La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #19
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Capítulo 12 #19

—No, por supuesto que no —respondió Charlotte titubeante—. Pero sí que suena un poco melodramático. ¿No dicen que en la vida hay que plantar un árbol, construir una casa y tener un hijo?

Hizo una mueca, pero ella no logró discernir si se trataba de una sonrisa o de una expresión de dolor.

—Tiene razón —asintió, y la miró con los ojos entornados—. A eso quizá habría que sumarle que un hombre debe haber amado a una mujer. Una que merezca su amor.

No esperó a que ella respondiera, sino que se volvió hacia el viejo Kerefu y le pidió que le ensillara una mula porque quería salir hacia las montañas.

Charlotte suspiró, no era difícil adivinar lo que se proponía allí.

Sin embargo, el ruego de Jeremy contribuyó a que las veladas pasaran más rápido.

Volvía a acompañarlos en el salón para comentar con Peter Siegel los detalles de la construcción.

El misionero estaba entusiasmado, Klara mimaba a Jeremy con deleitación, y Elisabeth, que siempre se había mostrado escéptica hacia el inglés, también parecía cogerle cariño por fin.

De todos modos, Charlotte echaba de menos a George, y todavía faltaban dos semanas para que la expedición regresara de la región del Ferrocarril Central.

Charlotte estaba decidida a partir con su hija el lunes siguiente; enviaría antes un telegrama a los empleados de la villa para que estuvieran preparados para su llegada.

El domingo, el día de descanso en la plantación, cabalgó con Jeremy y Peter al lugar donde picarían y tallarían la piedra para la capilla.

Era un valle ancho, situado al oeste de Neu-Kronau, atravesado por un riachuelo.

La selva cubría grandes extensiones de la hondonada y solo en algunos puntos se elevaban colinas rocosas, donde el suelo parecía demasiado árido como para proporcionar alimento a los árboles.

Allí, entre toda clase de matorrales secos, se entreveía la angulosa roca gris, una piedra que, según Jeremy, era el material de construcción perfecto para la capilla.

—Tendremos que ensanchar el sendero para poder traer carros hasta aquí.

Jeremy señaló hacia el este a través de la selva. Habría unos diez kilómetros de distancia hasta el lugar donde querían levantar la capilla. Sin embargo, el mayor problema no era ampliar el sendero, sino que al principio había que avanzar cuesta abajo y luego había que ascender una empinada ladera.

—Dios nos ayudará —aseguró Peter Siegel con la mirada iluminada.

El sendero de los nativos era demasiado estrecho casi hasta para los caballos, así que al final tuvieron que apearse y tirar de los animales.

—¡¿Qué me dice ahora?! —exclamó Jeremy orgulloso cuando el bosque se abrió ante ellos.

Vieron el arroyo, cuyo murmullo los había acompañado todo el tiempo.

Se precipitaba resplandeciente por la roca lisa, y detrás el terreno se elevaba para formar una colina; la roca se erguía escarpada sobre el herbazal.

Metido parcialmente en el agua y rodeado por pequeños remolinos había un bloque de piedra gris tallado claramente por manos expertas.

Cerca de allí, Charlotte descubrió varios martillos y cinceles que le pertenecían.

—¡La primera piedra ya está lista!

Ataron los caballos y admiraron esa primera pieza de la futura capilla.

—Saquémosla —propuso Peter Siegel, y Jeremy se desabotonó la chaqueta en el acto, se quitó la camisa y se remangó el pantalón para meterse en el arroyo.

Se acercó despacio al bloque, se agachó y lo cogió por los dos extremos estrechos; luego esperó un momento, como si quisiera crear expectación, y por fin lo levantó con todas sus fuerzas.

Charlotte vio que se le marcaban los músculos y los tendones.

Se dio cuenta de que Peter la miraba irritado y se apresuró a gastar una broma.

—¡Si quiere transportar así todas las piedras, acabará doliéndole la espalda, Jeremy! —gritó con una risa forzada.

Dejó la piedra con cuidado sobre la hierba seca, se incorporó y le sonrió.

Era una sonrisa desafiante, descarada. Charlotte sintió que se sonrojaba y giró la cara rápidamente.

El inglés volvió a vestirse con toda tranquilidad y después comentó con el misionero qué palabras tallarían en la primera piedra.

Durante el camino de regreso, el único que habló fue Peter Siegel.

Tanto Jeremy como Charlotte cabalgaron en silencio, se concentraron en el paisaje que los rodeaba y evitaron mirarse a los ojos.

Cuando ya se veían los cafetales y pastizales de Neu-Kronau, Jeremy por fin se volvió hacia ella. Tenía un gesto compungido.

—¿Se arrepiente, Charlotte?

Por un breve instante dudó de a qué se refería, pero luego se dio cuenta de que hablaba sobre la construcción de la capilla, para la que ella le había dado permiso.

—No —contestó escueta, pero con eso pareció bastarle.

«Que construya su capilla si quiere dejar algo para la posteridad —pensó obstinada—. ¿Qué más me da a mí? Pasado mañana me marcho a Dar es-Salam, y él ha prometido ocuparse de la plantación por el momento».

Recordó que pronto volvería a ver a George y el anhelo le llenó el corazón.