Capítulo 12 #16
Charlotte volvió a tener una sensación desagradable. ¿Qué había tras los recuerdos que la unían a esos objetos y que se escondían en lo más profundo de su ser?
—Mi padre era muy misterioso en lo que respecta a su pasado. Solo sé que no se marchó de la India voluntariamente, tuvo que huir. Pero no fue solo eso: por lo visto hubo una mujer a la que jamás olvidó.
Ya les habían servido el café, el embutido y la verdura, y los acompañantes de Tarut Singh se sirvieron hambrientos. Él no probó bocado.
—¿Tiene alguna idea de cuál podría ser la relación entre todo ello, señora Johanssen?
Pensó en el retrato de su madre, que ahora estaba en el cajón de una cómoda en Dar es-Salam. En el viejo recorte de periódico. Kamal Singh le había hecho llegar ese documento a través de su notario. Fuera cual fuese el secreto que escondía, no le estaba destinado a su hijo.
—Lo siento mucho, pero no tengo ninguna explicación para ello.
El joven aceptó su respuesta con gesto impasible; seguramente no la creía, pero le parecía inútil seguir insistiendo.
De todos modos no lo habría ayudado en nada especular sobre un desdichado amorío y el robo de un retrato de mujer enmarcado.
La vida de Kamal Singh había terminado, su cuerpo reposaba para siempre en el fondo del mar.
—Le doy pues las gracias de todo corazón, señora Johanssen —concluyó Tarut Singh la conversación—. Tenga por seguro que conservaré los sentimientos de amistad que albergaba mi padre hacia usted.
Eran simples frases hechas que no significaban nada. Kamal Singh había muerto y ese joven quizá se convirtiera en su sucesor, o quizá no. Habría otros aspirantes, de eso estaba segura.
Eran exactamente las nueve, si partían sin demora todavía podrían alcanzar el tren de Mombo.
Le dirigió una mirada interrogante a Martha Mukea y esta señaló hacia arriba.
Ajá, Elisabeth seguía arriba, despedirse de su tía Klara y del pequeño Sammi le estaba resultando difícil.
Simba estaba tumbado en el patio, cazaba alguna mosca de vez en cuando, y miraba una y otra vez a su ama con recelo.
Percibía el ambiente de partida y no quería que lo dejaran atrás.
—Yo también conservaré siempre esos sentimientos de amistad hacia usted… —respondió Charlotte—. Quédense en mi propiedad el tiempo que deseen, por favor, pero me temo que tendrán que disculparme…
Tarut se levantó y casi a la vez lo hicieron también sus dos acompañantes. Había enseñado bien a su servicio.
—Le deseo un buen viaje, señora Johanssen.
En cuanto a los muebles, están a su disposición en el local de uno de nuestros socios en Dar es-Salam.
Los habíamos hecho enviar a su casa, pero no había nadie para recibirlos.
Nos dijeron que su esposo se había marchado hacía unos días con una expedición hacia la región del Ferrocarril Central para vacunar a los nativos de la viruela…
—Eso…, eso debe de ser un error.
El joven indio se dio cuenta de que había dicho algo inapropiado, pero, a diferencia de su padre, que habría cambiado el rumbo para calmar las aguas, él se mantuvo firme a la verdad.
—Qué extraño, fue la clínica Sewa Hadji quien nos proporcionó la información.
Charlotte decidió bajar con Schammi a caballo a la oficina de correos de Wilhelmsthal.
Debía de tratarse de una confusión, quizá se refirieran a la campaña de vacunación en el norte de Usambara, que George y ella habían realizado juntos.
Pero eso había sido a finales de enero y ya estaban a principios de junio.
De todos modos no podía ser cierto, porque George le habría enviado un mensaje si se hubiera propuesto emprender un viaje de ese tipo.
Apenas dos horas después llegaron a Wilhelmsthal y esperaron en un banco delante de la oficina hasta que establecieron la línea con la clínica Sewa Hadji.
—¿Señora Johanssen? Soy el doctor Kalil. ¿En qué puedo ayudarla?
Había un zumbido en la línea, pero se oían voces de fondo. No estaba solo en el pequeño despacho.
—Me…, me gustaría hablar con mi marido…
Silencio. Zumbido. Se oyó un crujido, como si alguien pisara ramitas secas. Entonces oyó que el doctor Kalil carraspeaba. Se le paró el corazón.
—Me…, me temo que no es posible, señora Johanssen. Por lo que sé, le envió un telegrama…
—¿Un telegrama? Vaya, debe de haberse perdido por el camino. Desde luego yo no he recibido ninguno. Así que George me ha enviado un telegrama, sí, parece lógico…
La desesperación se apoderó de ella. No, no había sido un malentendido, se había marchado de expedición, ¡y eso que le había dicho que ya no necesitaba ese tipo de desafíos! Aunque ese mismo día ella había asegurado que tampoco necesitaba una plantación.
—Su marido se marchó hace tres días a la región del Ferrocarril Central, más concretamente a Morogoro, en las montañas de Uluguru. No tiene de qué preocuparse, señora Johanssen, el viaje no se alargará más de cuatro semanas, a lo sumo.
