La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #12
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Capítulo 12 #12

Después se tumbaron uno junto al otro decepcionados.

Poco después del clímax, Charlotte se había soltado de su abrazo y se había incorporado para extender la manta sobre ambos; al tumbarse de nuevo, él le cogió las manos y se las sostuvo.

La lámpara de la cómoda titilaba porque el petróleo se estaba acabando, y bajo esa luz inquieta el perfil de George le resultó afilado y huesudo.

Era diez años mayor que ella, en pocos meses cumpliría los cincuenta.

De pronto la invadió una enorme ternura por ese hombre que tenía al lado, que le había robado el corazón cuando aún era un joven atolondrado y ahora envejecía poco a poco.

¿Cómo no iba a enojarlo una separación tan larga?

¡Si él mismo le había reconocido cuánto la necesitaba!

Le habría gustado acariciarle la mejilla, pero él no le soltaba las manos.

—Duerme, querida mía —le susurró al oído—. Mañana tienes que levantarte muy temprano.

Naturalmente ya sabía que era madrugadora. Él, en cambio, dormiría hasta bien entrada la mañana.

—¿Vas a trabajar? —preguntó cuando él hizo amago de ponerse la camisa.

—Puedo ir al salón si la luz te molesta.

La luz no la molestaba, pero sí el hecho de que fuera a levantarse y a dedicarse a sus manuscritos. Era una estupidez, siempre lo habían hecho así. ¿Por qué esa noche se sentía sola y abandonada?

—Espera, no estoy cansada, George. Quédate un poquito conmigo, por favor.

Él la escudriñó con la mirada, como si quisiera asomarse a lo más profundo de su alma.

—Vaya, vaya, cariño mío —dijo entonces con una sonrisita, y volvió a tumbarse a su lado—. ¿No me habrás echado de menos?

No entendió por qué se le saltaron las lágrimas en ese momento, pero fue imposible luchar contra ellas.

Sollozó y se aferró a él como una niña pequeña.

Sí, lo había echado de menos, balbuceó ahogada, todos los días, todas las horas, no solo por las noches.

Había echado en falta su voz, su sonrisa irónica, las conversaciones con él e incluso su manía de querer tener siempre la razón.

Había echado de menos sus inteligentes y singulares opiniones sobre la vida.

—Quiero un hijo tuyo, George.

—¿Un hijo? ¡Ay, Charlotte! ¡Querida mía!

La abrazó, la dejó llorar en su pecho, y Charlotte sintió que le besaba el cuello y a veces la frente hasta que se le acabaron las lágrimas, y le secó la cara con un extremo de la manta.

—He estado pensando en tu hija, Charlotte —dijo al cabo de un rato.

Eso no era lo que ella quería oír. Claro que le gustaba que George y Elisabeth se llevaran tan bien, pero ¿por qué no decía nada sobre su deseo de tener un hijo juntos?

—¿Elisabeth? —murmuró y carraspeó—. ¿Qué ha hecho ahora?

—Nada de nada. Al contrario. La considero muy aventajada e inteligente. Deberíamos pensar en cómo seguir estimulándola.

Charlotte se tumbó boca arriba y clavó la mirada en los maderos del techo, cuyo revoque volvía a cuartearse. ¿Habría recibido en ese encuentro ese hijo que tan dolorosamente deseaba?

—¿A qué te refieres? —preguntó, y se apartó el pelo despeinado de la cara.

Él también se tumbó, pero mantuvo la cabeza girada para mirarla.

—Pues a que la escuela de la Gobernación de Dar es-Salam forma a lo sumo telefonistas o profesoras. En principio prepara a las niñas para el matrimonio, algo que en términos generales no es algo malo…

—¿Ah, no? ¿Tú crees? —bromeó Charlotte.

—Claro que no, cariño mío. Todavía le estoy agradecido a tu abuela por haber hecho de ti una atenta ama de casa…

Charlotte sabía que no lo decía en serio. No es que a George le pareciera mal dejar en sus manos la gestión de su hogar en Dar es-Salam, pero no le habría importado que ella no se prestara a ello.

—Entonces ¿crees que Elisabeth no debería prepararse para el matrimonio?

—No es eso lo que he dicho. Pero sería una lástima que se limitara a eso con las capacidades que tiene. ¿Has leído que en Prusia ya hay estudios de secundaria para niñas, e incluso escuelas secundarias femeninas?

Sí que lo había leído, pero no había querido creérselo del todo.

Qué envidia había sentido en su día del primo Paul, que había podido asistir a la escuela secundaria mientras ella había tenido que ir a la escuela normal del pueblo, como todas las demás niñas.

¡Y ahora decían que era posible que una mujer estudiara en la universidad!

Miró a George con una sonrisa tierna. Era muy propio de él que abogara a favor de esa causa, mientras tantos otros hombres se limitaban a negar con la cabeza.

Había incluso científicos de renombre que intentaban demostrar que el cerebro femenino, como pesaba menos, tenía menor capacidad que el masculino, así que era imposible que una mujer pudiera completar unos estudios universitarios.

—Así que has sido tú quien le ha metido esa idea en la cabeza —confirmó divertida—. Nada más saludarme ya me ha dicho que quiere ser médica.

George sonrió.

