La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #6
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Capítulo 13 #6

Como paseaba el dedo por todo el mapa, sin detenerlo en ningún lugar concreto, ella solo podía tratar de adivinar cuál de todos aquellos poblados era el que le interesaba.

—Antes de que se marchara, mantuve una breve conversación con su marido —continuó el teniente mientras doblaba el mapa y lo devolvía al cajón—. Al fin y al cabo, es un escritor de renombre.

Había un deje de ironía en su última frase. Charlotte intuyó que aquel joven no era precisamente un admirador del trabajo de George.

—Algunas descripciones de sus libros son realmente brillantes, ahí no tengo nada que objetar. Pero, en general, parece que le importa más el bienestar de los negros que el esplendor de nuestras colonias. Sinceramente, ¡me ha decepcionado en ese aspecto!

Charlotte pasó por alto el comentario y le pidió que le mostrara de nuevo el mapa para poder tomar algunas notas. A regañadientes, el militar abrió el cajón y lo volvió a sacar.

—Está claro que no va a olvidarse del tema… —gruñó contrariado—. ¿Por qué es tan obstinada? ¡Solo conseguirá que ocurra una desgracia y causarnos inconvenientes de todo tipo!

—Teniente Von Diel —lo interrumpió—, yo amo a mi marido. ¿Qué esperaría usted de su mujer en una situación como esta? ¿Que se quedara en casa de brazos cruzados?

Él permaneció en silencio, aquellas palabras habían dado en el blanco. Aunque fuera un mujeriego, en el fondo deseaba tener, como todos los seductores, una esposa valiente y fiel. Su mirada fría mostró cierta vacilación y le tembló un poco una comisura.

—Esperaría que fuera razonable —contestó en un tono más suave.

—¡Pues entonces no sabe usted lo que es el amor! —replicó Charlotte con pasión.

Algo avergonzado, el militar se levantó del sillón y se situó tras el escritorio.

—Durante nuestra misión se incautaron algunos objetos —informó, sin mirarla—.

Cosas que claramente pertenecían a los miembros de la expedición.

Mañana los enviaremos con el tren a Dar es-Salam y se entregarán en la clínica Sewa Hadji.

Por supuesto, puede revisarlos ahora, quizá encuentre algo de su marido.

—Muchas gracias, teniente.

—Por desgracia, esto es todo lo que puedo hacer por usted. Si me disculpa, el deber me reclama…

Un askari uniformado la guio por un vestíbulo de paredes encaladas, se metió por varios vericuetos, se internó en un estrecho pasillo y finalmente abrió una puerta.

Las paredes del reducido almacén estaban forradas de estanterías que contenían cajas de madera y de cartón, además de zapatos, chaquetas y gorros apilados.

El suelo era de tierra compactada. En un rincón había un montón de cosas que Charlotte no pudo reconocer debido a las rayas de sol y sombra proyectadas por las contraventanas.

Cuando el askari abrió los postigos, pudo revisar con detalle aquel batiburrillo.

Distinguió un montoncito de frascos de medicinas de diferentes tamaños, con o sin su tapón de rosca; algunos rotos y todos vacíos.

A su lado vio dos bolsas de cuero, que quizá habían servido para guardar vendas, y diversas prendas que una vez fueron blancas: chaquetas, camisas, un pantalón, un calcetín, zapatos sin cordones y dos cascos coloniales a los que les faltaba el ala.

También había un farol con el cristal rallado, tres sillas de montar, seguramente para mulas, y una colección de armas: una vieja escopeta, un revólver y varios machetes.

Una brillante ban­de­ja para instrumental médico contenía tres lancetas, una pipeta de cristal quebrada, una navaja con las cachas de nácar y un anillo dorado.

Ninguna de aquellas cosas pertenecía a George.

Vacilante, se arrodilló para tomar un cuadernito con tapas de cuero.

Al abrirlo, descubrió que las páginas estaban en blanco, además de combadas por la humedad. Así que lo dejó donde estaba.

—Nada —dijo abatida, conteniendo las lágrimas ante el askari, que observaba todos sus movimientos. El hombre comprendió su dolor e hizo un gesto de compasión.

De nuevo en el patio del boma, desató a Simba y se dirigió con él a la fonda para desayunar y reunirse con sus acompañantes.

Se sentía triste y decepcionada porque esperaba más de la visita al teniente.

Entretanto, la neblina de la mañana se había disipado y los contornos del paisaje destacaban bajo el sol resplandeciente.

La pequeña ciudad se despertaba, un grupo de trabajadores martilleaba junto a las vías y cerca de la oficina de correos se construían nuevos edificios; las mujeres mezclaban el mortero con los pies descalzos.

Jonas Sabuni y Johannes Kigobo estaban ante la fonda, acuclillados en un corrillo de sirvientes negros.

Disfrutaban de las gachas de maíz, los plátanos y las verduras que les habían ofrecido y, a cambio, entretenían al grupo como mejor sabían.

Hablaban en una mezcla de shambaa y suajili, ayudándose de expresiones alemanas.

