La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #15
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Capítulo 12 #15

—Sigamos la ronda —dijo malhumorado—. Hoy hará calor, es mejor que los trabajadores se pongan en marcha temprano.

Ella le hizo caso, se subió a la mula y cabalgó tras él, como si ya fuera su responsabilidad decidir adónde ir. Al cabo de un rato se volvió y le dedicó una sonrisa impertinente.

—¿Qué hizo con mi regalo, señora Johanssen?

—¿A cuál de sus regalos se refiere?

Lo oyó reír.

—Al whisky. Si no lo necesita, sé de alguien que podría estar interesado.

Por la tarde lo hizo llamar a la terraza y trató de apelar a su conciencia. Llevaba varias semanas sin probar ni una gota y estaba claro que tampoco lo había necesitado. ¿Por qué narices quería volver a caer en la tentación?

—Todavía es usted muy joven, señor Brooks —dijo en tono maternal—, y cuenta con fantásticas aptitudes. Deje el whisky, se lo ruego. Hágalo por mí…

A Jeremy parecía hacerle gracia verla sentada con su vestido blanco, los codos apoyados en la mesa y un sombrero de paja en la cabeza.

—Habría sido usted una excelente misionera, señora Johanssen —dijo sonriendo cuando Charlotte terminó de hablar.

Ella también quería responderle indignada, pero él se le adelantó y, en voz baja y desacostumbradamente seria, dijo:

—Está muy guapa con este vestido claro, lady . Es usted condenadamente guapa en general, y me alegro de que se marche porque de lo contrario yo habría podido cometer un error imperdonable.

Luego se levantó, atravesó el patio a grandes zancadas y tomó el camino hacia el establo.

Charlotte, perpleja, lo siguió con la mirada. ¡Estaba completamente chalado! Bueno, al menos parecía que mantendría su palabra durante un tiempo, eso tendría que bastar, más no podía pedirle.

Al día siguiente, de madrugada, ella misma bajó el whisky al embalse y vertió el aromático líquido castaño en el agua verdosa, donde dibujó estrías doradas y enseguida desapareció.

—Patos saltarán y bailarán por whisky —bromeó Johannes Kigobo, que la había visto—. Luego cansarán y dormirán mucho, ¡perfecto para Simba el cazador de patos!

Charlotte le regaló las botellas vacías, que por algún motivo le eran muy preciadas, y luego dispuso que su equipaje se cargara sobre dos mulas.

Elisabeth y ella querían marcharse pronto para llegar a Mombo a tiempo para tomar el ferrocarril de Usambara.

Si había tiempo, llamaría desde la oficina de correos de Wilhelmsthal a la clínica Sewa Hadji para que George las recogiera en el puerto de Dar es-Salam por la tarde del día siguiente.

Sí, sería bonito que estuviera en el embarcadero para recibirlas.

—Mira, bibi Johanssen —dijo Johannes Kigobo alargando el brazo—. Vienen visitas. Ahora no puede irse.

Charlotte suspiró irritada y miró a los viajeros, que acababan de detenerse ante la verja de Neu-Kronau. Eran tres indios a caballo seguidos por varios porteadores negros; seguramente eran comerciantes que querían ensalzar y vender mercancías caras. Y ella no necesitaba nada.

—Diles que la señora tiene que marcharse y no comprará nada, Johannes Kigobo. Pero si quieren pueden descansar del viaje en la plantación y tomar un tentempié antes de proseguir su camino.

Menos mal que la empática Klara no disponía apenas de medios económicos, de lo contrario les compraría a comerciantes como aquellos toda clase de alfombras, recipientes u otros objetos que en la costa podían adquirirse a una décima parte del precio que les pedirían.

Charlotte pensó en entrar en la casa por el anexo para evitar encontrarse con los invitados.

Los comerciantes indios eran especialmente insistentes y, en cuanto averiguaran quién era la dueña de la plantación, no la dejarían marchar tan fácilmente.

La propia Charlotte había regentado una tienda y conocía sus tácticas.

Sin embargo, cuando los hombres se bajaron de sus caballos en el patio, le entraron dudas.

Conocía a ese joven, no era la primera vez que se topaba con esos ojos negros, y recordaba perfectamente que no había sido un encuentro agradable.

Ahora llevaba un turbante blanco, unos pantalones anchos de montar y una chaqueta larga y abotonada, pero en esa otra ocasión vestía una túnica de seda que ondeaba al viento.

Los tres indios hablaron entre ellos. Su postura indicaba qué relación había entre ellos. El joven que ella creía conocer era sin duda el jefe, los otros dos eran familiares de menor edad a lo sumo, aunque quizá fueran empleados.

—¿La señora Johanssen? —oyó que le decía al viejo Kerefu.

Kerefu parpadeó deslumbrado por el sol y luego señaló hacia donde estaba. Si había creído que podía librarse de conocerlos, ya era demasiado tarde. Los ojos negros vagaron por el pastizal y se detuvieron en ella, pero esta vez la mirada no era hostil, sino más bien curiosa y muy atenta.

