Capítulo 12 #14
—¿No prefieres dejar a Elisabeth aquí conmigo, George? Seguro que nos uniremos a ti enseguida.
George se había recostado en la silla y había cerrado los ojos un instante, pero entonces se incorporó súbitamente y cogió la taza de café. Miró a la niña y preguntó:
—Elisabeth, ¿no quieres ir un momento al embalse a ver a los patitos?
Esta retiró la silla entusiasmada y se marchó corriendo. Cuando se hubo marchado, George preguntó con una sonrisa inofensiva:
—¿Tienes miedo de que ejerza demasiada influencia sobre ella?
—Reconozco que eso me molesta. Podrías haberme preguntado antes de meterle en la cabeza la idea de ir a la escuela secundaria.
George se llevó la taza a los labios, se dio cuenta de que estaba vacía y la dejó en la mesa. Schammi se apresuró a servirle café recién hecho.
—Tienes razón —murmuró George—. Me he precipitado. Si hubieras estado con nosotros en Dar es-Salam, habríamos podido hablar tranquilamente sobre el futuro de Elisabeth.
O sea que así estaban las cosas. Ahora la culpa era de ella. Se había quedado demasiado tiempo en la plantación y no se había ocupado de su hija. La acusación le dolió, sobre todo porque no era del todo injustificada.
—Ya te he dicho que iremos enseguida —respondió en tono áspero—. Pero ya ves lo a gusto que está aquí. Elisabeth pasó los cinco primeros años de su vida en una plantación, creció libre y sin ataduras en la naturaleza…
George acarició despacio la enorme cabeza de Simba, le palpó la pequeña fosa del cogote, le hizo carantoñas en las hirsutas orejas colgantes.
—Preguntémosle a ella…
Cuando la niña volvió y le preguntaron, se lo pensó un instante y luego afirmó querer quedarse en la plantación.
—Pero solo si tú no vas a estar triste, George… —añadió zalamera, y lo abrazó.
—¡¿Triste?! —exclamó y rio—. Podré recuperarme un poco antes de que vuelvas a acribillarme a preguntas, señorita.
Poco después George montó en su caballo y echó a cabalgar solo.
Elisabeth se quedó junto a Charlotte en la terraza.
Cuando faltaban unos cien pasos para llegar a la verja, George se volvió y se despidió con la mano de ellas.
Charlotte levantó el brazo titubeante, sin saber si la despedida estaba dirigida a ambas o solo a Elisabeth, pero ya se había dado media vuelta para decirles algo a Schammi y a Johannes Kigobo, que querían abrirle el portón.
Charlotte vio que los dos empleados se apartaban desconcertados mientras George espoleaba a su caballo y superaba el obstáculo de un salto.
Después, montura y jinete desaparecieron detrás del bosquecillo de eucaliptos.
—Monta mucho mejor que Jeremy, ¿verdad, mamá?
—Pues claro, cariño mío.
—Y es mucho más listo. George lo sabe todo. Y cuenta chistes tan graciosos…
Charlotte asintió y notó que se entristecía. ¿Tendría que haber enviado a la niña con George a Dar es-Salam? Ah, ¿por qué se habían distanciado tanto? Él le había dado un beso fugaz, casi frío, y ella tampoco había sido capaz de sobreponerse y expresarle el dolor que le producía su marcha.
—Mamá, esta noche tienes que tomarme la lección de vocabulario. ¿Tú sabes latín?
—No, pero ya nos las ingeniaremos, cariño.
Su hija estaba aprendiendo una lengua que ella no dominaba.
La lengua de los académicos, de los hombres cultos, de los científicos y los médicos.
Era magnífico que ahora las mujeres pudieran penetrar en ese bastión tradicionalmente masculino; ¿por qué estaba siendo tan egoísta y quería arrebatarle esa oportunidad a su hija?
George tenía toda la razón: encontrarían la manera de enviar a Elisabeth a un buen colegio y permanecer cerca de ella de todos modos.
¿Por qué no Marruecos? ¿O Egipto? ¿Qué tenía ella en contra de ese país?
¿Acaso no le había propuesto ella misma a George emigrar al país del Nilo?
Decidió visitar a sus vecinos y luego cabalgar hasta Wilhelmsthal; en algún lugar tendría que haber un administrador sensato.
Pasó tres días de viaje, pero el resultado no fue el deseado.
Le prometieron enviar a alguien cuando se presentara la oportunidad.
En casa de los Krüger se enteró de que Erdmute había enfermado y la habían llevado a la clínica de Tanga.
Gustav Krüger ocultaba su preocupación tras una fachada arisca y le contó a Charlotte en pocas palabras que ya la conocían en todas partes como «persona difícil», porque había rechazado a casi todos los candidatos al puesto de administrador.
Él, por su parte, no tenía ganas de pillarse los dedos una vez más.
Durante su ausencia, Jeremy había hecho un trabajo excelente y podía estar realmente orgulloso de sí mismo, pero por las noches se quedaba en su cabaña y rechazaba todas las invitaciones a unirse a ellos.
—Está usted ocupada con su hija, lady .
—Seguro que Elisabeth se divertiría con los juegos que se inventa usted siempre.
—Es posible…
Charlotte tenía la impresión de que se comportaba de forma extrañamente esquiva, solo la miraba por el rabillo del ojo y parecía haber olvidado por completo sus fanfarronadas. ¿Se debía a que Elisabeth expresaba una evidente antipatía hacia el joven? ¿O habría vuelto a beber?
