Capítulo 13 #4
Llegaron a Morogoro poco antes de la puesta de sol.
Charlotte se sentía enferma, casi con fiebre.
Los claros edificios parecían estar cubiertos por una cúpula de polvo rojizo y en la lejanía se desdibujaban los contornos azulados de las montañas.
Al parecer, las montañas de Uluguru tenían hasta dos mil metros de altura.
Un paraje que seguramente podía rivalizar en belleza con las montañas Usambara.
Sin embargo, en ese momento, con la cabeza retumbando y el cuerpo dolorido, aquellas oscuras sombras le parecieron temibles dragones que la acechaban más allá de Morogoro.
Tan solo había una fonda que alquilaba habitaciones, tan pequeñas que más bien parecían cubículos para ganado. En un primer momento el dueño, un bóer rubio, rechazó enérgicamente a Simba, pero cambió de opinión en cuanto Charlotte se mostró dispuesta a pagar por él.
—Pero dormirá en su habitación. No quiero que esa bestia muerda a mis huéspedes —advirtió, con muy poca amabilidad.
Cuando pasado un rato entró en la taberna con Simba sujeto de la correa y se sentó a una mesa vacía, la patrona la miró con horror, pero no se atrevió a decir nada.
Charlotte encargó comida para ella, se ocupó de que sus acompañantes, que se habían quedado afuera, también recibieran alimentos, y al terminar pidió los restos y un cuenco de agua para el perro.
La mayoría de las mesas estaban ocupadas por hombres blancos: funcionarios alemanes de la administración o de correos, dueños de las plantaciones de sisal de los alrededores y un grupo de hombres de negocios que se dirigían a Kilosa, una población situada unos cien kilómetros al oeste donde pocas semanas atrás se había inaugurado una estación de ferrocarril.
Solo en una de las mesas más grandes descubrió, entre los clientes masculinos, a dos mujeres blancas.
A juzgar por su ropa y su comportamiento, desde luego no eran esposas de nadie; sus intenciones resultaban evidentes.
Entonces se acordó de Sarah William, la «dama» siempre llamativamente arreglada, dueña de infinitos vestidos y sombreros, que había viajado con ellos al África Oriental Alemana en el vapor correo imperial y de la que no sabía nada desde hacía años.
También Sarah se ganaba la vida de ese modo reprobable y se había entregado al pecado.
Sin embargo, tenía cosas buenas y fue una amiga fiel para ella y para Klara durante los duros comienzos en Dar es-Salam.
Sintió que la observaban. Los hombres intercambiaban comentarios y hacían preguntas a la patrona a media voz, que esta contestaba lanzando miradas a su clienta femenina.
Charlotte fingía indiferencia. Pues sí, estaba sola. Era una mujer sin la compañía de un hombre. Sus empleados negros no podían acceder a la taberna y, de hecho, para los europeos era como si no existieran.
Finalmente, un tipo fornido de barba rubia y con la piel clara quemada por el sol se levantó de la silla. Permaneció de pie donde estaba, apoyó las manos en la mesa e inclinó educadamente la cabeza.
—Señora, permita que me presente: soy Johann Gudensen. Poseo una plantación de sisal situada veinte kilómetros al sur de aquí. En nombre de mis amigos, le doy nuestra más cordial bienvenida.
Se había hecho el silencio. Tan solo se hablaba en la mesa de los parroquianos habituales, junto a la barra. Todos los demás hombres, y también las dos mujeres, observaban a Charlotte con gran curiosidad.
—Muy amable por su parte, señor Gudensen. Muchas gracias.
Sonrió por compromiso y le dio un golpecito a Simba con la rodilla para que dejara de gruñir.
—Vaya guardián más peligroso lleva —apuntó un hombre de barba morena y nariz aguileña—. ¿De qué raza es? ¿También ataca a los negros?
—Me lo encontré.
—Me vendría muy bien uno así. Soy Josef Gebauer, por cierto. Tengo una tienda en la ciudad, hago la competencia a los condenados indios. En mi tienda vendo de todo, desde ollas hasta alfombras voladoras. ¡Ja, ja, ja!
—¿Nos haría el honor de acompañarnos, estimada señora? —preguntó otro, que se presentó como Horst Knappert y que debía de ocupar algún puesto funcionarial de bajo rango. Los altos funcionarios no solían mezclarse con otras personas, casi nunca se los veía en establecimientos públicos.
Charlotte dudó por un momento. No resultaba decoroso aceptar un ofrecimiento así; es más, era de todo punto reprobable hacer semejante invitación a una joven en edad casadera.
Sin embargo, aquellos hombres no le parecieron borrachos ni violentos, sino más bien algo aburridos.
Casi seguro que allí no pasaba gran cosa.
Y quizá podrían responder algunas preguntas.
—Pues… No acostumbro a inmiscuirme así en reuniones ajenas…
—¡Para nosotros sería un placer!
Acercaron una silla y todos se apretujaron para hacerle sitio.
Simba se metió bajo la mesa y se dedicó a olisquear las perneras de los hombres y las faldas y zapatos de las mujeres.