Pues claro, ahora lo recordaba. Era el joven con el que se había cruzado en la villa de Kamal Singh. Ahora la visita le resultaba doblemente incómoda, pero no había vuelta de hoja: tendría que recibir a esos tres hombres, aunque sería un encuentro muy breve.

La saludaron con una educación exquisita, elogiaron la casa, los arriates de flores y el hermoso paisaje, y se disculparon por presentarse sin previo aviso.

Con la misma educación exquisita, Charlotte respondió que allí, en el campo, todas las visitas eran bienvenidas a cualquier hora del día o de la noche.

El joven se presentó como Tarut Singh, y sus dos acompañantes se llamaban Balu y Jay.

—Ya nos vimos en una ocasión, señora Johanssen, aunque fue solo un instante y seguramente no lo recuerde. Por desgracia, no aproveché la ocasión para presentarme…

—Oh, lo recuerdo perfectamente, fue en casa de mi amigo Kamal Singh, que por desgracia ya ha fallecido.

Tarut solo dejó entrever su sorpresa arqueando un poco las cejas; seguramente creía que ella habría olvidado el encuentro.

—Mi padre dejó este mundo hace cuatro meses para reunirse con Dios. Había viajado a Bombay y falleció de unas fiebres durante el trayecto de regreso. Lo enterramos en el mar, como él deseaba.

—Lo siento mucho…

Así que sus suposiciones eran ciertas: el joven era uno de los hijos de Kamal Singh.

Solo le había mencionado su familia de cuando en cuando y ella nunca había llegado a saber con exactitud si estaba casado ni cuántas veces.

Lo único que sabía era que tenía dos hermanos y varios hijos naturales.

Tarut Singh no se parecía mucho a su padre, era alto y de rostro bien proporcionado, y su densa barba negra estaba muy bien cuidada.

Pero carecía del carácter diplomático de su progenitor, la sonrisa obsequiosa y la capacidad de ocultar lo que pensaba o sentía.

Tarut Singh parecía ser más directo y sincero que su padre, pero seguramente era al menos tan buen negociante como él.

Invitó al hombre y a sus acompañantes a la terraza y pidió que les llevaran café, limonada y un tentempié.

También envió a Schammi a decirle a Kerefu que desensillara los caballos y las mulas por ahora, que esos hombres se marcharían más tarde.

Schammi se alejó con la túnica al viento a llevar a cabo su encargo y luego no reapareció.

Seguramente aún tenía remordimientos por el reloj de cuco que había robado y luego había intentado vender a Kamal Singh.

—¿Iba usted a irse de viaje? —preguntó Tarut Singh—. Entonces seré breve para no entretenerla.

—Es muy amable por su parte.

A estas alturas Charlotte ya imaginaba por qué el joven había emprendido el largo viaje hasta las montañas Usambara, y no se equivocaba.

Tarut Singh abordó sin rodeos la apertura del testamento, a la que ella no se había presentado.

Su padre la había mencionado en la herencia y, con la lealtad de un buen hijo, estaba decidido a honrar la voluntad de su padre. Charlotte sonreía.

—Si quiere una declaración de renuncia por escrito, la prestaré encantada. No tengo ni la menor idea de qué se me lega en el testamento de su padre, pero no quiero nada, sin importar lo que sea.

—¿Está usted segura, señora Johanssen? —preguntó, escudriñándola con la mirada. Tenía los ojos de su padre, cuando la luz caía oblicua el color negro mostraba un brillo dorado. Los mismos ojos que ella había heredado de su madre.

—Completamente segura, sardar Tarut Singh.

Le hizo una seña con la cabeza a uno de sus acompañantes, que sacó un documento de la cartera y lo desplegó ante Charlotte.

Ajá, de manera que lo tenían todo preparado.

Cogió la hoja y se dispuso a leer el texto con atención.

Estaba redactado en dos lenguas, inglés y sánscrito, y únicamente decía que la firmante renunciaba a todos los derechos que se le otorgaban en el testamento.

Tarut Singh observó atentamente cómo firmaba el documento con la estilográfica que le alcanzaron, luego se relajó y sonrió. Charlotte constató sorprendida que se trataba de una sonrisa afectuosa.

—Se lo agradezco, señora Johanssen. Por favor, no se forme una opinión demasiado negativa de nosotros; mi padre tiene muchos descendientes y no es fácil ser justo con todos ellos sin poner en peligro las relaciones comerciales establecidas.

—Entiendo…

El imperio de Kamal Singh no sobreviviría a su muerte, pero por ahora se repartiría entre su descendencia legítima e ilegítima, y su firma no cambiaría las cosas.

—De todos modos, hay otras menudencias que mi padre también le quiso legar. No tienen mucho valor, pero puede que se trate de recuerdos que signifiquen algo para usted. Son varios muebles que…

—¿Muebles? —preguntó asombrada—. La verdad es que no necesito muebles…

—Quizá le llamaran la atención en casa de mi padre.

Un biombo con dos grullas bordadas. El dibujo coloreado de un templo indio.

Una vitrina con armas de caza. Mi padre hizo traer esos muebles de Bombay hace unos diez años.

Estaban en una casa de campo que había comprado para alquilar, aunque parece que nunca llegó a habitarse.