Capítulo 13
Jim rodeó a Simba, que estaba durmiendo, y depositó la bandeja en una mesita junto a bibi Johanssen.
Charlotte pasaba casi todo el tiempo en el jardín de la casa, donde el viento dispersaba el olor del azahar y rizaba la superficie del estanque rectangular.
Bajaba hasta el mar unas cuantas veces al día únicamente para que Simba pudiera moverse.
Una vez allí, se quedaba un rato con la espalda apoyada en una palmera, sintiendo cómo el viento del sudeste sacudía las palmas y le agitaba la ropa.
Esponjosas nubecillas surcaban raudas el cielo de un azul intenso, pasaban ante la brillante esfera del sol y se deslizaban sobre la pálida arena como un rebaño de sombras grises.
Si lanzaba un palo contra las olas, Simba salía corriendo sin freno.
El poderoso perro castaño se lanzaba al agua casi a lo loco y en ocasiones se internaba tanto que Charlotte temía que la corriente pudiera arrastrarlo bahía adentro.
Pero el fuerte animal siempre conseguía regresar a la orilla y galopar hacia ella antes de sacudirse el agua salada del pelaje.
Eso sí, el palo que había logrado recuperar se lo guardaba para él.
En el jardín, el viento resultaba más llevadero.
Había mandado instalar una mesa y sillas bajo el porche, sujetaba con unas piedras los papeles en los que trabajaba y se hacía servir café especiado con cardamomo.
Los muebles que Kamal Singh le había legado continuaban en el depósito.
Más adelante decidiría con George si querían conservarlos o no.
George había estado escribiendo a conciencia.
Al regresar a Dar es-Salam, Charlotte se había encontrado con varios tacos de páginas manuscritas y ahora trabajaba día y noche para revisarlas y corregirlas a fondo.
Una y otra vez tropezaba con la anotación: «Insertar fotografía nº…
» y sabía que se refería a sus imágenes.
George, que tanto la había apremiado para comprar una cámara, solo en muy contadas ocasiones tomaba instantáneas.
—Cariño mío, yo quiero ver las cosas con mis propios ojos, no a través del objetivo —le decía una y otra vez.
Con una sonrisa, tomó la taza de manos de Jim, dejó el lápiz por un instante y se reclinó en el asiento.
George debía de haber pasado muchas horas en el cuarto oscuro porque las paredes del salón estaban tapizadas de fotografías que no solo había revelado, sino también ordenado y numerado.
Se sentía orgullosa de realizar una aportación visible e importante a su nuevo libro; quizá incluso se mencionaría explícitamente su nombre.
Aunque no aspiraba a alcanzar notoriedad como fotógrafa, sí deseaba ilustrar los trabajos de George, apoyarlo en sus propósitos.
—Jim, es hora de recoger a Elisabeth de la escuela.
Este asintió y se marchó a acicalarse para su paseo por la ciudad.
Era aún más presumido que Schammi, a quien Charlotte encontraba muy cómico cuando intentaba impresionar a las muchachas.
Aun así, a Schammi se lo podía considerar guapo, con su rostro ovalado y sus grandes ojos, mientras que el menudo Jim, con su nariz ancha y sus orejas de soplillo, no era precisamente agraciado.
A cambio, poseía una alegría inocente y cautivadora que, según afirmaba Elisabeth, resultaba muy atractiva para las chicas negras.
Seguramente la concepción de Charlotte de la belleza y la fealdad era muy distinta de la que tenían las mujeres africanas.
Tomó con precaución unos sorbitos de la bebida caliente y aromática, y después dejó la taza para reanudar el trabajo.
Le dolía la espalda después de tantas horas sentada, en la plantación se pasaba el día entero en movimiento.
Pero nada la detendría, esperaba haber terminado cuando George regresara.
Ya no podía tardar mucho, ella llevaba ya casi dos semanas en Dar es-Salam.
Seguía sin noticias de Neu-Kronau porque el correo era demasiado lento, pero se tranquilizaba al pensar que, de haber sucedido algo grave, habría recibido un telegrama o una llamada telefónica.
Al llegar, había encontrado en la casa una larga carta de Ettje, que la preocupó bastante porque informaba de la muerte de la abuela.
Al parecer, Grete Dirksen había pasado varios días sin salir de la cama y al final falleció plácidamente.
Había alcanzado la provecta edad de ochenta y ocho años, con lo que sobrevivió en cuarenta a su marido, el pastor Henrik Dirksen.
Su muerte suponía el final de un largo reinado en casa de los Dirksen, que ahora pasaba a manos de Paul y Antje, que residían con ella.
Por desgracia, se habían producido graves disputas por la herencia, protagonizadas sobre todo por la tía Edine, de Aurich —la hija del matrimonio que seguía con vida—, y por el primo Paul.
A pesar de los esfuerzos por localizarlo, había sido imposible encontrar al tío Gerhard en Hamburgo, por lo que no heredaría nada.
En realidad, no se trataba de gran cosa: la casa, el viejo piano, algunos muebles y los pocos ahorros que la abuela escondía en un azucarero.
