Capítulo 12 #13
Se pusieron en marcha poco después del amanecer, cuando las montañas de alrededor todavía estaban envueltas en niebla y la humedad se elevaba de los arbustos y los pastizales en jirones blancos.
Los macacos saltaban entre las ramas y salpicaban aquí y allá a los jinetes con el rocío que caía de las hojas; por todas partes se oían pájaros, que llenaban el ambiente de graznidos, silbidos y cantos.
Charlotte cabalgaba en silencio junto a George, Jeremy iba tras ellos, y el farolillo rojo era Simba, que los acompañaba siempre que salían sin que lo invitaran.
—¿No es precioso? —preguntó Charlotte dirigiéndose a George.
—Sí —reconoció—. El mundo es hermoso, y por la mañana aún más.
Más tarde se quedó atrás para dejar que Jeremy se uniera a Charlotte.
Los dos conversaron sobre labores cotidianas, determinaron qué tareas eran prioritarias y qué trabajadores eran los más apropiados para ello.
Jeremy ya se sabía los nombres de todos los negros que vivían en la plantación, conocía sus fortalezas y sus debilidades, y también sabía cómo se llamaban algunas de sus esposas e hijos.
Mientras Jeremy inspeccionaba la termitera con gran atención, Charlotte se quedó con George, que se había sentado en una roca y le acariciaba el cuello a Simba.
—¿Es verdad que quiere construir una capilla?
Charlotte puso una mueca de desesperación.
—Es una de sus ideas más delirantes. Por supuesto, fue Peter quien se la metió en la cabeza. Pero estate tranquilo, Jeremy Brooks jamás construirá una capilla.
George clavó la mirada en la termitera de forma tubular y dura como una roca, junto a la que Jeremy hacía agujeros en el suelo con una vara.
—¿Cómo ha ahuyentado a esos condenados bichos?
—Ha vertido dentro un líquido. Por lo visto la receta es de un curandero de una tribu nativa del Congo.
—¿Y funciona?
—Por ahora sí.
George tosió, luego levantó la vista hacia el cielo, que se estaba cubriendo de oscuras nubes de lluvia. Un suave viento les trajo el aroma de las flores de café; las acacias, los tamarindos y otras plantas también estaban en flor, era la época de la fertilidad y del crecimiento exuberante.
—¿Por qué dices que no va a construirla?
Charlotte miró con cautela a Jeremy, pero este estaba concentrado en las termitas y era imposible que estuviera oyendo su conversación.
—Porque es un charlatán veleidoso, George. Además, bebe.
—Eso no quiere decir nada, Charlotte. Aquí en África mucha gente se da a la bebida, y eso no los convierte automáticamente en borrachos.
Ella se encogió de hombros y respondió que ojalá fuera ese su caso. Efectivamente había cambiado mucho desde que vivía en la plantación y, hasta donde ella sabía, no había vuelto a probar una gota de alcohol, aunque eso no quisiera decir gran cosa.
—Pero tiene un buen corazón —suspiró—. Ojalá sentara la cabeza de verdad. Parece estar muy interesado en la gestión de plantaciones y es un gran apoyo para mí. Sin embargo, la cosa se complicará cuando contrate a un administrador.
George asintió. Él también veía claro que Jeremy Brooks no se subordinaría a un administrador. El joven errante seguramente se largaría a la menor ocasión.
—¿Cuántos años tendrá?
—¿Unos treinta? —calculó Charlotte.
—Sí, es posible. Es jovencísimo, ¿verdad?
Levantó la cabeza y la miró con una sonrisa cargada de significado. Charlotte se sonrojó. ¿Cómo había podido ocurrírsele siquiera que George estuviera celoso de un crío como Jeremy?
—Creo que será mejor que regrese y me tumbe un ratito —dijo George, y la rescató así de su propio bochorno.
Se levantó despacio de su duro asiento, pero se subió al caballo con la agilidad acostumbrada y, cuando Charlotte quiso indicarle el camino, se rio de ella.
—Soy un viejo aventurero, querida mía. Siempre cabalgo haciendo caso de mi olfato y siempre llego a mi destino.
Lo siguió con la mirada cuando tomó el camino de regreso con el sombrero bien calado.
La amplia chaqueta le aleteaba en torno a los hombros.
Al cabo de un rato, el caballo y su jinete parecían pequeños y vulnerables enmarcados en la oscura linde del bosque y, cuando su silueta desapareció tras una colina, sintió el ridículo impulso de seguirlo. ¿Qué le estaba pasando?
—¡Eh, lady ! Un vacío absoluto en todos los pasadizos y agujeros, ¿qué me dice ahora?
—¡Excelente! —exclamó, y se secó una lágrima del rabillo del ojo con el dorso de la mano.
A su regreso comprobó que George no se había echado a descansar. Estaba sentado con Elisabeth y Klara en el salón; Klara estaba ocupada con una labor de costura, como de costumbre, mientras que Elisabeth se peleaba con el vocabulario en latín.
—¡George dice que tengo que saber esto si quiero ser médica, mamá!
Charlotte no tenía tiempo de ocuparse de aquello, fuera ya se habían reunido los trabajadores para que se les asignaran tareas y se les proporcionaran herramientas.
