Capítulo 13 #5
—¡Tranquilo, hombre! —replicó el dueño de la plantación—. Sírvenos otra ronda, a esta invito yo.
El ambiente se relajó y, sobreponiéndose a su aversión, Charlotte decidió quedarse para averiguar lo que pudiera sobre el paradero de su marido.
—¿Qué otras cosas contaron los nativos? —insistió al funcionario.
—Pues tonterías de todo tipo. Lo que no se inventen los negros… —contestó—. Que el doctor solo había pasado allí una noche y después lo habían echado porque estaba enfermo y temían contagiarse. Al parecer, el señor Johanssen tenía la viruela.
—¿La…, la viruela?
—Bueno, ya está bien, ¡es usted un bocazas! —se indignó Gebauer desde el otro lado de la mesa—. ¿Es que le divierte difundir rumores? Horrorizar así a una pobre mujer que busca a su marido… ¡Qué desvergüenza! ¡Es usted un canalla!
—Y me lo dice usted, Gebauer… —respondió el otro al momento, que después se concentró tranquilamente en la cerveza recién servida.
El comerciante miró a Charlotte y le dijo con una sonrisa agradable y tranquilizadora:
—No deje que la confundan, mi querida señora. Yo estoy convencido de que su marido sigue con vida. Si tiene pensado pagar a alguien para que averigüe su paradero, puedo serle de gran ayuda…
—Me parece buena idea —secundó al momento el plantador Gudensen—. No hay que dejar piedra sin remover, para no tener luego nada que lamentar…
Charlotte asentía, pero estaba ausente. ¿De verdad era posible que George, que llevaba años tratando enfermos de viruela y participaba por segunda vez en la vacunación de los nativos, se hubiera contagiado de aquella enfermedad traicionera?
Pero ¿acaso no estaba vacunado? Seguro que sí, pero no sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que se puso la vacuna.
—Puedo ofrecerle excelentes monturas a un precio muy moderado.
Sobre todo mulas, pero también algunos buenos caballos.
Por supuesto, con todo el equipamiento, provisiones y armas.
Puedo encontrarle un cocinero y unos cuantos porteadores.
Y tengo en mente a ciertos aventureros muy experimentados que podrían hacerse cargo de una misión como esta…
Poco a poco Charlotte volvió en sí. Se dio cuenta de que Josef Gebauer le estaba ofreciendo una expedición al completo.
Era un comerciante menos avispado que Kamal Singh, que jamás la habría presionado.
Pero Gebauer tenía el monopolio en aquel lugar o, al menos, eso se desprendía de sus palabras.
Seguramente tendría que contar con sus servicios si quería llevar a cabo su plan.
—Escúcheme, señora Johanssen —se apresuró a intervenir el funcionario Knappert—. Una misión así sería totalmente absurda y costaría muchísimo dinero. ¿Quién podría encontrar a un hombre enfermo que vaga por las montañas? Si ni siquiera lo han logrado los askaris…
—¿Cómo puede decir eso? —lo interrumpió Gudensen indignado—.
¿Es que no tiene fe en Dios? La señora hará lo que su conciencia le dicte y todos nosotros la ayudaremos.
Para eso somos compatriotas alemanes, ¿verdad?
Señora Johanssen, mi plantación no está lejos de aquí, sería un honor tenerla como invitada mientras espera el regreso de los hombres.
No puede quedarse todo el tiempo en esta fonda…
Estoy seguro de que se encontrará a gusto en mi finca.
Charlotte se dio cuenta de que el ofrecimiento no era en absoluto desinteresado. Agradeció la generosa invitación, pero añadió que, por desgracia, no podía aceptarla porque pensaba buscar personalmente a su marido en las montañas de Uluguru.
—Pero… ¡pero eso es imposible, señora Johanssen! —exclamó Gudensen, horrorizado.
—Se perderá y encontrará una muerte segura. O algo peor, si cae en manos de los nativos —lo secundó Horst Knappert mientras las dos mujeres se llevaban las manos a la boca en un gesto de espanto.
—Eso ya lo veremos, señores —repuso con voz firme, levantándose de la mesa—. Les deseo buenas noches.
Apenas logró pegar ojo. No solo le quitaba el sueño la preocupación por George, sino también Simba, que la despertaba cada vez que se quedaba dormida. Pasada la medianoche, muchos clientes abandonaron la taberna entre gritos y golpes, a los que el perro respondía con fuertes ladridos.
Al día siguiente se levantó muy cansada de la incomodísima cama y apartó un poco la cortina para mirar por la ventana.
Una empleada negra arrastraba un cubo de basura por el patio y tres gallinas marrones picoteaban los escasos granos que les habían lanzado.
Además, oyó los gritos de los dueños, que se estaban peleando.
No había ni rastro de Jonas Sabuni ni de Johannes Kigobo.
Decidió dejarlos dormir y acudir sola a las dependencias de las tropas coloniales alemanas.
Si tenía suerte, el oficial de turno podría darle alguna información.