Charlotte había decidido no reenviar la lastimera carta a Klara.
La informaría del triste acontecimiento en su próxima misiva, dado que no necesitaba saber que Paul y Ettje se odiaban y que los niños se habían visto envueltos en la pelea.
¡Ay! La muerte de la anciana suponía el fin de una era…
La casa de su infancia ahora pertenecía a Paul, y Charlotte intuía que ni ella ni Klara serían bienvenidas allí.
Jim pasó por su lado a toda prisa, acicalado con un gorro blanco bien limpio y un pendiente de plata.
Elisabeth se había hecho amiga de Florence Summerhill, la hija de un hombre de negocios inglés que residía cerca.
Jim y un empleado del empresario se turnaban para recogerlas de la escuela.
Florence era dos años mayor y, previsiblemente, pronto la enviarían a un internado de Inglaterra, pero mientras tanto ambas eran inseparables y armaban todo tipo de trastadas en el colegio.
Se dio cuenta de que sus pensamientos se dispersaban.
A pesar del café bien cargado, cada vez le costaba más concentrarse en el manuscrito.
Aquella espera la consumía. Al pasar tantas horas ahí sentada, su mente divagaba y la llevaba a las cavilaciones más extrañas.
Se imaginó a George ya en Morogoro, quizá en el tren, comentando con otros viajeros el éxito de la campaña de vacunación.
O bien dormido, acurrucado en el duro asiento de madera.
Aunque era más probable que siguiera de camino al último pueblo remoto, saltando sobre troncos de árboles gigantes, ascendiendo por empinados terraplenes y vadeando ciénagas…
No obstante, en algún momento se les acabaría el suero y tendrían que dar la misión por terminada para regresar a Dar es-Salam.
Ahora comprendía a George cuando se pasaba las tardes solo en su estudio, pensando en ella.
Había leído su carta con mucho cariño: le pareció muy romántico que mencionara los lejanos tiempos en que habían estado separados.
Sin embargo, Charlotte sentía de nuevo el dolor de la soledad, la aflicción que produce la espera del ser amado, pensar en él cada día y cada hora, escuchar el tictac del reloj y no poder hacer nada salvo tener paciencia.
Se levantó una racha de viento y tuvo que sujetar las hojas para que no salieran volando. En ese mismo momento, Simba se puso en pie de un salto, salió disparado hacia la verja y comenzó a ladrar con furia. Alguien había llamado al timbre.
Al parecer, el cocinero tenía trabajando en la cocina a Mimi, la criada negra. Charlotte no tuvo paciencia para esperarla, así que se incorporó, colocó otra piedra sobre las páginas y cruzó el césped en dirección a la verja.
—Tranquilo, Simba. Atrás, atrás.
Ante la entrada esperaba un joven mensajero que, debido a los ladridos, se mantenía a cierta distancia.
El enorme perro-león parecía confirmar sus peores temores y temblaba de miedo.
Muchos blancos de la zona contaban con perros de pelea adiestrados contra los negros, y quizá el pobre muchacho ya hubiera tenido un encontronazo con alguno de aquellos guardianes.
—Deja la carta ahí, bajo esa piedra. ¿Te han encargado algo más? ¿No? Toma, para ti.
Le lanzó media rupia. Lo vio recoger su gratificación y marcharse a toda prisa. Meneando la cabeza, salió hasta el lugar donde había dejado el mensaje. Se trataba de una simple hoja de papel doblada.
Querida señora Johanssen, puesto que no puedo desplazarme, le ruego que venga a verme a la clínica Sewa Hadji. Tenemos noticias de su marido.
Dr. K ALIL
Una ráfaga de viento casi le arrancó la nota de las manos mientras, con la espalda apoyada en el muro, leía una y otra vez aquella extraña frase:
Tenemos noticias de su marido…
¿Noticias de George? Pero ¿por qué escribía a la clínica? Si en pocos días regresaría a Dar es-Salam… Sintió que un miedo indefinido nacía en su interior, se le extendía por el cuerpo como un incendio y amenazaba con cortarle la respiración.
—Mamá, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida… —oyó entonces la voz de su hija.
Se esforzó por sonreír y se guardó la nota en un bolsillo de la chaqueta. Elisabeth, que se aproximaba a toda velocidad con Jim a remolque, tenía vista de águila y muy buena intuición para interpretar el estado de ánimo de su madre.
—No es nada. ¿Qué tal la escuela?
—¡Aburridísima! ¿George no ha vuelto todavía?
—No…
Dio a su hija un beso en la mejilla, le acarició las peludas orejas a Simba y regresó deprisa al jardín.
Elisabeth ya era tan alta como su acompañante africano.
El oscuro Jim y la niña rubia de ojos azules formaban una pareja de lo más dispar.
Sin embargo, se llevaban muy bien, charlaban en inglés, alemán y suajili, y Jim llevaba con orgullo la cartera de cuero de su joven ama.
Él jamás había puesto el pie en la escuela.