Capítulo 12 #17
Los dos hombres le devolvieron el saludo amablemente, y el del cuello de toro pareció sorprendido de que hablara alemán, seguramente porque su pelo oscuro y sus ojos negros con destellos dorados lo habían hecho confundirla con una india.
La patrona atendía la barra en persona; había guiso de alubias y embutido ahumado, compota de mango, queso y piña fresca. Charlotte pidió dos raciones de cada plato, una para ella y otra para Schammi, que comió fuera con el servicio porque no podía entrar en el comedor.
—Y un hueso para el perrito. Qué bonito es, no me vendría nada mal en la fonda. No se creería la gentuza que pasa por aquí… Ah, por cierto, señora Johanssen, alguien ha preguntado por usted.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
—Un alemán. Un tipo con aspecto de vagabundo. Si todavía no ha aparecido por su finca, ¡mejor para usted!
Hacía tiempo que Simba se había ganado el corazón de la dueña, originaria de Suabia, y ahora lo mimaba con un cuenco de agua fresca y un enorme hueso de vaca, que el perro se llevó bajo la mesa para disfrutarlo.
—¡Salud! —brindó el del cuello de toro hacia Charlotte cuando la patrona le llevó la limonada que había pedido.
Brindó con simpatía, pero comedida, porque en la colonia tampoco era costumbre que una mujer se sentara sola en una fonda. Durante el día aún podía aceptarse, pero por la noche habría sido completamente inapropiado.
—¿Me permite presentarme? Anton Meyer, de Rosenheim, un auténtico bávaro en África Oriental.
¿Qué le parece, señora? —Su risa era tan atronadora que hacía vibrar su voluminoso cuerpo.
No le pareció que tuviera mala fe, más bien era de los que se tomaba demasiadas confianzas.
Un niño grande, seguramente bastante espabilado.
El rubio, Martin Selbheim, estaba de camino a Mombo para tomar el ferrocarril de Usambara en dirección a la costa, donde tenía que hacer varios encargos para su patrón.
Al entrar Charlotte, se había abotonado rápidamente la camisa abierta, pero hacía tiempo que le había visto las hoyuelas y las clavículas prominentes.
Casi todo el que lo conocía sabía de su enfermedad pulmonar, pero él siempre aseguraba que cada vez estaba mejor gracias al aire sano de las montañas Usambara.
—Un paisaje precioso —siguió parloteando Meyer—. Es casi como si estuviéramos en una cordillera alemana. Solo que más salvaje y con aldeas negras por todas partes…
Cuando se enteró de que Charlotte poseía una plantación y la dirigía ella misma, pareció que el mundo se derrumbaba a su alrededor. ¿Una mujer? ¿Completamente sola? Seguro que tenía trabajadores muy capaces, de lo contrario era imposible.
Los dos hombres tuvieron la cortesía de dejarla comer tranquila, pero en cuanto la patrona recogió los platos, Meyer la interrogó con curiosidad sobre su plantación.
Neu-Kronau, sí, claro, había oído hablar de ella.
¿Cultivaba café? ¿También sisal? ¿Cedros?
¿Caucho? Quiso saber si tenía experiencia con la cría de cerdos.
¿No? Era una lástima, era su especialidad.
—¿Ha venido a abrir una granja? —le preguntó por educación, a pesar de que en el fondo le era completamente indiferente—. La verdad es que ya hay varios buenos carniceros en Wilhelmsthal.
—Y no pretendo hacerles competencia, señora Johanssen. Me dirijo a la plantación de Gustav Krüger.
—Ah, ¿a la plantación de la familia Krüger?
—Efectivamente. Por ahora trabajaré de administrador, pero ya veremos. Si la plantación me gusta… Aunque no quiero vender la piel del oso antes de cazarlo, ya me entiende.
Charlotte no sabía que Gustav Krüger quisiera vender la plantación, y le costaba creerlo. Los Krüger llevaban ya mucho tiempo en las montañas Usambara, le tenían mucho apego a su finca y se habían hecho a la idea de legar la plantación a su hijo menor cuando llegara el momento.
—Pero ¿no sabe usted que Gustav Krüger ha muerto de viruela?
Charlotte respondió consternada que no. Martin Selbheim se apresuró a ponerla al día con ayuda de la patrona, que se había acercado a preguntar si deseaban algo más.
Erdmute Krüger había enfermado de viruela hacía varias semanas.
Sin embargo, su esposo había ocultado la verdadera naturaleza de la enfermedad y había contado a todo el mundo que se encontraba en una clínica en la costa, cuando en realidad estaba en la casa y se debatía entre la vida y la muerte. Pero finalmente se había recuperado.
—Pero luego cayó enfermo su esposo —relató la patrona negando con la cabeza—. Solo duró tres días, luego murió. La señora Krüger ha regresado a Alemania con su hijo pequeño para alojarse temporalmente en casa de unos parientes. Se dice que va a vender la plantación…
Eran muy malas noticias. Ahora entendía por qué Gustav Krüger había sido tan escueto durante su última visita: en esa época Erdmute debía de estar gravemente enferma, recluida en su dormitorio.