El cielo estaba cubierto de un polvo blancuzco que, aunque dejaba pasar la luz del sol, ocultaba su brillo.
Tanto la localidad como el paisaje circundante estaban envueltos en una fina niebla; el verde de los árboles y de la maleza aparecía teñido de un color lechoso y, en el sur, las montañas habían adquirido pálidos tonos pardos y grisáceos.
Aparte de la estación y de la torre del reloj, había pocos edificios grandes en Morogoro: la oficina de correos, la administración local, la fonda y algunas casas construidas para los funcionarios alemanes que vivían allí.
El boma, que alojaba la guarnición del ejército colonial, se había levantado como una fortificación, aunque no parecía que nadie temiera de verdad algún ataque.
Ante sus muros merodeaban un grupo de mujeres negras y de niños.
Seguramente era día de paga y las esposas de los askaris los esperaban para que les entregaran el dinero y así evitar que se lo gastaran en cualquier cosa.
Su sospecha se confirmó una vez dentro. Tan solo los centinelas permanecían en sus puestos, los demás askaris hacían cola ante la oficina de retribuciones. Pasó cierto tiempo hasta que alguien se fijó en ella y, siguiendo sus deseos, la condujo al despacho del comandante.
El teniente Ernst von Diel la recibió con la cortesía debida. No obstante, Charlotte notó que su visita le resultaba molesta.
—Señora Johanssen, la estábamos esperando. ¿Ha tenido buen viaje? Por supuesto, podemos ofrecerle alojamiento en la guarnición…
—Es muy amable, teniente, pero no será necesario.
Algo nervioso, le ofreció un sillón y, tras ordenar que les sirvieran té y un refrigerio, tomó asiento frente a ella.
—Por desgracia seguimos sin tener buenas noticias, señora Johanssen. Aun así, le aseguro que no nos damos por vencidos. Puede que los nativos sean muy tercos, pero no dudo de que…
Lo escuchó con paciencia, aunque en realidad apenas le contó nada nuevo. El joven funcionario de la noche anterior estaba muy bien informado.
El teniente Von Diel vestía con extrema corrección, su claro uniforme estaba impecable.
Sus mejillas, perfectamente afeitadas, desprendían el olor dulzón del agua de colonia.
Le clavaba unos ojos de un color azul grisáceo, rodeados de pestañas oscuras.
Realmente era el tipo de militar joven y apuesto que conquistaba el corazón de las mujeres.
¿Qué lo habría llevado al África Oriental Alemana?
—Quisiera hacerle una sugerencia, estimada señora Johanssen —dijo para finalizar su intervención, mientras indicaba al boy que sirviera una taza de té a la invitada—.
Morogoro no es lugar para una joven hermosa.
Aunque me agradaría mucho tenerla un tiempo con nosotros, pienso que estará más protegida en su residencia de la costa.
Regrese a Dar es-Salam y espere allí a conocer los avances que hagamos.
Charlotte no esperaba otra cosa. Con parsimonia, se puso una cucharadita de azúcar y removió el té.
—Tengo intención de buscar yo misma a mi marido, teniente. Le agradecería que me mostrara en un mapa la localización del pueblo donde lo retuvieron.
Él hizo un gesto de sorpresa y después contestó con firmeza:
—Será mejor que lo olvide, señora. Ya hemos liderado una expedición de castigo, hemos registrado a fondo el pueblo y los alrededores. Puede estar segura de que no pasamos nada por alto.
—De todos modos, quiero intentarlo.
Resultó evidente que el militar no contaba con encontrar resistencia, y menos por parte de una mujer, porque, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse impasible, se le ensombreció el rostro.
—Señora, debo rogarle encarecidamente que abandone ese plan absurdo. Para empezar, porque las montañas de Uluguru son un caldo de cultivo para la viruela. Además, puede haber altercados con los nativos. Aunque ahora los tengamos a raya, ¡son muy rebeldes!
Interpretó el silencio de Charlotte como una señal de asentimiento y, casi como gesto de buena voluntad, sacó del cajón del escritorio un mapa dibujado a mano.
Ella distinguió el trazado horizontal del Ferrocarril Central, algunas poblaciones que se encontraban junto a las vías, como Morogoro o Kilosa, y, más abajo, las montañas de Uluguru.
Su parte norte estaba sombreada en un tono más oscuro, parecía una zona de pronunciados riscos.
El macizo se extendía hacia el sur, conformando varias elevaciones y una meseta.
Los poblados aparecían marcados con puntos negros, unas finas líneas azules representaban los ríos o arroyos, y otras líneas tortuosas indicaban los senderos de los nativos.
En los márgenes del mapa alguien había garabateado a mano varios datos referidos a la altitud, pero Charlotte no logró descifrarlos.
—Como puede ver, el pueblo se encuentra en una meseta en la vertiente sur de la cordillera.
Se trata de una región muy salvaje, por eso no entendemos que su marido quisiera ir precisamente allí.
La zona es tan remota que resulta dificilísimo acceder para reclutar nativos.
Entonces ¿para qué demonios necesitamos vacunarlos?