La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #11
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Capítulo 12 #11

Hizo cálculos: seguramente se subirían al tren en Tanga a primera hora de la mañana y llegarían a Mombo hacia el mediodía.

Allí alquilarían mulas y pasarían por Wilhelmsthal y el dominio de Kwai hasta llegar a Neu-Kronau.

Sin embargo, no estaba segura de que pudieran completar el trayecto en una tarde con los senderos reblandecidos; era probable que George decidiera pasar la noche en alguna de las plantaciones de la zona, aunque solo fuera por Elisabeth.

Peter y Klara pensaban lo mismo, y suponían que los dos viajeros llegarían a Neu-Kronau en los próximos días, hacia el mediodía.

El sol flotaba como una esfera incandescente entre los velos grises de nubes del final de la tarde cuando Charlotte y Jeremy Brooks regresaban de su ronda por la plantación.

Se habían refugiado de un aguacero en el bosque, donde se habían bajado de los caballos para cobijarse bajo el denso follaje.

Jeremy le había ofrecido su chaqueta, que Charlotte rechazó con una sonrisa, y luego esperaron en silencio a que la lluvia amainara.

En el camino de regreso, Jeremy le preguntó por la fabricación de fibras de sisal, que empezaba a venderse bien en todo el mundo, y le hizo propuestas osadas.

—Si roturamos más terreno y plantamos sisal, convertiremos la finca en una mina de oro, ¡estoy seguro!

—Ya nos faltan trabajadores tal como estamos —señaló Charlotte—, y además tenemos por delante la cosecha de café. Esperemos a ver qué tal se da el sisal aquí…

Se detuvo porque Simba de pronto se les adelantó a grandes zancadas y cruzó la verja de la plantación de un único y enorme salto.

Charlotte intuyó a qué se debía el comportamiento del perro, se le aceleró el pulso y oteó emocionada hacia la casa.

Delante de la vivienda había varias personas, entre ellas dos hombres altos y muy delgados y una niña.

Uno de los hombres era Schammi, muy reconocible gracias a su largo caftán, y el otro era un blanco vestido con un traje colonial de color claro.

¡George! Estaba apoyado en la pared de la casa con los brazos cruzados sobre el pecho, y ya parecía llevar un rato mirándola.

Ahora sin embargo tuvo que defenderse del perro, que le saltaba encima de pura alegría por el reencuentro.

Jeremy no se había dado cuenta de nada. El salto de Simba por encima de la verja despertó su ambición, rio travieso y viró su montura para coger carrerilla y superar el obstáculo con un elegante salto.

Jonas Sabuni y dos de sus hijos, que se habían acercado a abrir la verja, huyeron asustados hacia los pastizales; nunca habían visto un jinete tan atrevido como bwana Brooks.

Pero el gesto triunfal del joven se desvaneció cuando Charlotte pasó por su lado sin hacerle caso.

—¡George! ¡Elisabeth! ¡Ya estáis aquí!

Su hija se zafó del pequeño Sammi y de Ontulwe, que la habían abrazado con entusiasmo a modo de recibimiento, y se precipitó hacia ella. El vestido con vuelo de lino claro ya se le había quedado corto de nuevo. ¡Cielos, solo la había perdido de vista unas semanas y ya había crecido!

—¡Dejadme en paz, quiero ir a saludar a mi mamá!

Los gritos de protesta se mezclaron con las suaves advertencias de Klara. Elisabeth casi tiró a Charlotte del caballo y se arrimó tan cariñosamente a su madre que Charlotte tuvo remordimientos. ¿Cómo había podido dejar sola a la niña tanto tiempo?

—Mamá, ¿sabes qué?, George dice que puedo ser médica. ¿Qué te parece?

—¡Es una idea magnífica, cariño! Pero entremos. ¡Johannes Kigobo, Kerefu! Ocupaos de los caballos. Martha Mukea, pon un mantel bonito. Que el cocinero prepare alubias y cabra, le dejaré usar mis especias…

George esperó paciente hasta que el ambiente se calmó un poco, y entonces se acercó a Charlotte y la atrajo hacia sí.

—Pareces una jovencita —murmuró—. La vida campestre te sienta bien, amor mío.

Ella aspiró durante un instante el familiar aroma de su ropa y su cuerpo, temblando de deseos de besarlo, pero no estaban solos, tenían que respetar al resto.

Él también la deseaba, Charlotte lo percibía en su respiración pesada y el calor de su mano que fue bajando despacio, como por casualidad, desde su espalda hasta la cintura.

La piel le cosquilleaba bajo la tela del vestido, y se apartó rápidamente para entrar en la casa.

—¿Y usted, señor Brooks? —llamó George, que se había detenido en el umbral—. ¿No nos acompaña?

Jeremy había cogido del ronzal a su caballo para conducirlo al establo y ni siquiera se volvió.

