto—. Un tipo más bien insignificante, no muy alto, pero vigoroso. Y un alma fiel. Se llama Jacob Götz, me dijo que ya había trabajado para usted.
—¡Dios mío! ¡Jacob Götz! —exclamó Charlotte.
Entonces le habló de su plantación en el Kilimanjaro y de los amigos Jacob Götz y Wilhelm Guckes, sin cuya ayuda no habría podido mantener la propiedad tras la muerte de su marido.
También mencionó a los malvados espíritus del fuego y la desgraciada muerte de Wilhelm.
Le venían a la mente tantos recuerdos, buenos y malos, que interrumpió su relato porque temía revelar demasiada información de sí misma.
—Así que Jacob se ha recuperado… ¡Me alegro mucho!
Jeremy la había escuchado con gran atención y ella notó que le bullían en la cabeza un montón de preguntas. Sin embargo, el joven refrenó su curiosidad, tomó un buen trago de cerveza y se limpió la espuma del bigote.
—En cuanto a la capilla, mi severa patrona —retomó—, he decidido que cumpliré más adelante con tan cristiano propósito.
Charlotte sonrió como si aquello no la sorprendiera.
—¿Por qué pone esa cara? —gruñó enfadado—. Sigo decidido a construirla. Lo crea o no, hemos excavado el terreno hasta el lecho de roca. Y ya hay allá arriba algunos bloques. Yo mismo he empuñado martillo y cincel para labrar los sillares, como hacían los romanos.
Se sintió tentada de preguntarle si también había acarreado las piedras hasta la cima, pero decidió morderse la lengua porque recordó avergonzada la escena del arroyo.
¿Habría adivinado sus pensamientos? Observó un brillo de diversión en sus ojos y se alegró de que, justo en ese momento, el posadero les sirviera la comida.
A pesar de sus esfuerzos, no pudo evitar sonrojarse.
—Bueno, así las cosas… —repuso lentamente, y guardó un silencio dubitativo.
El inglés esperó con paciencia a que el dueño colocara todos los platos y les deseara buen provecho, pero sin quitarle los ojos de encima a Charlotte. Parecía divertirse incomodándola.
Ella consideró que era el momento de informarle de lo sucedido en los últimos días y semanas, y comenzó a hablar en voz bastante baja.
La taberna se había ido llenando de clientes que los miraban con indisimulada curiosidad, por lo que Jeremy debía inclinarse hacia delante para oírla bien.
La escuchó con especial atención cuando detalló las alarmantes circunstancias de la desaparición de George, sin interrumpirla ni una sola vez.
—¿Confía en mí? —le preguntó al terminar su relato.
—Pues… sí… —contestó, no muy convencida.
—Deme quinientas rupias. Mañana tendrá en la puerta una expedición perfectamente equipada y lista para partir.