—¿Qué le hemos hecho? —preguntó Charlotte a su prima Klara una tarde que estaban sentadas en la terraza.
Klara dibujó un par de trazos en el cuaderno, entornó los ojos y luego empezó a difuminar las sombras.
Desde que Elisabeth estaba en la plantación, había vuelto a dibujar más a menudo; tía y sobrina se sentaban a veces juntas delante de la casa, ambas armadas con lápiz y cuaderno, y plasmaban sobre el papel el mismo árbol, una jarra de colores o la ladera rocosa.
—Creo que Jeremy le tiene mucho aprecio a tu marido, Lotte —dijo Klara tras un titubeo inicial.
Aunque Klara ahora sí que se parecía mucho a su madre Fanny, sus ojos azules irradiaban la misma ternura de siempre.
Klara, la prima pequeña tullida que había tenido que proteger a Charlotte de Ettje y Paul, que dormía en la misma cama que ella, que conocía sus sueños y los entresijos de su corazón.
—Pero eso no significa que tenga que vivir como un ermitaño…
—¿Es que no lo entiendes, Lotte? —susurró Klara, y miró a su alrededor precavida, aunque solo tenían cerca a Martha Mukea—. Jeremy Brooks tiene cierta… debilidad por ti.
—¡Ay, Klara! —exclamó Charlotte—. Eso ya me lo has dicho alguna vez, ¡qué tontería!
—Solo digo lo que pienso, Lotte. Por supuesto, es posible que me equivoque. Pero deberías regresar con tu marido cuanto antes.
—Sí, tienes razón —musitó Charlotte.
Miró el dibujo de Klara, en el que se veía el embalse con los patos, detrás estaba el bosquecillo de acacias y a lo lejos, únicamente insinuada en pocos trazos, la escarpada ladera donde crecían copetes de helechos entre las rocas.
«En Dar es-Salam está el mar», pensó, y trató de imaginar el murmullo y el romper de las olas sobre la arena blanca, la bahía turquesa, los palmerales. Pero el viento le trajo el aroma de los cafetos en flor y el recuerdo del mar se desvaneció.
Por la noche habló con Peter Siegel y no encontró ninguna resistencia.
—No es bueno que marido y mujer estén separados —anunció con gesto solemne—. Ve con Dios, Charlotte. Yo dirigiré la plantación hasta que encontremos un administrador.
Efectivamente se mostró muy dispuesto y la escuchó paciente cuando ella le explicó cuáles eran sus funciones. Sobre todo tendría que llevar la contabilidad, pagar a los trabajadores, hacer pequeñas compras, administrar y vender alimentos a los negros, enviar informes regulares a Dar es-Salam…
—¿Y todo lo demás?
—Ya lo iremos viendo, Peter.
Hacía días que Jeremy ya no acompañaba a Charlotte en sus rondas, solo aparecía cuando enviaba a los negros a trabajar para marchar él también con ellos.
Luego permanecía casi todo el día fuera.
Charlotte no sabía qué hacía exactamente, lo único seguro era que desde entonces el trabajo se realizaba con esmero y sin pausas innecesarias.
No le gustaba admitirlo, pero sus trabajadores estaban mucho más dispuestos a obedecer a bwana Brooks que a bibi Johanssen.
Esa mañana envió a Schammi a la cabaña de Jeremy para invitarlo a salir a cabalgar, pero el joven se hizo de rogar. Cuando ya empezaba a estar enfadada, apareció por fin, bostezó y aseguró que a esas horas aún estaba cansadísimo.
—Lo siento, señor Brooks. No sabía que sus hábitos de sueño habían cambiado. Antes solía estar muy animado por las mañanas…
—Los tiempos cambian, lady .
Cabalgaron codo con codo hasta uno de los cafetales, como solía hacer Charlotte últimamente, se apearon y examinaron los arbolitos.
¿Estaban bien las hojas o se las comían los parásitos?
¿Tendría problemas con los barrenadores?
Muchos arbustos ya tenían frutos diminutos de color verde oscuro, mientras que en otras ramas aún había flores.
—Tengo una pregunta para usted, señor Brooks —dijo Charlotte, y se caló el sombrero. A esa hora el sol ya tenía tanta fuerza que las últimas gotas de rocío dejaban circulitos marcados en las hojas—. Bueno, es más bien una petición…
—Adelante, lady —la animó, como si ya lo estuviera esperando.
Solo estaba a medio metro de ella, al otro lado del cafeto, pero el sol se reflejaba en las hojas y le impedía distinguir sus rasgos.
—Durante las últimas semanas ha sido usted una gran ayuda para mí, y por eso sería un detalle que…
—Quiere regresar con su marido —la interrumpió—. No pasa nada, lady . Ese es su sitio.
Lo dijo en tono desagradable, casi grosero, y si le hubiera hablado así en cualquier otra circunstancia Charlotte se habría enfadado mucho con él.
—¿Y se quedaría aquí un par de semanas más para echarle una mano al misionero Siegel?
—¿Por qué no? —contestó, y pellizcó una hoja.
—¡Jamás lo olvidaré, señor Brooks!
Naturalmente no podía echársele a los brazos, aunque le habría gustado hacerlo, pero le habló con un profundo agradecimiento y, a pesar del reflejo del sol, le pareció ver que al joven se le contraía el rostro.