La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Se quedaron mirando a Charlotte con cierto temor.

Sabían que la cólera de los nativos se volvería contra el doctor, al ser el único que quedaba en su poder.

Ella pensó con rabia que, en su situación, George habría intentado salvar a sus camaradas.

Pero ¿para qué hacerles reproches? En aquel momento ya no servía de nada.

—Tuvisteis mucha suerte —contestó, tratando de reprimir su enfado—. ¿Y cómo llegasteis a Morogoro?

—Encontramos dos hombres de expedición. Fueron a Morogoro con nosotros.

Los porteadores locales debían de haber previsto el ataque, se escondieron a tiempo y se libraron del secuestro.

—¿Mi marido estaba bien o tenía fiebre?

Según relataron, el daktari no estaba enfermo, solo algo cansado.

Los últimos días cabalgaba algo encorvado, pero conocía bien el camino y no se perdió en ningún momento.

Por eso, ellos rezaban al señor Jesucristo para que el buen daktari regresara sano y salvo.

También harían sacrificios para apaciguar a las deidades de Uluguru, porque les convenía tener a todos los dioses de su parte.

Su anfitriona había hecho que les sirvieran arroz, plátanos y carne de cabra, que devoraron con gran apetito.

No mostraron mucho entusiasmo por la limonada, porque esperaban cerveza alemana.

Se quedaron varias horas contando detalles de la expedición, alabaron a daktari Johanssen y a bwana gobernador por proteger a los africanos contra la viruela y, al marcharse, se mostraron muy convencidos de que el médico volvería pronto.

Charlotte pasó muchas horas en vela, escuchando los sonidos de la noche.

A veces pasaba el brazo por el lado vacío de la cama.

El relato de los ayudantes confirmaba sus peores temores: o bien George continuaba en poder de sus captores (y la intervención de la tropa askari podía poner en peligro su vida), o bien había logrado escapar y trataba de abrirse paso, totalmente solo y a pie, por las impenetrables montañas.

Era muy probable que no luchara únicamente contra los elementos, sino también contra la fiebre.

Se torturaba con imágenes terribles, lo veía consumido de fiebre en el fondo de una garganta o imaginaba que lo enterraban según las costumbres africanas, envuelto en un sudario color tierra de cuyo extremo asomaba su cabellera rubia.

Si perdía la vida entre los matorrales no quedaría nada de él.

El suelo de África acogía a sus hijos en su seno para cerrar el eterno ciclo de la vida y la muerte.

Cuando encendió la lámpara y miró el reloj de péndulo eran cerca de las cuatro. Faltaban dos horas para el amanecer. ¿Qué le había dicho el doctor Kalil? Que debía quedarse en casa y tener paciencia…

Ni hablar. El tiempo de esperar había acabado. Lucharía por la vida de George con todos los medios a su alcance.

—Johannes Kigobo muy cansado —dijo Jonas Sabuni con una sonrisilla—. Duerme como toto en espalda de su mama.

Charlotte sonrió, distraída, y se anudó con más fuerza el pañuelo que le sujetaba el sombrero.

El único vagón de pasajeros de aquel tren iba lleno y a nadie parecía importarle que todas las ventanillas estuvieran abiertas y la fuerte corriente soplara sin parar.

A pesar de todo, Johannes Kigobo cayó en un profundo sueño nada más salir de la estación situada en el puerto de Dar es-Salam.

Habían pasado cuatro días desde que acudió a la clínica y se enteró de la desaparición de George. No había tenido más noticias, lo que probablemente significaba que su marido no había dado señales de vida y que la búsqueda de la tropa askari no estaba teniendo éxito.

Tras la primera noche en blanco, Charlotte envió un telegrama a Neu-Kronau, a Peter y Klara:

Viajo a Morogoro. Mandad a Johannes Kigobo y Jonas Sabuni a Dar es-Salam.

Sabía que debía tomar las riendas de su destino. Limitarse a esperar, como le había aconsejado el doctor Kalil, no le devolvería a George. Había decidido emprender la búsqueda de su marido y, para ello, necesitaba al menos dos hombres de confianza.

Los acompañantes que había elegido eran fuertes y resistentes. Criados en las montañas Usambara, sabían seguir rastros y se las apañarían bien en las montañas de Uluguru.

Johannes Kigobo y Jonas Sabuni llegaron dos días después a la estación de Tanga, donde ella los esperaba para conducirlos a Dar es-Salam en un barco de vapor.

Era el recorrido en tren más largo que los jóvenes shambaas habían hecho nunca y Charlotte enseguida comprendió que se sentían sobrepasados.

Conocían el ferrocarril de Usambara y lo tomaban para viajar una o dos estaciones, pero jamás habían llegado hasta la costa.

Tanga, la ciudad blanca a orillas de unas aguas color esmeralda, les pareció un paraíso.

Cuando vieron el mar abrieron unos ojos como platos y se quedaron asombrados.

Luego, Charlotte tuvo que esforzarse mucho para convencerlos de embarcar en el vapor, que les parecía un invento endemoniado de los sheitani .