Y cuando las palabras les fallaban, se servían de su gran talento teatral.

Jonas Sabuni cosechaba grandes risotadas mientras describía con gestos muy gráficos cómo el pan de maíz le había vuelto a salir del cuerpo.

Charlotte sabía que lo había pasado fatal, pero ahora era él mismo quien se lo tomaba a risa.

Entonces se abrió una puerta y apareció la enrojecida cara del posadero.

Insultó a los negros llamándolos «pandilla de vagos» y «gandules», y les recordó que tanto en los establos como en el huerto quedaba mucho trabajo por hacer.

Sus empleados parecían acostumbrados a aquello; se levantaron sin prisa, sonrieron amablemente y se marcharon.

—¿Querrá quedarse también esta noche? —preguntó el dueño a Charlotte en tono zalamero—.

Mi mujer le ha preparado un refrigerio, ¿o ya ha tomado algo?

Hoy esperamos varios huéspedes interesantes de Dar es-Salam, un funcionario de correos con su familia y dos damas enviadas por una agencia matrimonial…

Charlotte pretendía explorar algunas tiendas y hacer varias compras.

Probablemente acabaría adquiriendo casi todo lo que necesitaba en el negocio de Josef Gebauer, pero en aquella ciudad tenía que haber también comerciantes indios.

El sol brillaba ya con toda su fuerza, de modo que decidió tomar un buen desayuno para poder pensar con la mente despejada.

—Su esposa es muy amable —contestó, siguiendo al hombre.

—Buenos días, señora Johanssen —saludó educadamente la patrona, y se dispuso a prepararlo todo. Charlotte se acomodó en una mesa junto a la barra.

Sus pensamientos regresaron a las compras y al comerciante Josef Gebauer.

Antes de partir de Dar es-Salam, había retirado una suma considerable del Banco Alemán del África Oriental, que llevaba en una bolsita colgada del cuello.

Mientras tuviera a Simba a su lado podía despreocuparse de los robos, pero bajo ningún concepto quería malgastar el dinero.

El refrigerio resultó abundante, aunque no muy bueno.

Consistía en carne fría del día anterior con una fuerte salsa de pimienta y un jamón de cerdo ahumado que el dueño hacía traer de la costa, acompañados de un gomoso pan de cebada.

Se completaba con una compota de varias frutas, entre las que Charlotte distinguió mango, plátano y piña.

Al menos el café era aceptable, aunque algo flojo y obtenido de un grano demasiado tostado.

Desganada, tomó un bocado tras otro para mantener las fuerzas mientras sentía crecer su desánimo.

Había sabido desde el principio que no sería fácil cumplir su propósito, menos aún siendo una mujer totalmente sola.

Pero de pronto los obstáculos le parecieron insalvables y empezó a dudar de que su plan tuviera algún sentido.

Gudensen, Gebauer y Knappert tenían razón, igual que el teniente Ernst von Diel.

¿Cómo iba ella a encontrar a un hombre que vagaba enfermo y solo por las montañas?

George tenía «mucha experiencia en la jungla», como siempre decía, y podía llevar ya algún tiempo a salvo.

Quizá había logrado que lo curaran en alguna clínica o incluso la esperaba ya en Dar es-Salam.

Pero ¿y si no era así? ¿Y si seguía en las montañas, consumido por la fiebre y al final de sus fuerzas?

Por insensato que fuese su plan, siempre sería mejor que quedarse en casa cruzada de brazos.

Informó al posadero de que por el momento mantendría la habitación y se retiró a descansar.

Mandó a los jóvenes shambaas a la oficina de correos para averiguar si había recibido algún telegrama o alguna llamada telefónica.

Regresaron con el mensaje de que Peter Siegel había llamado desde Wilhelmsthal para interesarse por ella, enviarle recuerdos y desearle la protección de Dios.

Como ella ansiaba que la llamada fuera de George, tuvo que esforzarse por ocultar su desilusión. Al parecer, Klara había enviado a su marido a Wilhelmsthal para que averiguara cómo iba su viaje.

—Vámonos a comprar —ordenó a sus escoltas mientras le ponía la correa a Simba.

Se sentía más despejada tras haber dormido un poco; las dudas y los miedos habían desaparecido.

Bajo el sol del mediodía la localidad y sus alrededores le parecieron mucho más animados, rebosantes de color y de alegres sonidos.

A ambos lados de la calle había árboles de mango cuyos frutos, verdes y alargados, estaban ya maduros.

Cuando caían al suelo, atraían a los insectos con su irresistible aroma dulzón.

Las mujeres regresaban de los campos descalzas, con la ropa rasgada y cubiertas de un polvo rojizo.

En la cabeza llevaban cestos llenos de legumbres y cacahuetes, y bromeaban unas con otras.

¿Por qué no puedo confiar en el futuro, como hacen estas mujeres?, se preguntaba Charlotte. Aunque desconocían cómo sería la próxima temporada de lluvias, o si llovería siquiera, se reían y se limitaban a desear que todo saliera bien.