—No quiero molestar…

—¡Tonterías! Venga a hacernos compañía, señor Brooks, se lo ruego.

El inglés accedió vacilante, le entregó su caballo al viejo Kerefu y siguió a George hacia la casa.

Fue una velada alegre, una agradable reunión de niños y adultos, que a Klara le recordó a los buenos tiempos en Leer, cuando la familia todavía se reunía en casa de la abuela en las ocasiones especiales.

Elisabeth, que tendría que haber estado cansada por el largo viaje, le contaba a su madre y a sus tíos historia tras historia de la escuela, y luego insistió en llevar a la cama ella sola a Sammi, que se había quedado dormido.

Después de cenar, George se había sentado con Jeremy, y estaba tan entregado a él que Charlotte casi se puso celosa.

Se alegró de que su marido pareciera interesarse por el joven británico, y efectivamente tenían aficiones compartidas, empezando por la caza mayor y los automóviles.

Además, descubrieron que Jeremy había leído dos de los libros de George y recordaba muchos de sus pasajes.

Charlotte aguzaba constantemente el oído hacia la conversación de los dos hombres y constató que aquel era un Jeremy Brooks muy distinto al que ella había visto hasta entonces.

¿Sería porque George desafiaba al joven y se tomaba en serio sus argumentos?

¿Porque no le pasaba por alto ninguna frivolidad, pero no lo ofendía, sino que planteaba las preguntas en su tono amable de siempre?

—¿O sea que usted opina que nuestro hermoso planeta no tendrá ninguna zona en blanco en un futuro próximo, señor Brooks?

—Estoy seguro de ello. Faltan unos añitos, pero pronto habremos medido cada rincón. Usted mismo contribuyó a ello cuando estuvo en Ruanda, doctor Johanssen.

—Tiene razón, aunque en esa expedición yo no me dedicaba a la cartografía. A veces me parece que se trata de una empresa extraña. ¿A quién beneficia que se plasme cartográficamente una zona?

—La respuesta es sencilla. A los británicos, a los belgas o a los alemanes; quien posee la tierra también quiere saber cómo es.

George negó con la cabeza fingiendo incredulidad.

—Pero los nativos que la habitan saben perfectamente cómo es su tierra. Solo habría que preguntarles, ¿no?

Jeremy se echó a reír, y George, que lo había estado escudriñando con sus ojos grises, también hizo una mueca divertida.

—Con todos mis respetos, doctor Johanssen, es lo más ingenuo que he oído en la vida.

Por un lado, no es lo mismo una medición científica exacta que la percepción mental de los nativos; y, por otro, aunque conozcan cada piedra de sus tierras, no creo que los negros estén dispuestos a compartir su saber con otros, por motivos evidentes.

—Yo no lo tengo tan claro. ¿Por qué no querrían contarles a los blancos cómo son sus bosques y sabanas, por dónde discurren sus senderos o en qué lugares sagrados viven sus dioses?

Jeremy frunció el ceño y miró fijamente a George. Luego asintió.

—Porque estarían entregando su hogar. Ya entiendo a qué se refiere, doctor Johanssen.

Cuando alguien mide y dibuja un terreno, es para ponerle su sello.

Para destruir los senderos de sus predecesores y construir nuevos caminos; talar los bosques y roturar campos; y ahuyentar a los antiguos dioses para construir sus iglesias.

Y una vez hecho todo eso, la tierra por fin le pertenecerá de verdad.

—Puede que no le falte razón, señor Brooks —respondió George con seriedad.

Klara y Peter fueron los primeros en despedirse, y Elisabeth se estaba quedando dormida sentada, pero prefería pasar la noche en el salón con los ronquidos de Simba que sola en la habitación de invitados.

Jeremy estrechó largamente la mano de George, le deseó las buenas noches a Charlotte y desapareció en la oscuridad sin llevarse siquiera un farol.

Charlotte no lo siguió con la mirada, como solía hacer.

George la había rodeado con el brazo en silencio y la llevó hacia el dormitorio, dejando a Elisabeth, que ya dormía, en el salón.

Ella sentía su aliento en la nuca. La tomó con prisas, y Charlotte lo achacó a la larga separación; le arrancó impaciente los botones y corchetes, tiró de los pasadores y las cintas con las que se sujetaba el pelo y las tiró al suelo.

Ella también actuaba con pasión, se ofreció a él seductora, casi atrevida, y luego se asustó cuando él le presionó con fuerza los brazos contra la cama.

—¡Me haces daño, George!

Él se apartó sobresaltado y le pidió perdón, pero, aunque luego la siguió tocando con más delicadeza, ella percibía en él una tensión que iba más allá del anhelo físico.

Había rabia en su deseo, dirigida no solo hacia ella, sino hacia sí mismo, y que ella interpretó a su manera.

En última instancia había venido porque se había enfadado con ella, pero no quería decírselo a la cara para no provocar una pelea.