—Creo que deberíamos intentarlo, Charlotte —dijo—.

Tu hija pronto cumplirá diez años y tiene una educación completamente desordenada.

Ha aprendido toda clase de cosas útiles y superfluas en distintos colegios, y yo le he enseñado un poco de literatura y medicina.

Pero si no asiste pronto a una escuela reglada, lo tendrá difícil…

Hacía un segundo a Charlotte su propuesta le parecía maravillosa, valiente y progresista, y le habría gustado besarlo por ello, pero de pronto cayó en la cuenta de que no solo era cuestión de tener bonitas ideas: Elisabeth tenía que ir a una escuela secundaria femenina, y pronto.

—Pero…, pero en África eso no existe…

George echó los brazos hacia atrás y apoyó la cabeza en las manos, luego la miró de nuevo. Esta vez se quedó serio.

—No, Charlotte. Para eso Elisabeth tendría que viajar a Alemania. Esas escuelas femeninas están todas en manos privadas, tendríamos que elegir una y alojar a Elisabeth con una familia…

Charlotte guardó silencio. ¿Sabía lo que le estaba pidiendo?

¿Quería que la niña se marchara de África y fuera con él a Alemania, seguramente a Prusia, donde los abuelos y el tío de Elisabeth aún vivían en su enorme finca de Brandemburgo y quizá reclamaran su derecho a la tutela de la niña?

¿Qué pasaría si estaba allí, en casa de alguna familia, y los abuelos se presentaban en la puerta para llevarse a su nieta?

¿Serviría de algo que George hubiera adoptado a Elisabeth?

Seguramente perdería a su hija para siempre.

—Sé que esta decisión hay que meditarla larga y cuidadosamente, Charlotte. Elisabeth es hija tuya, pero yo la he adoptado, y quiero que quede claro el cariño que le tengo.

—Eso lo sé, George —murmuró, e hizo una mueca de dolor—. Pero la quiero tanto… ¿Cómo voy a enviar a mi niña a Alemania? Está muy lejos…

—Piénsalo tranquilamente, Charlotte. La visitaríamos y podríamos pasar parte del año cerca de ella.

Tenía más propuestas: quería ir con ella a El Cairo, instalarse en Marruecos, o quizá en Italia.

Alemania no quedaba tan lejos de allí, podrían visitarse mutuamente y Elisabeth pasaría las vacaciones con ellos.

También podían comprar tierras y cultivarlas, abrir una tienda o incluso un estudio de fotografía.

—Puede ser —musitó Charlotte, y cerró los ojos cansada—. Tengo que consultarlo con la almohada.

Ay, qué bien entendía ahora a su abuela Dirksen. Jamás, bajo ninguna circunstancia, habría entregado a su nietecita Charlotte. Y a una de sus hijas mucho menos. Pero ¿realmente eran todas las madres y abuelas unas crueles egoístas?

Notó que George se inclinaba sobre ella y le besaba la frente. La arropó con la manta, luego se levantó, sacó el manuscrito de la bolsa de viaje y salió del cuarto en silencio.

Se despertó antes del amanecer, como de costumbre, y sintió un malestar que al principio no supo explicarse. Entonces comprendió que echaba en falta la respiración y la calidez del cuerpo de George. No estaba a su lado.

Lo encontró vestido en el salón, pero no había encendido la lámpara para no molestar a Elisabeth, que aún dormía.

—¿Qué pasa? —susurró Charlotte preocupada, y se acercó a él.

—Nada. —Le rodeó la nuca con la mano—. Quiero hacer la ruta matutina contigo, cariño mío.

La atrajo hacia él con suavidad para besarla, y ella se asustó un poco porque notó que tenía los labios calientes y secos.

—¿No tendrás fiebre?

—Un poquito de nada. Ya me he tomado algo.

—Entonces deberías cuidarte, George.

—¿Quién es aquí el médico, tú o yo? —preguntó sonriendo y se levantó.

Charlotte se vistió y se encargó de que se sirviera un buen desayuno, del que George solo tomó un café y un trocito de embutido.

Jeremy se presentó más temprano que de costumbre.

Había visto la luz en la ventana y aceptó encantado la invitación de George a que los acompañara a la mesa.

Las conversaciones giraron en torno a la plantación, hablaron sobre todo de la primera cosecha de café, que aguardaban con nerviosismo.

Luego Jeremy abordó también los cedros y el caucho, otros pilares de la plantación que Charlotte no debía descuidar, y describió orgulloso su método para combatir las termitas.

—¡No ha regresado ni una sola! —exclamó triunfal con una sonrisa, y se bebió lo que le quedaba de café—. Debe de haberse corrido la voz por los campos de que Jeremy Brooks ha declarado la guerra a las devoradoras de madera.

Su fervor hizo sonreír a Charlotte, quien, sin embargo le advirtió que las termitas eran una plaga tenaz ante la que siempre había que estar alerta.

Discutió un poco con él sobre si había que plantar más árboles de caucho, y al final reconoció que no le faltaba razón, pero que en ese momento simplemente no disponían de dinero ni mano de obra suficiente.

—Eso será pues labor del futuro administrador —señaló George, que hasta entonces no había participado mucho y se había limitado a mirar hacia el infinito recostado en la silla.

—¡Efectivamente! —suspiró Charlotte.