¿Por qué no se lo había contado? Y ahora estaba muerto.
Gustav Krüger, que había sido su amigo y protector, había dejado este mundo.
—Pero… ¿no se habían vacunado los Krüger contra la viruela?
—Pues sí —respondió Selbheim encogiéndose de hombros—. Los tres debían de estar vacunados, pero solo el niño se libró de la enfermedad.
Anton Meyer tenía aspecto ensimismado, parecía estar pensando en las distintas fiebres tropicales y la enfermedad del sueño, males que allí en África podían contraerse fácilmente. Pero se sacudió de encima la desazón pegando un puñetazo en la mesa.
—Si es voluntad del Señor, uno enferma, y si no es voluntad del Señor, conserva la salud. Yo no tengo miedo, y además también me he vacunado.
Charlotte se terminó la limonada y miró bajo la mesa, donde Simba ya había devorado las mejores partes del hueso.
Era poco más del mediodía, la hora más calurosa, pero quería ponerse en marcha enseguida.
Al fin y al cabo, Elisabeth la esperaba en Neu-Kronau sin saber qué sucedía, y Klara y Peter también estarían impacientes.
—Les deseo todo lo mejor.
Fuera, en la puerta de la fonda, tuvo que llamar varias veces a Schammi, ya que este no estaba junto a las mulas ni se le veía por los alrededores.
Cuando por fin se acercó a toda prisa, aseguró arrepentido que pensaba que no volverían hasta la tarde, y que por eso se había echado un ratito a dormir.
—¿De dónde has sacado eso?
Charlotte conocía demasiado bien a Schammi como para caer en sus mentirijillas.
Seguro que no dormía, lo más probable es que hubiera ido con los empleados de la fonda en busca de mujeres, al parecer con cierto éxito.
En la muñeca izquierda llevaba una pulsera de hilos de colores, que ahora el joven escondió rápidamente bajo la manga.
—Es pulsera bonita, bibi Charlotte. Regalo. Solo por amistad.
Le hizo ensillar los caballos y se quedó asombrada de lo diligente que se mostraba.
A cierta distancia, junto a los cobertizos de chapa ondulada en los que se alojaban los trabajadores negros de la fonda, había varias jóvenes sentadas.
Desde donde estaban era difícil distinguir si fabricaban bisutería, tejían cintas o trenzaban hierbas secas, pero estaba claro que todas miraban a Schammi y se echaban a reír constantemente.
A Schammi no parecía molestarle en absoluto.
—Algún día Schammi tendrá esposa, bibi Charlotte —comentó entusiasmado mientras cabalgaban hacia el norte—.
Solo una esposa, no más. Muchas esposas es pecado.
Schammi es cristiano y no quiere hacer caso de sheitani .
Una mujer, pero muchos hijos y también hijas.
Luego Schammi tiene casa en tu plantación y vive en ella con esposa…
Charlotte asentía sonriente, pero solo lo estaba escuchando a medias.
El sol africano caía a plomo sobre ellos, las sombras se habían reducido a la mínima expresión, y cada paso de los caballos levantaba polvo de la carretera.
Allí donde hacía unos días la hierba fresca aún bordeaba el camino, ahora ya solo crecían matorrales secos; los pastizales también empezaban a volverse grises en algunas zonas, y muchos cultivos tenían que empezar a regarse.
La estación de lluvias había sido corta ese año, pero en las montañas el suelo jamás se secaba del todo y había muchas corrientes de agua.
Entonces ¿por qué el sol africano le resultaba tan agresivo ese día?
¿Por qué tenía que taparse la cara con el pañuelo para protegerse del polvo?
Ella ya sabía que la vacuna contra la viruela no siempre era efectiva.
Ningún miembro de la expedición por el norte de Usambara había enfermado de viruela a pesar de haber recorrido una región infestada.
Y en esa ocasión George y sus acompañantes también regresarían sanos.
La viruela no le afectaría, pero ojalá acabara con aquellas fiebres que se le avivaban en el cuerpo una y otra vez…
En Neu-Kronau se tomaron la noticia mejor de lo que Charlotte esperaba.
Peter Siegel elogió la valentía de George y su incansable compromiso con las personas a merced de la epidemia en la región de Ferrocarril Central.
Elisabeth se llevó una decepción, pero luego se alegró de poder quedarse en la plantación en lugar de tener que volver a la escuela de Dar es-Salam.
Klara fue la única que percibió la tristeza de Charlotte y trató de consolarla a su manera.
—En realidad ha sido una muy buena decisión, Lotte.
Te ha dado un poco más de tiempo para poner en regla los asuntos de la plantación, y encima va a dedicarse a una buena causa.
Naturalmente, estás en tu derecho de reprocharle no haber comentado contigo la decisión, pero sé sincera, Lotte: ¿le habrías prohibido el viaje?
No, ha hecho bien, y desde luego no podía saber que la oficina de correos extraviaría precisamente su telegrama…