Jonas Sabuni se mareó al instante. Se pasó toda la travesía agachado en la cubierta y vomitando por la borda la torta de pan que acababa de tomarse.

Entre murmullos, no paraba de rogarle al señor Jesucristo que lo sacara de aquel inmenso monstruo jadeante y se lo llevara con él.

Charlotte sintió verdadera lástima y casi lamentó haber arrancado a los leales shambaas de su entorno cotidiano.

Una vez regresó a Dar es-Salam, le explicó a su hija que debía ir a Morogoro a buscar a George y la dejó al cuidado de la familia de su amiga Florence Summerhill, cosa que entusiasmó a las muchachas.

Después, apremió a sus escoltas para comenzar el viaje.

Sabía que cada día sin aprovechar era un día perdido y, aún peor, que cada minuto malgastado en una espera absurda la alejaba más y más de su amado esposo.

—Movimiento de tren es como mama en campo con azada —comentó Jonas Sabuni—. Acuna a toto acá y allá, cansa a toto , toto se duerme.

—Pues no es mala idea —repuso ella—. No llegaremos a Morogoro hasta el anochecer. Tú también deberías dormir.

—Jonas Sabuni no puede dormir. Debe mirar por ventanilla. Todo pasa deprisa: árbol, hierba, dondoro, tembo, twiga… Jonas Sabuni debe mirar, no puede parar, hasta que ojos le caigan y cabeza vacía como calabaza hueca…

Al contrario que su emocionado acompañante, Charlotte apenas se fijaba en los antílopes, elefantes y jirafas que tanto lo entusiasmaban.

—En la siguiente estación bajarás a comprarnos algo de comer, te daré dinero. Y Johannes Kigobo paseará a Simba.

Habían tomado el tren sobre las nueve de la mañana; ya eran más de las doce, pero tenían por delante la mayor parte del trayecto.

Charlotte encontraba el recorrido muy monótono, nada que ver con el maravilloso paisaje que atravesaba el ferrocarril de Usambara.

El Ferrocarril Central comenzaba en Dar es-Salam y seguía una antigua ruta de caravanas, atravesando las llanuras en dirección a Tabora.

Se veían bosques ralos, matorrales, acacias de copa plana, a veces asomaba la silueta fantasmal de un baobab ancestral…

En las riberas de los ríos crecían tupidos manglares.

La sabana comenzaba a teñirse de marrón, acá y allá quedaban parches verdes alrededor de balsas de agua que se iban secando una tras otra.

Los pájaros se refugiaban en esas islas: de entre la hierba sobresalían sus cabezas blancas y rojas.

En un momento dado, Charlotte vio un marabú, un ave gris jorobada que recordaba a un viejo bibliotecario lleno de polvo.

—Si Johannes Kigobo pasea perro por estación, tiene que sujetarlo bien —dijo Jonas Sabuni con regodeo—. A Simba gustan mucho samosas.

Charlotte se reclinó cansada en el banco de madera y miró impaciente por la ventanilla, deseando distinguir por fin algún edificio en la lejanía.

La siguiente estación, Ruvu, era un lugar minúsculo, una estación de una sola planta levantada a toda prisa, con el tejado de chapa ondulada y a lo sumo un par de cobertizos.

En las cercanías había algunos poblados cuyos habitantes se beneficiaban del ferrocarril.

Especialmente las mujeres, que vendían alimentos a los viajeros y así conseguían algún ingreso.

Charlotte pensó que el tren avanzaba despacísimo.

Se arrastraba literalmente sobre los raíles.

Además, debía cruzar constantes cursos de agua, lo que ralentizaba aún más el viaje.

Bastante antes de llegar a los puentes, la locomotora comenzaba a resoplar y a silbar, y reducía la velocidad para pasar con parsimonia sobre las construcciones de madera.

Y después, tardaba bastante tiempo en recuperar la marcha.

—¡Ahí está estación, bibi Johanssen! —Ilusionado, Jonas Sabuni señalaba por la ventanilla—. ¡Muchas mujeres, rico pan de maíz y mangos!

A pesar de los esfuerzos de su amigo, Johannes Kigobo seguía durmiendo, por lo que Charlotte tuvo que encargarse de bajar a pasear a Simba.

El perro se tomaba el viaje con calma. Levantó la pata en la pared de la estación y, para ir sobre seguro, marcó también algunas acacias de los alrededores.

Ignoró completamente a las mujeres que vendían unas tortas de pan que olían de maravilla.

A cambio, hizo un intento fallido por atrapar a dos gallinas metidas en una jaula de mimbre que un viajero había dejado en el andén.

Durante el resto del trayecto Charlotte sufrió un dolor de cabeza espantoso.

No era de extrañar: la corriente en el vagón era insoportable y además reinaba el habitual griterío mezcla de alemán, inglés y suajili.

Se alegró de llevar a sus escoltas, uno a cada lado, y al perro a sus pies, así ningún pasajero tenía ocasión de importunarla.

Tan solo un joven alemán, con un casco colonial nuevo y reluciente, se inclinó hacia ella para preguntarle si conocía la plantación de sisal cercana a Ruvu; pero en cuanto le contestó que no, dirigió su atención a otra persona.