La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #18
80%

Capítulo 12 #18

Al principio Jeremy guardó silencio cuando Charlotte le explicó la situación.

Era por la tarde, los trabajadores regresaban de los campos, y tenía que ocuparse de recoger las herramientas y la maquinaria.

Más tarde, cuando Charlotte cruzaba el herbazal de regreso a casa, el inglés la siguió.

Caminó en silencio junto a ella, y parecía estar buscando las palabras adecuadas.

—Lo de su marido la ha sorprendido, ¿verdad?

¿Se habría delatado? Había hecho un esfuerzo por presentar el viaje de George como algo completamente normal, si bien precipitado. Pero Jeremy se lo había preguntado en un tono inesperadamente compasivo.

—Su telegrama no me llegó —explicó.

Él asintió y la observó. Se acercaron juntos a la casa. Bajo su mirada penetrante, a Charlotte de pronto le resultó difícil mantener su fachada serena. Se apresuró a calarse un poco más el sombrero.

—Está preocupada por él, ¿verdad?

¿Había un matiz nuevo en su voz? ¿Un deje que no se correspondía del todo con su actitud despreocupada? A Charlotte se le hizo un nudo en la garganta, tragó saliva y tuvo que volver la cara.

—¿Por qué…, por qué iba a estar preocupada?

—Porque lo ama.

Se detuvo con la mano en el ala del sombrero para taparse la cara, pero él ya se había dado cuenta de que estaba al borde de las lágrimas.

—Regresará.

Su voz tenía el tono tranquilizador de una persona completamente convencida. Era reconfortante escucharlo, casi tan reconfortante como un abrazo.

—Él la ama, y su amor lo mantendrá con vida hasta que se reúna con usted. Estoy seguro de ello, Charlotte.

La había llamado por su nombre de pila, lo que no hizo más que acrecentar la confianza entre ambos.

Levantó la cabeza para verlo mejor y ya no se avergonzó de sus lágrimas.

¿Cómo era posible que fuera precisamente Jeremy, ese joven inmaduro e irreflexivo, quien comprendiera tan bien por lo que estaba pasando?

Aunque quizá en su corta vida hubiera vivido más vicisitudes que muchos otros.

—Gracias, Jeremy —murmuró con voz ahogada; no fue capaz de decir más.

Por la noche ya se había reconciliado definitivamente con la decisión de George.

Escribió otro anuncio con ayuda de Klara, decidió que se marcharía definitivamente a Dar es-Salam con Elisabeth al cabo de tres semanas como mucho, y discutió durante un rato con Peter sobre mujeres estudiosas, a las que él tachaba de «sabihondas».

Entendía que George solo quisiera lo mejor para Elisabeth, pero Dios había creado a Eva a partir de una costilla de Adán, lo que la convertía en parte de él y la sometía a sus designios.

Una mujer estudiosa nunca podría cumplir con su verdadera vocación desde el punto de vista cristiano: ser una compañera fiel para su esposo y una madre amorosa y diligente para sus hijos.

A partir del día siguiente, Charlotte se entregó al trabajo.

Retomó tareas que hasta entonces había delegado en Jeremy: recorría la finca a lomos de una mula o de un caballo, supervisaba a los trabajadores, los reprendía cuando le parecía que estos eran demasiado lentos o torpes, se enfadó cuando otros diez o doce negros desaparecieron sin más, iba a sus casas para cuidar de los convalecientes y no regresaba hasta que caía la noche.

—Como sigas así, acabarás enferma —suspiró Klara.

—Tonterías, ¡el trabajo me sienta bien!

Lo que no le dijo fue que los días avanzaban más rápido si se mantenía ocupada. Pero por las noches, pese al cansancio, daba vueltas en la cama y tenía la sensación de que el tiempo no pasaba.

Al principio Jeremy había reaccionado con estupefacción a su laboriosidad, pero no se quejó, sino que se implicaba allá donde hiciera falta.

Charlotte constató con enojo que la seguía a caballo y completaba las instrucciones que les daba a los negros, y en una ocasión llegó a enviar a los trabajadores a otra parcela que, según él, había que desherbar primero.

No quería reprenderlo, porque en realidad se alegraba de que se tomara en serio la prosperidad de la plantación.

En el fondo tenía madera de buen administrador, solo que no estaba convencida de que pudiera ser constante a largo plazo.

Pocos días después, sus temores se confirmaron.

Jeremy fue a su encuentro a primera hora de la mañana, cuando se dirigía hacia los establos por el patio.

Había adoptado la costumbre de montar con chaqueta larga y pantalón de caballero, porque le resultaba mucho más cómodo y parecía impresionar a los trabajadores.

—¿Me dedicaría dos minutos de su valioso tiempo, Charlotte?

Se detuvo resignada y llamó a Kerefu para que fuera ensillándole el caballo. Jeremy se le acercó y apartó una piedrecita con el pie antes de ir al grano.

—Tengo la impresión de ser completamente prescindible…

—¡Por supuesto que no, Jeremy! Lo necesito, ¡y mucho!

Su sobresalto pareció tranquilizarlo bastante, pero insistió en el tema.

—Para qué, me pregunto yo. Tiene usted arrojo suficiente como para dirigir sola la plantación, Charlotte.

—No llego a todas partes, Jeremy. Además, los negros le hacen más caso a usted, solo por ser hombre.

Charlotte vio claramente que se le contraía el gesto, pero contuvo la risa. En lugar de eso buscó otra piedra y miró de reo­jo a Simba, que esperaba a su ama sentado delante del establo.

—Puede ser… —murmuró con la mirada gacha—. De todos modos, me gustaría pedirle algo.

¿Querría marcharse? ¿Dejarla sola en la plantación y salir a cazar leones y elefantes, y darse a la bebida sin mesura?

—¿Qué quiere?

—Me gustaría empezar a construir la capilla.

Charlotte estaba tan perpleja que al principio no dijo nada. ¡Así que esa idea descabellada seguía rondándole por la cabeza! Al menos no tenía intención de marcharse, eso era un gran alivio.

—Sencillamente no entiendo por qué tiene usted tanto interés —respondió despacio al cabo de un rato—. Será un esfuerzo mayúsculo, y solo dejaré que mis trabajadores se dediquen a ello cuando no haya nada más importante, pero…

Observó conmovida que su rostro empezaba a irradiar alegría.

—Es difícil de explicar —dijo, y se espantó una mosca de la manga—. Un hombre hace muchas cosas en la vida, pero pocas de ellas perduran. Si consigo levantar esa capilla, Jeremy Brooks habrá dejado alguna impronta en este mundo. ¿Le parece muy ridículo?