La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Hoy comeremos más tarde, tengo que hacer una cosa.

Aunque a Elisabeth no le hizo ninguna gracia, el tono de su madre no admitía réplica.

Charlotte se llevó las hojas al estudio y las dejó en el escritorio de George.

Luego se puso a toda prisa un abrigo, se ató el sombrero con un pañuelo para que no se lo llevara el viento y salió de casa, con Simba bien pegado a sus talones, como siempre.

Ya era pasado el mediodía cuando llegó a la clínica.

En la entrada se cruzó con un grupo de mujeres vestidas con telas coloridas y muy adornadas con cadenitas de latón, algunas con niños en brazos.

Aunque una iba llorando, las demás charlaban y se reían como si nada.

Se abrió paso entre ellas para acceder al pequeño vestíbulo, donde el olor a sudor y otros efluvios era tan penetrante que se le revolvió el estómago.

Temiendo vomitar o desmayarse, se apoyó en la pared.

¿Por qué estaba tan nerviosa? Seguramente no pasaba nada, George le habría enviado una carta a su colega con la petición de que se la hiciera llegar…

—¿Señora Johanssen?

Por entre el trasiego de gente apareció la figura blanca de una enfermera. Charlotte conocía aquella voz, pertenecía a la persona que menos le apetecía ver. Pero Shira, la voluntariosa ayudante de su marido, estaba ya a su lado, clavándole unos ojos oscuros y carentes de compasión.

—Vengo a ver al doctor Kalil.

Sin decir palabra, la joven india echó a andar por el pasillo, en el que grupitos de enfermos y sus familiares habían montado su campamento.

A Charlotte no le quedó más remedio que seguirla.

Tenía las manos frías y húmedas, el sudor le perlaba la frente y le temblaban tanto las piernas que casi se cayó sobre un montón de ropa acumulado junto a un enfermo.

Shira se detuvo ante una puerta y posó la mano en el pomo. Charlotte pensó que la enfermera la dejaría pasar, pero, en lugar de eso, se volvió hacia ella con decisión. Tenía el rostro tenso, más duro que de costumbre, cuando siseó entre dientes:

—Usted nunca supo entenderlo. Esta desgracia es por su culpa.

Aquel exabrupto la dejó tan perpleja que fue incapaz de decir nada.

—El doctor Johanssen es un hombre maravilloso y un médico extraordinario —continuó la joven en voz baja—. Usted no es digna ni de rozar el borde de su bata. Es una mujer egoísta y fría que no merece su amor…

Charlotte sintió que la cólera crecía en su interior.

—¿Dónde está el doctor Kalil? —espetó—. Lléveme con él ahora mismo. Me ha enviado un mensaje y me está esperando.

La mirada de Shira fue como la de una víbora que evalúa a su enemigo.

—No volverá a verlo nunca más. Y me alegro.

A la joven le temblaron un poco las comisuras. Luego se giró y por fin abrió la puerta.

En la reducida sala de descanso del personal reinaba el de­sorden más absoluto. Esparcidos por la mesa había papeles, tazas de té, instrumental médico, platos de comida a medias y muchas cosas más. De una silla colgaba un chal de seda azul, bajo la mesa había dos sandalias de cuero desparejadas.

—Espere aquí. El doctor Kalil está operando.

Charlotte notó que la enfermera se esforzaba por aparentar indiferencia. Esperó con rostro impasible a que entrara en la sala y cerró la puerta tras ella.

Con nerviosismo, deshizo el nudo del pañuelo que le sujetaba el sombrero. Este cayó al suelo y rodó bajo la mesa, pero no hizo nada por recogerlo. El miedo la atenazaba con más fuerza que antes y era frío, oscuro y abismal.

No habría sabido decir cuánto tiempo la hizo esperar el doctor.

Le pareció una eternidad, aunque seguramente solo fueran unos minutos.

El médico indio estaba agotado, como siempre; pero, si lo pensaba bien, ¿alguna vez lo había visto fresco y descansado?

Distraído, se disculpó por el desorden, tomó el chal y lo enrolló para ofrecerle la silla, aunque para ella eso era lo de menos.

—Ayer, los dos ayudantes de su marido regresaron de las montañas de Uluguru —logró comenzar, con la voz cargada de impotencia—. No he podido hablar con ellos hasta hoy a mediodía, ya sabe usted cómo es esto…

En ese momento entró una enfermera para recoger un papel de la mesa y enseguida se marchó. El doctor Kalil se dispuso a continuar, pero Charlotte lo interrumpió:

—¿Qué le ha pasado a mi marido?

—Mi querida señora Johanssen… Sé que es usted una persona razonable y no se pondrá histérica…

No se lo veía nada convencido de sus palabras, más bien daba la impresión de estar rogándole que se comportara.

—Ahórrese los miramientos. ¡Quiero saber la verdad!

—Está bien: parece que la expedición fue atacada y retenida en el último pueblo del itinerario, no sé por qué. Los dos ayudantes lograron escapar, pero se desconoce la suerte de su marido.

Charlotte lo miró horrorizada. ¿Qué quería decir? ¿Que George estaba prisionero y ni siquiera se sabía si vivía?