Pero le molestó que George prácticamente hubiera tomado por ella la decisión sobre el futuro de su hija.
¿Por qué convencía a la niña de que tenía que ser médica y le enseñaba latín? ¿Qué opciones tenía ya de decir que no?
George pareció leerle el pensamiento. Mientras ella daba instrucciones con el apoyo de Jeremy, vio que su esposo se dirigía al cobertizo de paja en el que Peter Siegel enseñaba a los niños negros.
George, que tantas veces había afirmado que no tenía sentido enseñar a leer y a escribir a los nativos, se sentó en el suelo con los niños y les pintó letras en la pizarra.
Por la tarde, Charlotte fue a dar una última vuelta por los cafetales con Jeremy.
Cuando regresó precipitadamente porque empezó a caer un aguacero, George tampoco dormía.
Lo encontró sentado a la mesa, inclinado sobre sus manuscritos y con una pila de revistas a su lado.
La mano con la que escribía le temblaba un poco.
—Sigues teniendo fiebre, George —murmuró, y le abrazó los hombros—. ¿No decías que te habías tomado algo?
Le pareció que tenía la espalda y los hombros flacos, pero siempre había sido así. George era tenaz y, a pesar de su cuerpo delgado, poseía muchísima fuerza y resistencia.
—Se pasará, señora enfermera —respondió despreocupado, y le cogió las manos—. Esta noche interrogaré al joven sobre la capilla. ¡Estoy deseando averiguar cómo se la imagina tu polifacético artista!
Más adelante comprendería por qué esas veladas le habían resultado tan irreales, pues en realidad trascurrían de forma agradable, a veces incluso con una alegría desbordante.
Sobre todo eran los tres hombres, George, Peter y Jeremy, quienes tomaban la palabra, se enredaban en discusiones sobre todo lo posible, y no parecían querer terminar nunca.
Charlotte también intervenía, a veces de forma espontánea, pero también para proteger un poco a Peter y a Jeremy de las provocaciones bien intencionadas de su marido.
—A veces creo que el bueno de George se excede un poco —le susurró Klara a Charlotte—. Tiene un gran talento para despistar a otros, ¿no crees?
Charlotte tuvo que darle la razón. El juego que tanto le gustaba poner en práctica a George con sus interlocutores estaba a punto de desequilibrarse, y ya no servía para dar pie a nuevas ideas, sino que se había convertido en una especie de combate.
Curiosamente, Peter y Jeremy aceptaban los desafíos de George, permitían que los pusiera en evidencia y, pese a todo, no se enfadaban con él.
George seguía dominando el arte de hechizar a la gente y, tras la agitada discusión, los tres siempre se separaban con un amistoso apretón de manos.
—Ese Jeremy es un tipo de lo más simpático —comentó George en varias ocasiones cuando hacían el amor al final de la velada.
Como ella no reaccionaba, comenzaba a acariciarla de las formas más fantasiosas para despertar su pasión.
Le iba quitando poco a poco la ropa, jugueteaba con los dedos sobre su piel y se embriagaba al verla excitarse.
Cuando por fin la tomaba, ella tenía la sensación de que su esposo se zambullía en un profundo abismo, con decisión y los dientes apretados, sin proferir ningún sonido.
Esas noches no la satisfacían, no saciaban su deseo físico ni su anhelo por él.
¿Le pasaría a él lo mismo? Por las mañanas, cuando Charlotte salía de la cama en silencio y la luz de la lámpara iluminaba el rostro de George, le parecía ver temblar sus párpados, pero, a diferencia del primer día, ya no se levantaba para acompañarla.
—No tendremos un hijo, Charlotte —dijo de repente una mañana—. Tras el aborto, me sometí a una intervención. No quería que volvieras a sufrir.
Se quedó de piedra. ¿Cómo podía haberlo hecho algo así sin preguntarle? ¿Por qué decidía por su cuenta que no tendrían un hijo? ¿No era cosa suya si sufría o no?
Él alargó un brazo hacia ella, quería acercársela, quería que se mostrara comprensiva, pero ella se apartó, se vistió rápidamente en un rincón y salió de la habitación. A partir de ese momento dejaron de tocarse.
Varios días después, él explicó que tenía que marcharse, que lo necesitaban en la clínica.
Charlotte sintió que se le encogía el corazón.
Había llegado la despedida que tanto temía, aunque en realidad no tenía motivo para ello.
Esa mañana envió a Jeremy solo a hacer la ronda y se quedó en la casa para desayunar con Klara, Peter, Elisabeth y George.
Era un día cálido y agradable, el cielo estaba despejado, y Schammi y Martha Mukea habían preparado la mesa en la terraza.
Detrás de la casa, Jonas Sabuni maldecía a las cabras desvergonzadas que habían empujado la valla de madera del huerto de Charlotte y se habían abalanzado sobre las lechugas.
Les llegaba el aroma del naranjo en flor, y a Charlotte le pareció estar oliendo incluso las flores de café.
Ah, se había quedado demasiado tiempo en la plantación, le había cogido mucho cariño a todo, y le resultaría dificilísimo separarse de ello.