La de más edad soltó un chillido, pero se calló al instante y permaneció totalmente inmóvil cuando Charlotte la advirtió de que bajo ningún concepto debía sobresaltar al perro.
—Me llamo Charlotte Johanssen.
—¿Johanssen? ¿No será…? ¿Está usted emparentada con el médico que ha desaparecido en las montañas? —se interesó el rubio plantador de sisal.
—Es mi marido.
—¿Su marido? Dios santo. ¿No habrá venido a buscarlo?
—Por supuesto. Para eso estoy aquí.
El ambiente cambió al momento. La habían tomado por una agradable distracción, una mujer poco convencional y muy bonita, seguramente fácil de conquistar.
De lo contrario, ¿qué hacía ella sola en una fonda?
Las mujeres blancas, especialmente las hermosas, escaseaban en la colonia.
Pero de pronto la situación había dado un vuelco.
—No será fácil, señora Johanssen —opinó el joven funcionario Knappert, con cierta compasión—. Ni siquiera la tropa askari ha podido encontrarlo. Regresaron ayer después de poner el pueblo patas arriba y de reclutar un montón de negros como trabajadores…
El plantador de sisal también le dedicó una mirada de preocupación con sus ojos de color azul claro.
Qué mujer tan increíble, parecía pensar.
Una mujer que atraviesa el país totalmente sola para encontrar a su marido…
Una así le gustaría tener en casa… Si es que en algún momento aparecía alguna mujer con la que pudiera casarse.
—Su marido era un hombre muy simpático. Esto… Quiero decir que es muy simpático —se corrigió al momento—. Comimos juntos en esta misma mesa, hace cuatro o cinco semanas… Josef, tú también estabas.
—Así es —confirmó el comerciante de barba morena. Mantenía la vista clavada en las manos, con las que sujetaba la jarra de cerveza—. Estuvimos hablando muchísimo, lo pasamos de maravilla hasta bien entrada la noche.
—Un hombre encantador, el doctor Johanssen —intervino una de las mujeres—. Tan divertido como cautivador.
Era aún muy joven, llevaba el pelo rubio recogido en un moño suelto del que se escapaban mechones que se recogía tras la oreja una y otra vez.
Pues sí, pensó Charlotte, George sabía deslumbrar a la gente, tanto a hombres como a mujeres. Al parecer había encandilado a aquella pobrecilla. ¿Acaso sentía celos en semejante situación, cuando temía por la vida de su esposo?
—Es un escritor famoso, ¿verdad? —inquirió el joven funcionario. Era delgaducho y tenía una de esas caras anodinas que se olvidan enseguida—. Sí, lo es —continuó, dándose la razón—. El doctor George Johanssen. He leído uno de sus libros, me dejó muy impresionado.
—Se dice que viajó a Ruanda con el duque de Mecklemburgo…
Alguien había pedido una cerveza para la señora Johanssen y el plantador de sisal se apresuró a apagar su puro para no molestarla con el humo. La joven rubia cuchicheaba con el hombre sentado a su lado y ambos trataban de disimular sus miradas de lástima. Charlotte sintió una punzada en el corazón.
—¿Alguno de ustedes conoce detalles de la misión de los askaris? ¿Qué decían los nativos? ¿Por qué no encontraron a mi esposo?
El plantador Gudensen y el comerciante Gebauer intercambiaron una mirada.
Después se encogieron de hombros y aseguraron no saber nada, aunque le indicaron que al día siguiente podría informarse en el boma, el edificio fortificado que albergaba la administración y las tropas.
Charlotte comprendió al instante que sabían más de lo que decían, y eso no auguraba nada bueno.
Al final el joven Horst Knappert, que al parecer era un muchacho íntegro, se decidió a darle una respuesta:
—Hasta donde he podido saber, señora, los nativos insistieron en que el doctor se les había escapado. Pueden decir lo que quieran porque no hay pruebas de nada. Seguro que es mentira, como las otras cosas que contaron. En fin, así son los negros, especialmente cuando inventan excusas…
—¿Qué otras cosas contaron?
El joven funcionario cogió su jarra y le dio un buen trago. Gudensen le lanzó una mirada de reproche, mientras Gebauer se giraba hacia la dueña para pedirle otra cerveza.
—Dios sabe que no es el momento de sacar este tema —masculló—. Con lo que estábamos disfrutando de la compañía…
—Pues bien, señora —respondió el funcionario—, aunque me desagrada relatarlo, no me parece bien ocultárselo. Además, puede que ni siquiera sea cierto.
—Es todo mentira —interrumpió el comerciante—. Knappert, no tire del caballo a la pobre señora.
—Uy, pero si le encantan los caballos —se entrometió la mayor de las mujeres—. Y nuestro Knappert es todo un semental…
Las «damas» sufrieron un ataque de risa histérica y también Gebauer esbozó una sonrisa maliciosa, pero la ocultó tapándose la boca.
Charlotte sintió de pronto un profundo rechazo hacia aquella gente y deseó levantarse y marcharse.
En ese momento, Simba se revolvió entre furiosos gruñidos y todos enmudecieron y trataron de apartar las piernas.
—¡Esa bestia no puede estar aquí! —exclamó el posadero desde la barra—. Ya se lo advertí a la señora.