—¿Cuándo sucedió el ataque? —preguntó con voz temblorosa.

—Hace tres días —contestó él con preocupación—.

Puede usted hablar con los ayudantes, han venido hoy a trabajar.

Fue una suerte que consiguieran liberarse y escapar, aunque continúan algo maltrechos.

Es todo muy extraño, porque hasta ahora pensábamos que los habitantes de las montañas de Uluguru eran pueblos amables y pacíficos…

—¿Quiere decir que mi marido lleva tres días desaparecido en las montañas? —lo interrumpió, totalmente horrorizada.

—Lo están buscando, señora Johanssen. Además, todo el mundo sabe que su marido se defiende bien en la naturaleza.

Es muy posible que se haya liberado de los nativos y que pronto aparezca en Dar es-Salam.

O que dé alguna señal de vida, como llamar o enviar un telegrama. Intente no preocuparse dema­siado…

A pesar de la terrible situación, sintió cierto alivio. Al menos existía la esperanza de que continuara con vida.

—Sabe tan bien como yo, doctor Kalil, que mi marido está enfermo. La fiebre puede presentarse en cualquier momento —le hizo notar.

Su expresión la hizo comprender que, en realidad, él tampoco se hacía ilusiones.

El médico le sirvió un vaso de agua y, mientras se lo bebía, le contó que habían enviado una tropa askari para pedir cuentas a los nativos.

Por ello, le recomendó que volviera a casa y esperara noticias de esa actuación.

—Me gustaría hablar con los ayudantes de George.

—Haré que la visiten en su casa, señora Johanssen. ¿Quiere que alguien la acompañe? ¿Se siente mareada?

Ella dejó el vaso en una montaña de papeles que parecía a punto de derrumbarse sobre un montón de frasquitos marrones.

—Me encuentro bien, doctor. Agradezco las molestias que se ha tomado. Si hay novedades…

Él asintió y le aseguró que sería la primera en enterarse. Luego la acompañó a la salida. Charlotte creyó que le pasaría el brazo por los hombros en gesto de consuelo, pero el médico se limitó a abrirle la puerta.

Más adelante no recordaría cómo había llegado a la playa. Se encontró descalza, sentada en la arena blanca y con los pies en el agua fresca. El rumor de las olas se mezclaba con el ulular del viento, que le agitaba la melena suelta y se tragaba sus desesperados sollozos.

«No volverá a verlo nunca más. Y me alegro».

Las palabras de la joven india le daban vueltas en la cabeza y la enloquecían. Solo cuando Simba se puso a su lado y le lamió la mejilla logró dejar de llorar y secarse la cara con las mangas de la chaqueta. Después se obligó a ponerse de pie y emprendió lentamente el camino a casa.

Una vez allí, le contó a Elisabeth que en la clínica la habían informado de que la expedición daría un rodeo y, como consecuencia, George tardaría unos días más en regresar. Aunque se esforzó por parecer tranquila, no pudo engañar a su hija.

—Estás triste, ¿verdad, mamá? Creo que George no debería dar ese rodeo, ¿es que no sabe que lo estamos esperando?

Charlotte la abrazó y le revolvió el pelo, que a la niña tanto le desagradaba que le peinaran.

—Sí que lo sabe, Lisa. Pero mira: cuanto más tarde en regresar, mayor será nuestra alegría al tenerlo con nosotras.

Los ayudantes que habían acompañado a George en la expedición, Mtschalo y Bugi, se presentaron esa misma noche.

Tras asegurarse de que su hija dormía en su habitación, en el piso de arriba, Charlotte los hizo conducir al salón.

Los hombres miraban con timidez las fotografías de las paredes y solo después de un rato se sentaron en los sillones que les ofrecían.

Provenían de la región costera, trabajaban desde hacía varios años en la clínica Sewa Hadji y se sentían orgullosos de su posición.

Se cubrían las cabezas afeitadas con un casquete de color claro y llevaban chaquetas blancas sobre las túnicas, largas hasta el tobillo.

—Mtschalo dijo a daktari Johanssen: hemos trabajado bien, ¿por qué nosotros no volver?

Pero daktari quería vacunar otro pueblo.

Uno más. Pero es pueblo de sheitani y de desgracia.

Entonces aparecieron guerreros. Muchos. Con lanzas y arcos y flechas, también con armas.

Daktari habló con ellos, pero no escuchaban.

Nos llevaron con ellos. En pueblo nos ataron a árboles.

Gritaban y amenazaban con lanzas. Pensamos que se acabó la vida.

Pero daktari nos dijo que estar tranquilos y esperar, porque esa gente equivocarse.

Creían que estamos con otro pueblo, que son enemigos suyos…

—¿Y qué pasó entonces?

Se miraron con aire dubitativo. Como Mtschalo, que había hablado hasta entonces, guardaba silencio, Bugi continuó el relato:

—Guerreros llevaron daktari a cabaña redonda. Mtschalo y Bugi seguían atados. Llegó noche. Primero un poco de fuego, luego solo estrellas y luna. Entonces Mtschalo dijo que él puede librarse de cuerda. Sin hacer ruido, rompió cuerda, desató Bugi y salimos corriendo.