—¡¿Cuatro semanas?! —exclamó horrorizada, pero él no pareció haberla oído.
—Al doctor Johanssen lo acompañan dos de mis mejores trabajadores —prosiguió—. Se está entregando a una buena causa, señora Johanssen. No podemos hacer prácticamente nada por los enfermos de viruela que nos traen. Solo una vacunación generalizada detendrá la epidemia…
—Ya lo sé, doctor Kalil —se oyó decir—. La vacunación es muy importante y estoy orgullosa de que mi esposo abogue por la causa…
—George es una persona extraordinariamente valiente, que ayuda a los demás sin tener en cuenta su propia salud; pero qué estoy diciendo, eso ya lo sabe usted, señora Johanssen.
—Sí…, claro… Se lo agradezco. —Charlotte se disculpó de nuevo por haberlo molestado en su trabajo y se despidió. Antes de que terminara de hablar, se oyó un fuerte chasquido en la línea. El doctor Kalil había colgado el auricular.
Permaneció callada unos segundos y escuchó el silencio absoluto que había en la pequeña cabina metálica, luego colgó lentamente el auricular en el interruptor.
Hacía tres días que se había marchado. Se había ido sin más, sin avisarla.
De haber viajado ese día como tenía previsto, al día siguiente por la tarde habrían encontrado la villa vacía.
¡Qué injusto estaba siendo! Y eso que ella había puesto en marcha todos los resortes para poder irse a Dar es-Salam con él.
Había querido sorprenderlo, estaba deseando oír su asombro por teléfono, y ya se lo había imaginado esperándola en el embarcadero cuando atracara el vapor costero.
Sintió que se le despertaba una dolorosa añoranza.
—Muchas gracias —murmuró, y le entregó el dinero de la llamada al joven funcionario blanco.
Contuvo las lágrimas un instante y pensó en salir de la oficina lo más rápido posible, pero en la puerta recuperó la compostura y regresó—.
No llegaría hace unos días un telegrama para mí procedente de Dar es-Salam, ¿verdad?
Charlotte Johanssen, residente de Neu-Kronau.
El funcionario se echó hacia atrás la gorra y se secó el sudor de la frente con un pañuelo de cuadros.
¿Hacía ya varios días? Eso era imposible, porque los telegramas se repartían de inmediato.
Ante la enérgica insistencia de Charlotte, accedió a comprobarlo y efectivamente encontró un telegrama en el compartimento correspondiente.
Alguien había dejado una carpeta encima, de manera que había pasado desapercibido.
—Esto me resulta extremadamente embarazoso, señora Johanssen. No suele sucedernos nunca, pero ya sabe lo que pasa con los negros. No puede uno confiar en ellos…
Charlotte le dio las gracias y se llevó la hoja doblada fuera, donde Schammi la esperaba paciente en el banco con Simba a su lado. Charlotte leyó el breve mensaje de pie.
Viajo a vacunar de viruela en montañas Uluguru. Deseando veros a ti y a Elisabeth dentro de cuatro semanas. Te quiero.
G EORGE
Dentro de cuatro semanas. Apretó los dientes y luchó contra la decepción que le oprimía el pecho.
—Regresemos, Schammi —dijo finalmente y se dirigió hacia su mula.
—¿Y qué pasa con bwana daktari ? ¿Ha marchado con ferrocarril?
—Sí, Schammi. Bwana daktari ha tomado el Ferrocarril Central hacia el oeste para vacunar a los nativos. Regresará dentro de cuatro semanas.
—Entonces bibi Charlotte puede quedarse en Neu-Kronau —celebró Schammi—. Bibi Klara se alegrará, y bwana Brooks también.
En el fondo tenía razón. Charlotte decidió ir primero a la fonda a comer y beber algo y luego regresar tranquilamente a Neu-Kronau.
Cuatro semanas; ya tenía un plazo para encontrar administrador de una vez por todas.
Cuando lo consiguiera, regresaría a Dar es-Salam a preparar la villa para el regreso de George.
Quería que supiera que no estaba enfadada con él.
La fonda de Wilhelmsthal, con su torre de escalera, parecía una casa noble o un pequeño castillo salido de un cuento de los hermanos Grimm.
El comedor estaba decorado con fotos de paisajes alemanes y jarras de cerveza de Heidelberg y Tubinga, que se alternaban con máscaras africanas, una vistosa cornamenta de antílope y varios macacos disecados.
A esa hora el ambiente estaba muy tranquilo, porque los habitantes alemanes de Wilhelmsthal no llegaban hasta el final de la tarde para tomarse su cerveza.
Solo había dos hombres sentados a una mesa junto a la ventana degustando un guiso de alubias y cerveza ligera.
Charlotte conocía a uno de ellos, un joven rubio que se hacía llamar Mathias Selbheim y trabajaba en el dominio de Kwai; al otro no lo había visto nunca.
Era corpulento, tenía el cuello ancho, y el pelo y la barba de color rubio oscuro y ligeramente rizada.
Cuando Charlotte entró en el comedor seguida de su perro castaño, el desconocido levantó la mirada para observarla con sus ojos azules.
—Buenos días, caballeros…